»Justin estaba en la visita guiada por la biblioteca del día siguiente. Andaba uno o dos pasos rezagado tras el grupo y yo ni siquiera habría advertido su presencia de no ser por el hecho de que tenía un resfriado espantoso. Cada sesenta segundos aproximadamente soltaba un estornudo enorme, explosivo y mocoso que sobresaltaba a todo el mundo y hacía que estalláramos en risitas; entonces la cara de Justin adquiría un tono extraordinario de remolacha e intentaba desaparecer tras su pañuelo. Saltaba a la vista que era espantosamente tímido. Al final de la visita, Abby se volvió hacia él, como si nos conociéramos de toda la vida, y le dijo: "Vamos a comer, ¿te apuntas?". Creo que nunca antes había visto a nadie tan desconcertado. Se le quedó la boca abierta y farfulló algo que podía haber significado cualquier cosa, pero vino al Buttery con nosotros. Al final de aquel almuerzo ya era capaz de formular oraciones enteras, incluso interesantes. Compartíamos muchas lecturas y tenía un conocimiento profundo de la obra de John Donne que me asombró… Aquella tarde me sorprendí pensando que me caía bien, que ambos me caían bien, y que, por primera vez en mi vida, estaba disfrutando de la compañía de otras personas. No aparentas ser de esa clase de personas que tiene dificultades para hacer amistades; no estoy seguro de que puedas entender en qué grado aquello fue toda una revelación para mí.
»A Rafe lo encontramos una semana después, cuando empezaron las clases. Estábamos los tres sentados en la parte de atrás de un aula magna, esperando a que apareciera el profesor, cuando de repente la puerta que había justo a nuestro lado se abrió con ímpetu y apareció Rafe calado hasta los huesos, con el pelo aplastado y los puños cerrados: era evidente que venía de un atasco y que estaba de un humor de perros. Fue una entrada bastante espectacular. Abby exclamó: "¡Vaya! ¡Mirad! Si es el rey Lear", y Rafe se volvió hacia ella y gruñó (ya sabes cómo se pone): "¿Y cómo has llegado tú aquí, si puede saberse? ¿En la limusina de tu papaíto? ¿O subida a una escoba?". Justin y yo nos quedamos atónitos, pero Abby se limitó a soltar una carcajada y contestó: "En un zepelín", y empujó una silla en dirección a Rafe. Transcurrido un momento, él se sentó y murmuró: "Perdona". Y así fue. -Daniel sonrió, con la vista puesta en la hoja, una sonrisa leve e íntima tan tierna y fascinada como la de un amante-. ¿Cómo nos expusimos los unos a los otros? Abby hablando a la velocidad de la luz para ocultar su timidez; Justin semiasfixiado por la suya, Rafe arrancándole la cabeza a la gente a diestro y siniestro, y yo, yo era terriblemente serio. Fue ese año cuando aprendí a reír…
– ¿Y Lexie? -pregunté en voz muy baja-. ¿Cómo la encontrasteis?
– Lexie -repitió Daniel. La sonrisa barrió su rostro como el viento eriza el agua y se ensanchó-. ¿Quieres que te confiese algo? Ni siquiera recuerdo el día que la conocí. Abby probablemente se acuerde; deberías preguntárselo. Solamente recuerdo que, unas semanas después de que todos nos licenciáramos, parecía llevar con nosotros toda la vida. -Depositó la hoja con delicadeza en el banco, a su lado, y se secó los dedos con el pañuelo-. Siempre me dejó sin habla que los cinco nos hubiéramos encontrado, contra todo pronóstico, a través de todas las capas de fortificaciones blindadas que cada uno se había construido. En gran medida se lo debemos a Abby, claro está; nunca he sabido qué corazonada la impulsó a actuar de un modo tan certero; de hecho, no estoy seguro de que ella lo sepa tampoco, pero supongo que eso te explicará por qué he confiado en su instinto desde entonces, siempre. Habría sido aterradoramente fácil que no hubiéramos coincidido, que Abby o yo nos hubiéramos presentado una hora más tarde para matricularnos, que Justin hubiera rehusado nuestra invitación o que Rafe se hubiera mostrado un poco más insolente y nosotros nos hubiéramos apartado y lo hubiéramos dejado a su aire. ¿Entiendes ahora por qué creo en los milagros? Antes solía imaginar que el tiempo se plegaba sobre sí mismo, que las sombras de nuestros yos futuros se deslizaban de nuevo hasta los momentos cruciales, nos daban una palmadita en el hombro y nos susurraban: «¡Mira, mira allá! Ese hombre, esa mujer: son para ti; ésa es tu vida, tu futuro, moviéndose inquietos en esa línea, salpicando en la alfombra, arrastrando los pies a través de ese umbral. No te los pierdas». ¿Cómo si no podría haber sucedido algo así?
Se agachó, recogió las colillas de las losas de piedra, una a una.
– En toda mi vida -concluyó con sencillez- sólo he amado a cuatro personas.
Luego se puso en pie y atravesó el jardín en dirección a la casa, con la botella y el vaso colgando de una mano y las colillas en la otra.
Capítulo 20
Los otros regresaron aún con los ojos abotargados, con dolor de cabeza y ánimo irritable. La película era mala, explicaron, una cinta horrorosa protagonizada por uno de los hermanos Baldwin teniendo una retahila de malos entendidos supuestamente cómicos con alguien que se parecía a Teri Hatcher, pero no lo era; el cine estaba atestado de adolescentes cuya edad estaba evidentemente por debajo del límite autorizado y que se habían pasado las dos horas íntegras enviándose SMS, comiendo cosas crujientes y propinando infinidad de patadas al respaldo del asiento de Justin. Rafe y Justin seguían sin dirigirse la palabra y, según parecía, Rafe y Abby tampoco se hablaban ahora. La cena consistió en unos restos de lasaña, crujiente por arriba y chamuscada por abajo, que nos comimos envueltos por un tenso silencio. Nadie se molestó en preparar una ensalada ni de encender el fuego.
Justo cuando yo estaba a punto de gritar, Daniel me preguntó con voz sosegada, alzando la vista:
– Por cierto, Lexie, quería preguntarte algo sobre Anne Finch que me interesa abordar con mi grupo de los lunes, pero tengo la cabeza oxidada. ¿Te importa hacerme un somero resumen después de la cena?
Anne Finch escribió un poema desde el punto de vista de un pájaro, aparecía aquí y allá en las notas de la tesis de Lexie, y ése, puesto que el día sólo tiene veinticuatro horas, era básicamente todo mi conocimiento acerca de ella. Rafe podría haber salido con algo así por pura maldad de niño travieso, sólo para irritarme, pero Daniel nunca abría la boca sin una razón de peso. Aquella breve y extraña alianza del jardín se había disuelto. Intentaba demostrarme, mediante trivialidades, que, si insistía en permancer allí, podía hacerme la vida imposible.
Yo no tenía absolutamente ninguna intención de quedar como una idiota pasando el resto de la velada perorando acerca de la voz y la identidad ante alguien que sabía que lo que decía eran sandeces. Por suerte para mí, Lexie había sido una mujer impredecible, aunque intuyo que la suerte no tenía nada que ver con ello: estaba bastante segura de que había construido esa veta de su personalidad específicamente para momentos como aquél.
– No me apetece -contesté con la cabeza gacha, mientras pinchaba un trozo de aquella lasaña crujiente con el tenedor.
Se produjo un instante de silencio.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó Justin.
Me encogí de hombros.
– Sí, normal.
De repente caí en la cuenta de algo. Aquel silencio y el delgado hilo de tensión renovada de la voz de Justin y el cruce de miradas rápidas sobre la mesa: súbitamente y sin motivo aparente, los demás estaban preocupados por mí. Había pasado semanas allí intentando que se relajaran, que bajaran la guardia; jamás se me había ocurrido la facilidad con la que podía hacerlos derrapar en sentido contrario y cuan útil podía resultarme esa arma si la empleaba bien.