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En esta ocasión, Frank me entendió bien. Su voz no se tensó, pero adquirió un tono soterrado que me hizo estremecer.-¿Quieres que te pare por la calle, te registre, encuentre drogas en tu mochila y te meta en el trullo hasta que recuperes la sensatez? Porque lo haré.

– No, no lo harás. Los demás saben que Lexie no consume drogas y, si la detienen bajo una acusación falsa y luego muere estando en custodia policial, les olerá todo tan mal que toda esta operación saltará por los aires y tardarás años en arreglar el desaguisado.

Se produjo un silencio mientras Frank evaluaba la situación.

– Supongo que eres consciente de que esto podría suponer el fin de tu carrera -me amenazó al fin-. Estás desobedeciendo una orden directa de un oficial superior. Sabes que podría entrar allí, quitarte la placa y el arma, desvelar tu identidad y dejar que te las apañes sola.

– Sí -dije-, ya lo sé.

Pero no lo haría, Frank no, y era consciente de estarme aprovechando de ello. También era consciente de otra cosa, aunque ahora no esté segura de por qué, quizá lo atribuyera a la falta de alarma en su voz: en algún momento de su carrera él había actuado igual que yo entonces.

– Y quiero que sepas que por tu culpa voy a perderme mi fin de semana con Holly. Mañana es su cumpleaños. ¿Le explicarás tú por qué su papaíto al final no ha podido acudir a su fiesta?

Hice una mueca de dolor, pero me recordé que hablaba con Frank y que probablemente aún faltaran unos meses para el aniversario de Holly.

– Pues ve y que otra persona supervise la escucha.

– Ni hablar. Aunque quisiera, no tengo a nadie más. Cada vez nos recortan más el presupuesto. Los jefazos están hartos de pagar a policías para que anden sentados por ahí escuchándote beber vino y arrancar papel de las paredes.

– No los culpo -dije-. Lo que hagas con las escuchas del micrófono es asunto tuyo; como si quieres que no haya nadie recibiéndolas, a mí no me importa. Ésa es tu mitad del trabajo. Yo estoy ocupada en la mía.

– De acuerdo -convino Frank, con un largo suspiro de sufrimiento-. Está bien. Procederemos del modo siguiente: tienes cuarenta y ocho horas a partir de este preciso instante para liquidar este asunto…

– Setenta y dos.

– Setenta y dos con tres condiciones: no cometas ninguna tontería, sigue dando el parte telefónico y no te desprendas del micrófono en ningún momento. Quiero que me des tu palabra.

Noté un pinchazo por dentro. Quizá lo supiera, a fin de cuentas; con Frank una nunca podía estar segura.

– La tienes -contesté-. Te lo prometo.

– Tres días a partir de ahora, por mucho que estés a un centímetro de solucionar el caso, y se acabó. Hacia -comprobación del reloj- las doce menos cuarto de la madrugada del lunes estarás fuera de esa casa, en urgencias o, si no, de camino al hospital. Hasta entonces no pienso despegarme de esta cinta. Si cumples esas tres condiciones y regresas a tiempo, la borraré y nadie sabrá nunca que esta conversación ha existido. Si me causas una sola complicación más, por ínfima que sea, iré allí y te sacaré yo mismo de los pelos, independientemente de lo que me cueste y de las consecuencias que pueda acarrear, y te desenmascararé. ¿Está claro?

– Sí -respondí-. Como el agua. No intento fastidiarte, Frank. No se trata de eso.

– Esto, Cassie -comentó Frank-, fue una idea muy, pero que muy mala. Espero que lo sepas.

Sonó un pitido y luego nada, sólo ondas de electricidad estática en mi oído. Me temblaban tanto las manos que se me cayó el teléfono dos veces, pero al final logré pulsar la tecla para cortar la llamada.

Lo más irónico es que Frank estaba a milímetros de la verdad. Veinticuatro horas antes yo ni siquiera había estado trabajando en el caso; había dejado que la situación se desarrollara por sí sola, me había precipitado en caída libre en ella, me había zambullido de cabeza y nadaba bajo el agua. Había un millar de frases y miradas y objetos anodinos que habían estado diseminados por aquel caso a modo de migas de pan, que se me habían pasado por alto y no los había interconectado porque yo había ansiado (o había creído ansiar) ser Lexie Madison con tanta pasión como quería resolver su asesinato. Lo que Frank no sabía, y lo que no podía confesarle, es que, de todas las personas, Ned, en su ignorancia, me había hecho recuperar la cordura. Quería cerrar aquel caso, y estaba preparada (y no es algo que diga a la ligera) para hacer lo que hiciera falta.

Podría pensarse, con toda lógica, que me sublevé luchando porque me había dejado embaucar, casi fatalmente, y aquélla era mi última oportunidad para enmendar mi error; pero posiblemente el único modo de recuperar mi carrera («Es mi trabajo», le había espetado a Daniel sin pensarlo; las palabras me salieron solas) fuera solucionar aquel caso; quizás el hecho de haber fracasado con la Operación Vestal había envenenado el aire que respiraba y necesitaba un antídoto. Quizás hubiera trazos de las tres cosas. Pero no podía ignorar esto: al margen de quién hubiera sido aquella mujer o de qué hubiera hecho, lo cierto es que nuestras vidas habían estado entrelazadas desde que nacimos. Nos habíamos conducido una a la otra a aquella vida, a aquel lugar. Yo sabía cosas de ella que nadie más en todo el mundo conocía. Ahora no podía abandonarla. No había nadie más que pudiera ver a través de sus ojos y leerle el pensamiento, rastrear las líneas plateadas de ruinas que había dejado a modo de huella a sus espaldas, narrar la única historia que no había llegado a concluir.

Yo necesitaba poner fin a aquella historia, ser quien aclarara el caso, y estaba asustada. No me asusto fácilmente pero, al igual que Daniel, siempre he sabido que todo tiene un precio. Lo que Daniel no sabía, o no había mencionado, es lo que yo había dicho justo al principio: que el precio es como un fuego arrasador que cambia de forma constantemente y es imposible predecir qué dirección va a emprender.

El otro asunto que me atosigaba, hasta provocarme arcadas de angustia, era que eso precisamente pudiera ser lo que la había espoleado a buscarme, que quizás aquello fuera lo que ella había deseado desde buen principio: alguien con quien intercambiar los papeles; alguien ansioso por tener la oportunidad de dar carpetazo a su propia vida maltrecha, dejar que se evaporase como el rocío matutino sobre la hierba; alguien deseoso de fundirse gratamente en la fragancia de unos jacintos silvestres y retoños verdes, mientras esta joven se fortalecía y florecía, se reencarnaba y vivía.

Creo que sólo entonces me convencí de que aquella chica a la que jamás había visto con vida estaba muerta. Nunca me libraré de ella. Llevo su cara. Cuando envejezca, su reflejo me acompañará en el espejo, la visión de todas las edades que ella nunca cumplió. Yo viví su vida durante varias semanas, semanas inquietantes y resplandecientes; su sangre me hizo quien soy, tal como hizo florecer aquellos jacintos y el arbusto de espino. Con todo, cuando tuve la oportunidad de dar ese último paso y cruzar la frontera, acostarme con Daniel entre las hojas de hiedra y el murmullo del agua, desprenderme de mi propia vida, con todas sus cicatrices y sus siniestros, y empezar de nuevo, rechacé la oferta.

El aire estaba inmóvil. En cualquier momento debería regresar a la casa y hacer cuanto estuviera en mi mano por demolerla. Súbitamente sentí unas ganas irrefrenables de telefonear a Sam, tantas que noté un retortijón en el estómago. Consideré la cosa más urgente del mundo explicarle, antes de que fuera demasiado tarde, que regresaba a casa; que, de hecho, en lo fundamental, ya había regresado; que estaba atemorizada, aterrorizada como un niño en la oscuridad, y que necesitaba escuchar su voz.

Su teléfono estaba apagado. Me respondió la voz de la mujer del contestador automático invitándome, con aire de superioridad, a dejar un mensaje. Sam estaba trabajando: cubriendo su turno de vigilancia frente a la casa de Naylor, revisando las declaraciones por duodécima vez por si se le había escapado algo. De haber sido yo una mujer de lágrima fácil, en aquel momento habría llorado.