– ¿Hablar de qué? -preguntó Rafe con acritud, clavándome los dedos en el brazo.
– Si fuera de tu incumbencia -aclaró Daniel, al tiempo que llevaba su plato al fregadero-, te habría invitado a venir con nosotros.
Los bordes afilados volvían a cristalizarse, de la nada, afilados y cortantes.
– Y bien -dijo Daniel, cuando subí al coche, que había acercado justo hasta la puerta de casa-, aquí estamos.
Una oscura sensación se arremolinó en mi interior: una advertencia. Pero no fue por cómo me miraba, sino por cómo miraba a través de la ventanilla del coche, por cómo contemplaba la casa envuelta en la fría neblina matinal, por cómo observaba a Justin que limpiaba el parabrisas nerviosamente con un trapo doblado y a Rafe descender a trompicones las escaleras con la barbilla hundida en su bufanda; fue por la expresión de su rostro, reconcentrada y pensativa y una pizca triste.
Yo no tenía modo de saber cuáles eran los límites de Daniel, si es que los tenía. Mi revólver seguía detrás de la mesilla de noche de Lexie (Homicidios tiene un detector de metales). «El único momento en que quedarás sin cobertura es en las idas y venidas de la ciudad», me había dicho Frank.
Daniel sonrió, una sonrisa tímida y privada al brumoso cielo azul.
– Va a hacer un día estupendo -barruntó.
Yo estaba a punto de salir de estampida de aquel coche, ir corriendo al de Justin, decirle que Daniel se estaba portando como un capullo conmigo y pedirle que me dejara ir con él y con los demás (aquélla parecía la semana de los arranques de maldad, así que no levantaría las sospechas de nadie) cuando se abrió la puerta de atrás de mi lado y Abby se deslizó en el asiento trasero, sonrojada y con el pelo enmarañado, en medio de un alboroto de guantes, abrigo y sombrero.
– Hola -dijo, cerrando la puerta-. ¿Me dejáis que vaya con vosotros, chicos?
– Por supuesto -contesté: no recordaba haber sentido nunca tanta dicha de haber visto a alguien.
Daniel volvió la cabeza y la miró por encima del hombro.
– Pensaba que habíamos quedado en que tú irías con Justin y Rafe -dijo.
– ¿Estás de broma o qué? ¿Con el mal humor que se gastan? Sería como ir con Stalin y Pol Pot, aunque menos alegre.
Para mi sorpresa, Daniel le sonrió, una sonrisa auténtica, cálida y divertida.
– Su comportamiento raya en lo ridículo. Que se apañen solos; una o dos horas atrapados en un coche tal vez sea lo que necesitan.
– Quizá -replicó Abby, sin sonar demasiado convencida-. O eso o acabarán matándose.
Abby extrajo un cepillo de su bolso y atacó su melena. Delante de nosotros, Justin encendió el motor de su coche dando muestras de su irritación y se internó pitando en el camino de acceso, a una velocidad a todas luces excesiva.
Daniel se llevó una mano al hombro, con la palma hacia arriba, tendiéndosela a Abby. No la miraba, tampoco a mí; miraba al otro lado del parabrisas, sin ver nada, en dirección a los cerezos. Abby bajó su cepillo, colocó su mano sobre la de Daniel y le dio un apretón en los dedos. No se la soltó hasta que Daniel suspiró, apartó la suya con delicadeza y encendió el motor.
Capítulo 22
Frank, el capullo máximo del universo, me soltó en una sala de interrogatorios («Enviaremos a alguien para que se ocupe de ti en un minuto») y me abandonó allí durante dos horas. Y ni siquiera era una de las salas bien acondicionadas, con refrigerador de agua y sillas cómodas; era la patética salita que medía dos centímetros más que una celda de calabozo, la que utilizamos para poner nerviosos a los sospechosos. Funcionaba: me tensaba a cada minuto que pasaba recluida allí. Frank podía estar haciendo cualquier cosa ahí fuera, explicándoles a los demás el asunto del bebé, que sabía lo de Ned, lo que fuera. Era consciente de estar reaccionando exactamente como él quería que lo hiciera, como un sospechoso, pero en lugar de tranquilizarme, sólo conseguía enfurecerme más. Ni siquiera podía explicarle a la cámara qué opinaba de aquella situación, puesto que, por lo que yo sabía, tenía a uno de los otros observándome y confiaba en que hiciera exactamente eso.
Cambié las sillas. Como no podía ser de otra manera, Frank me había dado la silla a la que le faltaba el taco en una pata, la que usamos para incomodar a los sospechosos. Tenía ganas de gritarle a la cámara: «Antes trabajaba aquí, gilipollas; éste es mi territorio, así que no intentes joderme». En lugar de ello, encontré un bolígrafo en el bolsillo de mi chaqueta y me divertí escribiendo LEXIE ESTUVO AQUÍ en la pared, con una caligrafía decorativa. Nadie se dio cuenta de ello, pero tampoco esperaba que lo hiciera: las paredes estaban garabateadas con años de firmas, dibujos y complejas sugerencias anatómicas. Reconocí un par de nombres.
Odiaba aquella situación. Había estado en aquella sala tantas veces, con Rob, interrogando a sospechosos con la coordinación impecable y telepática de dos cazadores que acechan su momento, que estar allí sin él me hacía sentir como si alguien me hubiera arrancado los órganos vitales y estuviera a punto de desplomarme, demasiado hueca para mantenerme en pie. Al final clavé el bolígrafo en la pared, con tanta fuerza que saltó la punta. Lo arrojé contra la cámara y la alcancé. Sonó un crujido, pero ni siquiera eso me hizo sentir mejor.
Para cuando Frank decidió efectuar su entrada teatral, a mí se me llevaban los demonios.
– Vaya, vaya, vaya -dijo, estirando la mano para apagar la cámara-. Qué agradable encontrarme aquí contigo. Siéntate, por favor.
Seguí de pie.
– ¿Qué diablos planeas?
Arqueó las cejas.
– Estoy entrevistando a sospechosos. ¿Qué pasa? ¿Acaso ahora necesito tu permiso para hacerlo?
– Lo que necesitas es hablar conmigo antes de lanzarme un misil tierra-aire. Frank, yo no es que esté precisamente divirtiéndome en esa casa, estoy trabajando, y esto podría echarlo todo a perder.
– ¿Trabajando? ¿Así lo llamáis hoy en día?
– Así es como tú lo llamaste. Estoy haciendo exactamente lo que tú me enviaste a hacer y por fin estoy llegando a algún sitio. ¿Por qué me pones palos en las ruedas?
Frank se apoyó en la pared y cruzó los brazos.
– Si tú juegas sucio, Cass, yo también puedo hacerlo. No es tan divertido cuando es uno quien recibe, ¿verdad?
El caso es que yo sabía que él no estaba jugando sucio, no de verdad. Obligarme a permanecer sentada en aquel rincón nauseabundo y a pensar en lo que había hecho era una cosa, pero Frank estaba furioso, y con razón, tanto que probablemente le apeteciera darme un puñetazo en el ojo, y yo sabía bien que, a menos que me sacara de la manga una baza espectacular de última hora, iba a encontrarme en serios problemas cuando apareciera allí al día siguiente. Sin embargo, jamás en la vida, por muy irritado que estuviera, Frank haría nada que pudiera poner en peligro la investigación. Y yo sabía, fría como la nieve bajo toda aquella locura, que podía utilizarlo a mi favor.
– De acuerdo -cedí, respirando hondo y atusándome el pelo-. Está bien. De acuerdo. Me lo merecía.
Se rió; una carcajada breve y tensa.
– Será mejor que no me hagas hablar de lo que te mereces, pequeña. Te lo digo en serio.
– Ya lo sé, Frank-dije-. Y cuando tengamos tiempo te dejaré que me sermonees tanto como quieras, pero ahora no. ¿Qué tal te ha ido con los otros?
Se encogió de hombros.
– Tan bien como era previsible.
– En otras palabras: que no tienes nada.
– ¿Eso crees?
– Sí, eso creo. Los conozco. Puedes seguir intentándolo con ellos hasta el día de tu jubilación y seguirás sin obtener nada.
– Es posible -comentó Frank en un tono insulso-. Tendremos que esperar y ver, ¿no es cierto? Aún me quedan unos cuantos años por delante.
– Vamos, Frank. Fuiste tú quien lo dijo desde el principio: esos cuatro están enganchados con cola y son inexpugnables desde el exterior. ¿No es por eso por lo que me infiltraste? -Otra imperceptible inclinación de barbilla evasiva de Frank, como un encogimiento de hombros-. Sabes perfectamente que no conseguirás sacarles nada de utilidad. Simplemente intentas ponerlos nerviosos, ¿no es cierto? Pues pongámoslos nerviosos juntos. Sé que estás enfadado conmigo, pero eso puede esperar hasta mañana. Por ahora seguimos en el mismo barco.