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– Probablemente sólo sea la resaca -apuntó Daniel atentamente-. El vino tinto siempre te ha sentado mal, ya lo sabes.

Todo me sonaba a trampa.

– Da igual -lo corté, con un encogimiento de hombros de adolescente irritable, mientras me apretaba el vendaje-. Quizá fuera el ponche. Quizá Rafe le echara un poco de alcohol de quemar. Últimamente bebe mucho, supongo que ya te habrás percatado.

– Rafe está bien -contestó Daniel con frialdad-. Y espero que tú también lo estés después de un sueño reparador.

Pasos rápidos escaleras abajo, una puerta abriéndose.

– ¿Lexie? -preguntó Justin con nerviosismo desde el piso superior-. ¿Va todo bien?

– Daniel me está molestando -grité a modo de respuesta.

– ¿Daniel? ¿Por qué la molestas?

– No lo hago.

– Quiere saber por qué estoy rara -expliqué-. Ya le he explicado que estoy rara porque sí y que haga el favor de dejarme en paz.

– ¿Por qué estás rara?

Justin había salido de su habitación y se encontraba ahora al pie de las escaleras; lo imaginaba, con su pijama a rayas, agarrado al pasamanos y mirando hacia arriba, con sus ojos miopes. La mirada fija y pensativa de Daniel me puso los nervios a flor de piel.

– ¡Silencio! -chilló Abby, lo bastante furiosa como para que la oyéramos sin necesidad de abrir la puerta-. Algunos intentamos dormir.

– ¿Lexie? ¿Por qué estás rara?

Un ruido sordo: Abby había lanzado algo.

– Justin, ¡he dicho que os calléis! ¡Por favor!

Vagamente, desde la planta baja, Rafe gritó con irritación algo que sonó a:

– ¿Qué diantres sucede?

– Ahora bajo a explicártelo, Justin -contestó Daniel-. Todo el mundo a la cama. -Se volvió hacia mí-: Buenas noches -me deseó. Se puso en pie y alisó de nuevo el edredón-. Que duermas bien. Espero que te encuentres mejor por la mañana.

– Sí -contesté-. Gracias. Pero no te hagas ilusiones.

El ritmo acompasado de sus pasos descendiendo las escaleras, luego murmullos debajo de mi habitación: acelerados al principio, procedentes de Justin en su mayoría, con alguna interjección esporádica por parte de Daniel, hasta que lentamente se cambiaron las tornas. Salí de la cama con cuidado y pegué la oreja al suelo, pero hablaban en susurros y no lograba descifrar sus palabras.

Veinte minutos después, Daniel subió de nuevo las escaleras, con cautela, y se detuvo unos instantes en el descansillo. No empecé a temblar hasta que la puerta de su dormitorio se cerró tras él.

Aquella noche permanecí en vela durante horas, hojeando las páginas de un libro, fingiendo leer, removiendo las sábanas, respirando hondo y fingiendo estar dormida, desenchufando el micrófono unos breves segundos o durante unos minutos de vez en cuando. Creo que conseguí transmitir con bastante credibilidad la idea de que una clavija andaba floja, que se desconectaba y se reconectaba sola en función de mis movimientos, pero eso no sirvió para apaciguarme. Frank no tiene un pelo de tonto y no estaba de humor para concederme el beneficio de ninguna duda.

Frank a mi izquierda, Daniel a mi derecha y yo atrapada en el medio, con Lexie. Invertí el tiempo, mientras jugaba a mi jueguecito personal con la clavija del micro, en intentar descifrar cómo me las había apañado, logísticamente, para acabar en el lado opuesto de absolutamente todas las personas involucradas en aquel caso, incluidas aquellas que se encontraban en flancos opuestos entre ellas mismas. Antes de dormirme finalmente, levanté la silla del tocador de Lexie por primera vez en semanas y la usé para atrancar la puerta.

El sábado transcurrió rápidamente, en una especie de aturdimiento dantesco. Daniel había decidido que nos convenía pasar el día lijando suelos, en parte, se suponía, porque hacer bricolaje siempre los había sosegado y en parte para mantener a todo el mundo en la misma estancia, donde él pudiera controlarnos.

– El suelo del comedor está hecho un asco -comentó a la hora del desayuno-. Empieza a tener un aspecto terriblemente gastado, como el del salón. Opino que estaría bien que empezáramos a lijarlo. ¿Os parece?

– Buena idea -opinó Abby, al tiempo que deslizaba unos huevos en el plato de Daniel y le dedicaba una sonrisa cansina pero decididamente positiva.

Justin se encogió de hombros y continuó mordisqueando su tostada. Yo respondí con un simple «Vale» sin apartar la vista de la sartén. Rafe cogió su taza de café y salió de la cocina sin musitar palabra.

– Bien -dijo Daniel con voz serena, volviendo a enfrascarse en la lectura de su libro-. Pues ya tenemos un plan.

El resto del día transcurrió tan espantoso como había previsto. La magia de la Familia Feliz brillaba por su ausencia. Rafe, desde el más sepulcral de los mutismos, manifestaba su furia con el mundo entero; estuvo golpeando la lijadora contra las paredes, sobresaltándonos a todos, hasta que Daniel se la arrebató de las manos sin pronunciar palabra y se la cambió por un papel de lija. Yo subí el tono de mi enfurruñamiento tanto como pude a la espera de que surtiera efecto en alguien y, antes o después, aunque no mucho después, pudiera usarlo a mi favor.

Llovía, una lluvia fina y petulante. No hablamos. En una o dos ocasiones vi a Abby enjugarse el rostro, pero nos dio la espalda en todo momento y no fui capaz de descifrar si estaba llorando o si simplemente se estaba limpiando el serrín. Se nos metía por todos sitios: por la nariz, por la garganta… incluso se abría camino en la piel de nuestras manos. Justin respiraba con dificultad y padecía histriónicos ataques de tos que aplacaba en su pañuelo hasta que finalmente Daniel depositó en el suelo la fijadora, salió de la estancia con gesto ofendido y regresó con una espantosa máscara de gas antigua que le entregó en el más absoluto de los silencios. Nadie se rió.

– Esas máscaras tienen amianto -explicó Rafe, rascando con fervor en un rincón de ángulo oblicuo del suelo-. ¿Qué pretendes, matarlo, o simplemente quieres transmitir esa impresión?

Justin miró la máscara horrorizado.

– Yo no quiero inhalar amianto.

– Si prefieres atarte el pañuelo alrededor de la boca -dijo Daniel-, adelante. Pero deja de quejarte.

Le puso la máscara a Justin en las manos, recuperó la fijadora y la encendió de nuevo. Era la misma máscara de gas que en un tiempo no muy lejano nos había provocado a Rafe y a mí un ataque de risa. «Daniel podría llevarla a la universidad; Abby podría hacerle unos bordaditos…» Justin la depositó con cautela en un rincón vacío, donde permaneció el resto del día, contemplándonos con aquellos enormes ojos vacíos y desolados.

– ¿Qué le pasa a tu micrófono? -inquirió Frank esa noche-. Sólo por curiosidad.

– ¡Vaya! -exclamé-. ¿Qué pasa? ¿Vuelve a hacerlo? Pensaba que había conseguido arreglarlo.

Pausa escéptica.

– ¿Que vuelve a hacer qué?

– Esta mañana, cuando me disponía a cambiar el vendaje, he visto que la clavija se había soltado. Creo que anoche, después de la ducha, me vendé mal y la clavija se salía cuando me movía. ¿Te perdiste mucho trozo? ¿Funciona bien ya? -Me remetí la mano por dentro del jersey y le di unos golpecitos al micro-. ¿Lo oyes?

– Alto y claro -contestó Frank con sequedad-. Se ha soltado unas cuantas veces durante la noche, pero dudo que me haya perdido nada relevante; o al menos, eso espero. Me perdí un par de minutos de tu charla a medianoche con Daniel, por cierto.

Sonreí con la voz.

– ¡Ah! ¿Eso? Estaba enfadado por mi numerito de zorra insolente. Quería saber qué me pasaba y le dije que me dejara en paz. Entonces los demás nos oyeron y entraron en acción y Daniel acabó tirando la toalla y yéndose a dormir. Te dije que funcionaría, Frankie. Se están subiendo por las paredes.

– Bien -dijo Frank transcurrido un momento-. Pues parece ser que no me perdí nada ilustrativo. Además, por lo que a este caso concierne, supongo que no puedo decir que no crea en las coincidencias. Pero si ese cable vuelve a desconectarse, aunque sea un solo segundo, iré y te sacaré a rastras. Así que ya puedes irte comprando un Super Glue.