– Yo te ayudé con Ovidio cuando lo necesitaste -me reprochó Daniel-. ¿Acaso no te acuerdas? Me llevó una eternidad encontrar aquella cita… ¿cómo era?
Evidentemente, no iba a ponerme a tiro sin pelear.
– Seguramente acabaría confundida y contándote algo sobre Mary Barber o cualquier otra. Hoy me veo incapaz de pensar con claridad. No dejo de… -removí los restos de lasaña con desgana por el plato-. Es igual.
Todo el mundo había dejado de comer.
– ¿No dejas de qué? -preguntó Abby.
– ¡Dejadlo ya! -exclamó Rafe-. Yo, sinceramente, no estoy de humor para la puñetera Anne Finch. Y si ella tampoco…
– ¿Te preocupa algo? -me preguntó Daniel educadamente.
– Déjala en paz.
– Por supuesto -replicó Daniel-. Vete a descansar un rato, Lexie. Lo haremos otra noche, cuando te encuentres mejor.
Me arriesgué a mirarlo, rápidamente. Había vuelto a coger su cuchillo y tenedor y comía pausadamente, con una expresión anodina, pero absorto en sus pensamientos. Le había salido el tiro por la culata, pero andaba ya maquinando, tranquila y concienzudamente, su siguiente movimiento.
Aposté por un ataque preventivo. Tras la cena nos encontrábamos todos en el salón, leyendo, o fingiendo leer; nadie había sugerido siquiera echar una partida a las cartas. Las cenizas del fuego de la noche anterior seguían formando un montón deprimente en la chimenea y un helor húmedo y recargado impregnaba el aire; partes distantes de la casa hacían sonar incesantemente crujidos repentinos y gemidos de mal agüero que nos sobresaltaban a todos. Rafe daba pataditas a la reja de la chimenea con la punta de un zapato, en un ritmo constante e irritable, y yo no conseguía estarme quieta y cambiaba de postura en el sillón cada pocos segundos. Entre los dos estábamos consiguiendo que Justin y Abby se pusieran de los nervios. Daniel, con la cabeza inclinada sobre un libro con una cantidad terrorífica de notas a pie de página, ni siquiera parecía darse cuenta.
En torno a las once, como siempre, salí al recibidor y me enfundé en mi atuendo de paseo nocturno. Luego regresé al salón y me apoyé en el marco de la puerta, con aire inseguro.
– ¿Sales a pasear? -preguntó Daniel.
– Sí -le contesté-. Quizá me ayude a relajarme. Justin, ¿me acompañas?
Justin me miró como un conejo deslumhrado por los faros de un coche.
– ¿Yo? ¿Por qué yo?
– ¿Por qué quieres que te acompañe alguien? -preguntó Daniel, con una chispa de curiosidad.
Me encogí de hombros, con un tic incómodo.
– No lo sé, ¿de acuerdo? Estoy rara. No dejo de pensar… -Me enrollé la bufanda alrededor del dedo y me mordisqueé el labio-. Quizá tuviera un mal sueño anoche.
– Se dice «pesadilla» -me corrigió Rafe sin levantar la vista-. No «malos sueños». No tienes cinco años.
– ¿Qué clase de pesadilla? -inquirió Abby, con un minúsculo fruncido de preocupación entre sus cejas.
Sacudí la cabeza.
– No me acuerdo. No del todo bien. Pero…, no sé, sencillamente no me apetece merodear sola por esos caminos hoy.
– Bueno, a mí tampoco -añadió Justin. Parecía verdaderamente alterado-. Odio salir a pasear por la noche, en serio, lo odio, no sólo… Es horrible. Estremecedor. ¿Por qué no la acompaña otro?
– O, si te inquieta salir, Lexie, ¿por qué no te quedas hoy en casa? -sugirió Daniel con pragmatismo.
– Porque no. Si permanezco sentada aquí un minuto más, me volveré loca.
– Te acompaño yo -se ofreció Abby-. Así hablaremos de cosas de chicas.
– No pretendo ofender -intervino Daniel, con una leve sonrisa de afecto dirigida a Abby-, pero creo que un maníaco homicida se sentiría menos intimidado por vosotras dos de lo que debería estar. Si estás inquieta, Lexie, debería acompañarte alguien más corpulento. Si quieres, voy yo.
Rafe levantó la cabeza.
– Si tú vas -le dijo a Daniel-, entonces yo también.
Se produjo un breve silencio tenso. Rafe clavó sus fríos ojos en Daniel, sin pestañear; Daniel le devolvió una mirada serena.
– ¿Por qué? -preguntó.
– Porque es un capullo -respondió Abby, sin apartar la vista de su libro-. No le hagas caso y quizá se canse, o con suerte, tal vez cierre esa boquita. Estaría bien, ¿a que sí?
– Pero es que yo no quiero que vengáis vosotros, chicos -aclaré. Me había preparado para aquello, para que Daniel intentara apuntarse a la fiesta. No obstante, no había contado con que Justin pudiera padecer una extraña e inexplicable fobia a los caminos rústicos-. Os limitáis a incordiaros el uno al otro y la verdad es que no es lo que más me apetece. Quiero ir con Justin. Últimamente apenas lo veo.
Rafe resopló.
– Pero si lo ves todo el día, cada día. ¿Cuántas horas puede aguantar una persona con Justin?
– Es distinto. Hace siglos que no hablamos, no de verdad.
– A mí me da miedo salir en plena noche, Lexie -se justificó Justin, casi con un gesto de dolor-. De verdad, me encantaría, pero es que no puedo.
– Bueno -nos dijo Daniel a Rafe y a mí, al tiempo que dejaba su libro en el sillón. Había un destello en sus ojos, algo parecido a una victoria irónica y exhausta-. ¿Nos vamos entonces?
– Olvidadlo -dije, mirándolos con desdén-. Olvidadlo. No importa. Quedaos aquí a cotillear y a quejaros. Iré sola y, si me vuelven a apuñalar, espero que estéis todos contentos.
Justo antes de cerrar la puerta de la cocina de un portazo, haciendo que los vidrios temblaran, oí a Rafe empezar a decir algo y la voz de Abby, baja y furiosa, mandándolo callar. Cuando volví la vista desde la parte inferior del jardín, los cuatro tenían ya la cabeza inclinada de nuevo sobre su lectura, cada uno bañado por el haz de una lámpara de fiexo: resplandecientes, encerrados en sí mismos, intocables.
La noche se había vuelto nubosa, con un aire denso e inmóvil como un edredón mojado echado sobre las montañas. Caminé con brío, intentando cansarme, deseando alcanzar un punto en el que pudiera autoengañarme pensando que era el ejercicio lo que me provocaba taquicardia. Pensé en ese inmenso reloj imaginario que durante los primeros días percibía en algún lugar oculto, urgiéndome a caminar más y más rápido. Después de aquello se había desvanecido de nuevo en la nada y me había dejado contonearme al son de los lentos y dulces ritmos propios de Whitethorn House, con todo el tiempo del mundo por delante. Ahora aquel reloj había regresado y marcaba los minutos con brusquedad, cada vez más alto, acelerándose hacia una inmensa y lúgubre hora cero.
Llamé a Frank desde el sendero; la mera idea de encaramarme a mi árbol y de tener que quedarme quieta en un mismo sitio me provocaba un sarpullido.
– Vaya, así que estás ahí -dijo-. Pero ¿qué hacías, correr una maratón?
Me apoyé en el tronco de un árbol e intenté recuperar mi ritmo de respiración normal.
– Intento huir de la resaca, aclararme la cabeza.
– Eso siempre es una buena idea -opinó Frank-. Pero antes de nada, pequeña, déjame felicitarte por anoche. Te invitaré a un buen cóctel para recompensarte cuando regreses a casa. Creo que tal vez nos hayas conseguido la pausa que todos merecemos.
– Quizá. Pero yo no echaría las campanas al vuelo. Por lo que sabemos, Ned podría estar pegándomela con todo este asunto. Intenta comprar la parte de la casa de Lexie, ella lo deja plantado, él decide intentarlo una vez más, entonces yo menciono la pérdida de memoria y él ve su oportunidad para convencerme de que habíamos llegado a un acuerdo… No es Einstein, pero tampoco es tonto, al menos no cuando se trata de trapichear.
– Quizá no -me secundó Frank-. Quizá no. ¿Cómo conseguiste citarte con él, de todos modos?
Tenía una respuesta preparada para aquella pregunta.
– Llevo vigilando esa casucha cada noche. Imaginé que Lexie iba allí por algún motivo y, si se veía con alguien, ése era el lugar lógico. Eso me indujo a pensar que quienquiera que fuera volvería a aparecer en algún momento.