Выбрать главу

Levantaron la cabeza, uno a uno, y volvieron sus rostros hacia mí, inexpresivos y vigilantes como aquel primer día en las escaleras.

– ¿Cómo estás? -preguntó Abby.

Me encogí de hombros.

– Sírvete una copa -me invitó Rafe, señalando la mesa con la cabeza-. Si quieres algo que no sea vodka, ve a buscarlo tú misma.

– Empiezo a recordar cosas -anuncié. Un largo haz solar atravesaba las planchas de madera del suelo, a mis pies, y hacía que el barniz recién pintado resplandeciera como el agua. Dejé vagar la vista en aquel efecto-. Fragmentos de aquella noche. Los médicos me advirtieron que podía ocurrir.

Un trino y el ruido de las cartas otra vez.

– Ya lo sabemos -me informó Rafe.

– Nos han dejado mirar -explicó Abby en voz baja- mientras hablabas con Mackey.

Levanté la cabeza y los miré anonadada, boquiabierta.

– ¿Y se puede saber cuándo pensabais decírmelo? -pregunté transcurrido un instante-, si es que pensabais hacerlo, claro está.

– Te lo estamos diciendo ahora -replicó Rafe.

– ¡Idos a la mierda! -exclamé, y el temblor de mi voz sonó como si estuviera a punto de romper a llorar otra vez-. ¡Idos todos a la mierda! ¿Acaso os creéis que soy tonta? Mackey se ha portado como un capullo integral conmigo y yo he mantenido la boca cerrada porque no quería acarrearos problemas. Y en cambio vosotros pensabais consentir que yo quedara como una idiota el resto de nuestras vidas, mientras todos sabíais que… -me tapé la boca con la muñeca.

Abby respondió muy lenta y cuidadosamente.

– Has mantenido la boca cerrada.

– No debería haberlo hecho… -Mis palabras se ahogaron en mi muñeca-. Tendría que haberle contado todo lo que recuerdo y haber dejado que os las apañaseis solitos.

– ¿Qué más… -empezó a preguntar Abby- qué más recuerdas?

Me parecía que el corazón se me iba a salir del pecho en cualquier momento. Si me equivocaba, entonces estaría cavando mi propia tumba y cada segundo de aquel mes habría sido en vano. Haberme infiltrado en aquellas cuatro vidas, herir a Sam, arriesgar mi trabajo: todo eso para nada. Estaba poniendo toda la carne en el asador sin tener ni puñetera idea de si iba a quemarme o no la mano. En aquel instante pensé en Lexie, en el hecho de que hubiera vivido así toda su vida, apostándolo todo a ciegas; también pensé en el precio que había pagado al final.

– La chaqueta -dije-. La nota en el bolsillo de la chaqueta.

Por un instante pensé que había perdido. Sus rostros, alzados hacia mí, eran rotundamente inexpresivos, como si mis palabras no significaran nada para ellos. Me encontraba ya calibrando modos de dar marcha atrás (¿un sueño durante el coma?, ¿una alucinación provocada por la morfina?) cuando Justin exclamó con un levísimo suspiro de devastación:

– ¡Dios mío!

«Antes no te llevabas el tabaco cuando salías a pasear por la noche», había dicho Daniel. Había estado tan concentrada en disimular mi desliz que había tardado días en percatarme de algo: yo había quemado la nota de Ned. Pero si Lexie no llevaba un mechero encima, entonces, salvo que comiera papel, cosa que era un tanto extrema incluso para ella, no tenía modo alguno y rápido de deshacerse de aquellas notas. Quizás había rasgado alguna en mil pedazos de camino a casa, había tirado los pedacitos en los setos a su paso, como un oscuro reguero a lo Hansel y Gretel; o tal vez ni siquiera había querido dejar ese rastro y se había guardado las notas en el bolsillo para tirarlas por el váter o quemarlas más tarde, en casa.

Había sido extremadamente cautelosa velando por sus secretos. Sólo era capaz de imaginármela cometiendo un error: regresar a casa a toda prisa en medio de la oscuridad y la lluvia implacable, porque tenía que llover, con el bebé convirtiendo los filos de su mente en lana mullida y la huida palpitándole por las venas, tras guardarse la nota en el bolsillo sin recordar que la chaqueta que llevaba puesta no era suya, sino comunitaria. La había traicionado exactamente lo mismo que la estaba traicionando a ella: la proximidad que compartían todos ellos.

– Bien -dijo Rafe, alargando la mano para coger el vaso, con una ceja arqueada. Intentaba poner su mejor cara de hastío, pero le aleteaban las aletas de la nariz, ligeramente, con cada respiración-. Felicidades, Justin, amigo mío. Esto se pone interesante.

– ¿Qué? ¿Por qué diablos me felicitas? Lexie ya sabía…

– Callad -ordenó Abby.

Se había quedado lívida; sus pecas contrastaban como si estuvieran pintadas.

Rafe no le hizo caso.

– Y si no lo sabía, ahora ya lo sabe.

– No es culpa mía. ¿Por qué siempre me culpáis a mí de todo?

Justin estaba muy cerca de perder los nervios. Rafe alzó la vista al cielo.

– ¿Acaso me has oído quejarme? Por lo que a mí concierne, ya es hora de que pongamos fin a todo este asunto.

– No vamos a debatir este tema hasta que Daniel regrese a casa -sentenció Abby.

Rafe estalló en carcajadas.

– Abby, de verdad, te quiero, pero a veces dudo de tu inteligencia-dijo-. Es imposible que no sepas que, una vez Daniel regrese a casa, no debatiremos este asunto ni por asomo.

– Esto nos concierne a los cinco. No hablaremos de ello hasta que estemos todos reunidos.

– ¡Patrañas! -exclamé a voz en grito-. Es tan absurdo que casi me avergüenza oírlo. Si esto nos concierne a los cinco, entonces ¿por qué no me lo dijisteis hace semanas? Si podéis hablar de ello a mis espaldas, entonces seguramente también podemos hablar de ello en ausencia de Daniel.

– Oh, Dios -musitó Justin; tenía la boca abierta, semitapada con una mano temblorosa.

El teléfono móvil de Abby comenzó a sonar en su bolso. Yo llevaba oyendo ese sonido durante todo el trayecto hasta casa y el tiempo que había estado en mi habitación. Frank había soltado a Daniel.

– ¡No contestes! -chillé lo bastante fuerte como para paralizarla a medio camino-. Es Daniel y sé exactamente lo que va a decir. Te ordenará que no me digas nada, y estoy harta de que me trate como si tuviera seis años. Si alguien tiene derecho a saber exactamente qué ocurrió, ésa soy yo. ¡Si intentas descolgar ese maldito teléfono, lo pateo!

Hablaba en serio. Era domingo por la tarde. La caravana era de entrada a Dublín, no de salida; si Daniel pisaba a fondo, y lo haría, y lograba que no lo parara ningún agente de tráfico, dentro de media hora estaría en casa. Necesitaba aprovechar cada segundo de ese margen de tiempo.

Rafe soltó una carcajada, un sonido corto y áspero.

– ¡Valiente! -dijo, alzando su copa hacia mí.

Abby me miró atónita, con la mano aún a medio camino hacia su bolso.

– Si no me contáis ahora mismo qué demonios sucede -les advertí-, llamaré a la policía ahora mismo y les confesaré todo lo que recuerdo. No bromeo.

– Jesús -balbuceó Justin-. Abby…

El teléfono dejó de sonar.

– Abby -dije, respirando hondo. Notaba las uñas clavadas en las palmas de mis manos-. No puedo hacer esto si me dejáis fuera de juego. Es importante. No puedo… no podemos funcionar de esta manera; o vamos todos a una o no.

Sonó el teléfono de Justin.

– Ni siquiera tenéis que decirme quién lo hizo, si no queréis. -Estaba bastante segura de que si aguzaba el oído podría oír a Frank dándose cabezazos con una pared, en algún sitio, pero no me importaba; pasito a pasito-. Sólo quiero saber qué ocurrió. Estoy harta de que todo el mundo lo sepa salvo yo. Hartísima. Por favor.

– Tiene todo el derecho del mundo a saberlo -opinó Rafe-. Y, personalmente, yo también estoy bastante harto de vivir mi vida sobre la premisa de «porque lo dice Daniel». Tengo la sensación de que no nos ha ido especialmente bien, ¿me equivoco?