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Y colgó.

De camino a casa intenté pensar en cuál sería mi siguiente movimiento si estuviera en la piel de Daniel, pero resultó que no era por él por quien debía haberme preocupado. Supe, aun antes de entrar en la casa, que algo había ocurrido. Estaban todos en la cocina. Los chicos se habían quedado a medio fregar los platos; Rafe tenía una espátula empuñada como si fuera un arma y salpicaba espuma de jabón por todo el suelo. Y todos hablaban a la vez.

– … haciendo su trabajo -decía Daniel cansinamente cuando yo abrí las puertas del jardín-. Si no se lo permitimos…

– Pero ¿por qué? -gimoteó Justin-. ¿Por qué harían…?

Entonces me vieron. Se produjo un instante de silencio sepulcral; se me quedaron mirando, sus voces se apagaron a media palabra.

– ¿Qué sucede? -pregunté.

– La policía quiere que acudamos a la comisaría -explicó Rafe.

Arrojó la espátula al fregadero con rabia. El agua salpicó la camisa de Daniel, pero éste pareció no percatarse.

– Yo no aguanto volver a pasar por eso -alegó Justin, apoyando el culo en la encimera-. No puedo.

– ¿Que vayáis a la comisaría para qué? ¿Qué quieren?

– Mackey ha telefoneado a Daniel -me explicó Abby-. Quieren que acudamos a hablar con ellos a primera hora mañana por la mañana. Todos.

– ¿Por qué?

¡El sinvergüenza de Frank! Cuando lo había llamado ya lo tenía previsto. Y ni siquiera se había molestado en insinuármelo. Rafe se encogió de hombros.

– No nos lo ha explicado. Se ha limitado a decir que quiere, abro comillas, mantener una charla con nosotros, cierro comillas.

– Pero ¿por qué allí? -preguntó Justin presa del pánico. Miraba fijamente el teléfono de Daniel, que estaba sobre la mesa, como si temiera que diera un salto-. Antes siempre venían ellos. ¿Por qué tenemos nosotros que…?

– ¿Adónde quiere que vayamos? -pregunté.

– Al castillo de Dublín -respondió Abby-. A la oficina de Delitos Graves, o a la brigada o como lo llamen.

El Departamento de Delitos Graves y Crimen Organizado opera una planta por debajo de Homicidios; la intención última de Frank era que subiéramos un tramo de escaleras. Esa unidad no suele investigar un apuñalamiento normal, no a menos que haya un jefe de la mafia implicado, pero ellos no lo sabían y sonaba bastante impresionante.

– ¿Tú sabías algo de esto? -me preguntó Daniel.

Me miraba con una frialdad que no me gustó ni un ápice. Rafe puso los ojos en blanco y farfulló una frase que incluía los términos «capullo paranoico».

– No. ¿Cómo iba a saberlo?

– No sé, se me ha ocurrido que tu amigo Mackey quizá también te hubiera telefoneado… mientras estabas de paseo.

– Pues no lo ha hecho. Y no es mi amigo.

No me molesté en ocultar mi mirada de cabreo y dejar que Daniel determinara si era auténtica o no. Me quedaban dos días, y Frank iba a zamparse uno de ellos con preguntas tontas e infinitas acerca de qué nos poníamos en los bocadillos y qué opinábamos de Brenda Cuatrotetas. Quería que estuviéramos en la comisaría a primera hora de la mañana: pretendía alargarlo cuanto le fuera posible, ocho horas, doce. Me pregunté si habría encajado con la personalidad de Lexie propinarle un puntapié en las pelotas.

– Os dije que no era una buena idea telefonearlos por lo de aquella piedra -comentó Justin desconsoladamente-. Os lo dije. Nos habrían dejado en paz.

– Pues desobedezcamos -propuse. Probablemente Frank clasificaría mi gesto dentro de la condición «no cometer ninguna tontería», pero estaba demasiado cabreada para preocuparme por saltarme sus condiciones-. No pueden obligarnos.

Una pausa de desconcierto.

– ¿Es eso verdad? -preguntó Abby a Daniel.

– Creo que sí -contestó Daniel, mientras me observaba con ojos analíticos; tuve la sensación de escuchar el engranaje de su cerebro-. No estamos detenidos. Ha sido una petición, no una orden, aunque Mackey la ha formulado como si se tratara de una orden. Aun así, creo que nos conviene acudir.

– ¿Ah sí? -inquirió Rafe con evidente desagrado-. ¿De verdad? ¿Y qué pasa si yo creo que lo que nos conviene es enviar a la porra a Mackey?

Daniel se volvió para mirarlo.

– Tengo previsto seguir cooperando plenamente con esta investigación -contestó con sosiego-. En parte porque creo que es lo más sabio que podemos hacer, pero sobre todo porque me gustaría saber quién es el culpable de lo ocurrido. Si alguno de vosotros prefiere poner piedras en el camino y levantar las sospechas de Mackey rehusando cooperar, no seré yo quien se lo impida; pero recordad algo: la persona que apuñaló a Lexie sigue libre y opino que lo menos que podemos hacer es ayudar a capturarla.

¡Qué inteligente era el muy cretino! Estaba utilizando mi micro para decirle a Frank exactamente lo que quería escuchar, que en realidad no era más que un rosario de clichés santurrones. Eran almas gemelas.

Daniel lanzó una mirada interrogatoria a todos los presentes. Nadie respondió. Rafe empezó a balbucear algo, se detuvo y movió la cabeza con desgana.

– De acuerdo -continuó Daniel-. En ese caso, acabemos con lo que teníamos entre manos y vayámonos a la cama. Mañana será un día muy largo -sentenció, y cogió el paño de secar la vajilla.

Yo me encontraba en la sala de estar con Abby, fingiendo leer mientras pensaba en unas cuantas palabras creativas que decirle a Frank y escuchaba el tenso silencio procedente de la cocina cuando caí en la cuenta de algo. Dado a escoger, Daniel había decidido que prefería pasar uno de mis últimos días con Frank, en lugar de conmigo. Me figuré, por peligroso que eso fuera, que probablemente se tratara de un cumplido.

Mi recuerdo más nítido de aquel domingo por la mañana es que seguimos nuestra rutina diaria del desayuno, hasta el último detalle. El rápido golpecito de Abby en mi puerta; ambas preparando el desayuno codo con codo, su rostro encendido por efecto del calor del fogón. Nuestros movimientos estaban perfectamente sincronizados: nos pasábamos los utensilios sin necesidad de pedirlos. Recordé la primera noche, la punzada al descubrir lo unidos que estaban; de alguna manera, en aquellas semanas yo me había convertido en parte de ese entramado. Justin mirando su tostada con el ceño fruncido mientras la cortaba en triángulos, la maniobra de piloto automático de Rafe con su café, Daniel con la esquina de un libro sujetada con el plato. Rechacé el mero pensamiento de que en menos de treinta y seis horas yo ya no estaría allí; rehusé pensar en el hecho de que, aunque volviera a verlos algún día, ya nunca sería así.

Nos tomamos el tiempo necesario. Incluso Rafe afloró a la superficie una vez se hubo acabado el café, me apartó a un lado con la cadera para poder compartir mi silla y mordió mi tostada. El rocío resbalaba dibujando regueros en los cristales de las ventanas y los conejos, que cada día se volvían más osados y se acercaban más a la casa, mordisqueaban la hierba del patio.

Algo había cambiado durante aquella noche. Los bordes afilados y cortantes entre ellos se habían derretido; se mostraban afables entre sí, cuidadosos, casi tiernos. A veces me pregunto si se tomaron aquel desayuno con tanto cariño porque, a un nivel más profundo y más certero que la lógica, lo sabían.

– Deberíamos irnos -anunció Daniel al fin.

Cerró su libro y alargó el brazo para dejarlo en la encimera. Yo noté un aliento, a medio camino entre un susto y un suspiro, ondularse sobre la mesa. El torso de Rafe se hinchó, un instante, contra mi hombro.

– Bien -dijo Abby en voz baja, casi para sí misma-. Hagámoslo.

– Me gustaría hablar contigo de un asunto, Lexie -dijo Daniel-. ¿Por qué no vamos tú y yo juntos en mi coche?