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Frank me observó durante un minuto; yo balanceaba mis piernas e intentaba parecer clara y sincera. Y entonces:

– Bien -dijo, poniéndose de repente manos al asunto, apartándose de la pared y dirigiéndose a encender de nuevo la cámara-. Trato hecho. ¿Habéis venido en dos coches o voy a tener que llevar al pequeño Daniel a Glendemierda cuando haya terminado con él?

– Hemos venido en dos coches -contesté. El alivio y la adrenalina me estaban aturdiendo; la mente me iba a mil por hora intentando organizar aquel interrogatorio; tenía ganas de salir disparada al aire como si fuera un fuego de artificio-. Gracias, Frank. No te arrepentirás.

– Bien -dijo Frank-. De nada. -Volvió a intercambiar las sillas-. Siéntate. Y espera aquí. Ahora vuelvo.

Me abandonó allí otro par de horas, durante las cuales supuestamente la emprendió de nuevo con los demás pertrechado con todas sus armas, con la esperanza de que uno de elios se derrumbara y no tener que recurrir a mi. Pasé el rato fumando cigarrillos ilegales (cosa que no pareció preocupar a nadie) y ultimando los detalles de cómo proceder. Sabía que Frank volvería. Desde el exterior, los otros eran inexpugnables, impenetrables; incluso Justin se mostraría frío como el hielo frente al Frank más desalmado. Los extraños estaban demasiado lejos para inquietarlos. Eran como una de esas fortalezas medievales construidas con tal ahínco, tan intricadas y defensivas que sólo podían tomarse desde dentro, a traición.

Finalmente la puerta se abrió de golpe y Frank asomó la cabeza por ella.

– Voy a conectarte con las otras salas de interrogatorios, así que métete en el papel. Tienes cinco minutos para que se levante el telón.

– No conectes a Daniel -repetí, sentándome sin demora.

– No me vengas con jodiendas -replicó Frank, antes de volver a desvanecerse.

Cuando regresó yo estaba sentada encima de la mesa, doblando el tubo de tinta del bolígrafo a modo de catapulta y lanzando los trocitos de plástico a la cámara.

– Hola -lo saludé, con el rostro iluminado sólo de verlo-. Pensaba que se había olvidado de mí.

– Eso jamás -contestó Frank, con su mejor sonrisa-. Incluso te he traído un café, con leche y dos azucarillos, ¿verdad que es así como te gusta? No, no, no te preocupes por eso -comentó al verme saltar de la mesa y agacharme a recoger los pedacitos de bolígrafo-, ya lo limpiarán más tarde. Siéntate. Tengamos una pequeña conversación. ¿Cómo te has encontrado últimamente?

Corrió una silla y empujó uno de los vasos de plástico con café en mi dirección.

Empezó el interrogatorio, dulce como la miel. Se me había olvidado lo encantador que puede ser Frank cuando se lo propone. Estás guapísima, Madison, y cómo va la vieja herida de guerra y (cuando le seguí el juego y me estiré para enseñarle lo bien que habían cicatrizado los puntos) qué imagen más deliciosa, con el toque justo de flirteo filtrándose a través de su voz. Yo lo miraba entre pestañeos coquetos y prorrumpía en risitas, mínimas, sólo para fastidiar a Rafe.

Frank me explicó toda la saga de John Naylor o, mejor dicho, una versión de ésta, no la que había ocurrido de verdad, pero sin duda una versión que hacía sonar a Naylor como un sospechoso digno de consideración: tranquilizaba a los demás antes de activar el detonador.

– Estoy impresionada -le dije, inclinando mi silla hacia atrás y mirándolo con picardía de reojo-. Pensaba que habían arrojado la toalla hace tiempo.

Frank sacudió la cabeza.

– Nosotros no nos rendimos -replicó con seriedad-, no con un tema tan serio como éste. Por mucho tiempo que nos lleve. No nos gusta hacerlo explícito, pero continuamos nuestro trabajo, uniendo piezas del rompecabezas. -Era asombroso; debería ir acompañado de una banda sonora propia-. Nos estamos acercando. Y en estos momentos, Madison, necesitamos que nos ayudes un poco.

– Desde luego -contesté, apoyando de nuevo las patas delanteras de la silla y prestando atención-. ¿Quiere que vuelva a ver a ese tal Naylor otra vez?

– No, no, nada de eso. En esta ocasión necesitamos tu mente, no tus ojos. ¿Recuerdas que los médicos dijeron que empezarías a recobrar la memoria a medida que te fueras recuperando?

– Sí -contesté con un titubeo, tras una pausa.

– Cualquier cosa que recuerdes, lo que sea, podría sernos de gran ayuda. Quiero que medites bien tu respuesta antes de contestarme a esta pregunta: ¿has recordado algo?

Dejé transcurrir un latido demasiado largo antes de contestar en un tono casi convincente.

– No. Nada. Sólo lo que le he explicado antes.

Frank entrelazó sus manos sobre la mesa y se inclinó hacia mí. Aquellos atentos ojos azules, aquella voz dulce y persuasiva: de haber sido yo una auténtica civil, me habría derretido en la silla.

– Bueno, para ser sincero, no estoy convencido del todo. Tengo la sensación de que has recordado algo nuevo, Madison, pero que te preocupa compartirlo conmigo. Quizá creas que puedo malinterpretarlo y perjudicar así a la persona equivocada. ¿Es eso lo que ocurre?

Le lancé una rápida mirada implorante.

– Sí, supongo, más o menos.

Me sonrió, y se le dibujaron unas enormes patas de gallo.

– Confía en mí, Madison. No vamos por ahí acusando a las personas de delitos graves a menos que tengamos pruebas sólidas. Tu testimonio por sí solo no bastaría para que arrestáramos a nadie.

Me encogí de hombros, mire el café con una mueca y dije:

– No es nada del otro mundo. Probablemente no signifique nada de todos modos.

– Eso ya me ocuparé yo de determinarlo, ¿de acuerdo? -comentó Frank con ternura. Estuvo a un paso de darme una palmadita en la mano y llamarme «pequeña»-. Te sorprendería saber lo que puede resultar de utilidad. Y, si no nos sirve, pues no hacemos daño a nadie, ¿no es cierto?

– Está bien -dije, respirando hondo-. Sólo… Bien. Recuerdo sangre en mis manos. Mis manos ensangrentadas.

– ¿Ves? -preguntó Frank, sin deponer aquella sonrisa tranquilizadora-. Bien hecho. No ha sido tan duro, ¿verdad?

Yo negué con la cabeza.

– ¿Recuerdas qué estabas haciendo? ¿Si estabas de pie? ¿Sentada?

– De pie -contesté. No tuve que fingir el temblor en mi voz. A sólo unos pasos de distancia, en las salas de interrogatorios que yo me conocía de arriba abajo, Daniel esperaba pacientemente a que alguien regresara mientras a los otros tres empezaba a cortárseles la respiración, lenta y silenciosamente-. Estaba apoyada contra un seto, me pinchaba. Estaba… -Me arremangué el jersey y me lo apreté contra las costillas- así. Por la sangre, quería detener la hemorragia. Pero no funcionaba.

– ¿Te dolía?

– Sí -contesté en voz baja-. Me dolía. Mucho. Pensé… Pensé que iba a morir. Estaba muerta de miedo.

Frank y yo formábamos un buen equipo; estábamos en la misma página. Funcionábamos como un engranaje perfectamente engrasado, como Abby y yo cuando preparábamos el desayuno, con la complicidad de un par de torturadores profesionales. «No puedes ser ambas cosas -me había advertido Daniel. Y-: Lexie nunca era cruel.»

– Lo estás haciendo de maravilla -me alentó Frank-. Ahora que has empezado a recobrar la memoria, lo recordarás todo enseguida, ya verás. Eso es lo que nos dijeron los médicos, ¿no es cierto? Una vez que se abren las compuertas… -Hojeó el expediente y extrajo un mapa, uno de los que habíamos utilizado durante nuestra semana de entrenamiento-. ¿Crees que podrías señalarme dónde te encontrabas?

Me tomé mi tiempo, elegí un punto a tres cuartas partes de distancia entre la casa y la casita y lo señalé con el dedo.

– Quizás aquí, creo. Pero no estoy segura.

– Genial -dijo Frank, garabateando algo con esmero en su cuaderno de notas-. Ahora quiero que hagas algo más por mí. Estás apoyada en el seto, sangrando y asustada. ¿Puedes intentar remontarte más atrás? Justo antes de eso, ¿qué habías estado haciendo?