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El teléfono dejó de sonar.

– Deberíamos telefonearle -terció Justin, con el culo casi fuera del butacón-. ¿No? Quizá lo hayan arrestado y necesite que paguemos la fianza o algo así.

– No lo han arrestado -repuso Abby de manera automática. Se desplomó de nuevo en el sillón, se pasó las manos por la cara y exhaló un largo suspiro-. Os lo he dicho una y otra vez: necesitan pruebas para arrestar a alguien. Está bien. Lexie, siéntate.

Me quedé donde estaba.

– Venga, mujer, siéntate -insistió Rafe con un suspiro de resignación-. Voy a explicarte toda esta saga patética de todas maneras, tanto si a los demás les gusta como si no, y prefiero que no me pongas de los nervios quedándote ahí de pie sin dejar de moverte. Y, Abby, cálmate. Deberíamos haber hecho esto hace semanas.

Al cabo de un momento me dirigí hacia mi sillón, junto a la chimenea.

– Mucho mejor -opinó Rafe, sonriéndome. Su rostro traslucía un regocijo temerario, arriesgado; parecía más feliz de lo que había estado en semanas-. Sírvete una copa.

– No me apetece.

Sacó las piernas del sofá, sirvió un vodka con naranja de cualquier manera y me lo pasó.

– En realidad, creo que todos deberíamos tomarnos una copa. Vamos a necesitarla. -Llenó los vasos con una floritura (Abby y Justin ni siquiera parecieron darse cuenta) y levantó el suyo a modo de brindis-. ¡Por la verdad y nada más que la verdad!

– Está bien -dijo Abby, con un hondo suspiro-. Está bien. Si de verdad queréis hacer esto, y de todas maneras estás recobrando la memoria, entonces supongo que… ¡qué diablos! Adelante.

Justin abrió la boca, pero la volvió a cerrar y se mordió los labios. Abby se pasó las manos por el cabello, alisándoselo con fuerza.

– ¿Dónde quieres que…? Me refiero a que no sabemos cuánto recuérdas.

– Fragmentos dispersos -contesté-. No consigo hilvanarlos en una secuencia. Empezad por el principio.

Súbitamente, toda la adrenalina de mi sangre se había diluido y me sentía asombrosamente relajada. Aquélla sería mi última actuación en Whitethorn House. La notaba a mi alrededor, cada centímetro de ella, cantando con el sol, las motas de polvo y los recuerdos, aguardando a escuchar lo que venía a continuación. Daba la sensación de que teníamos todo el tiempo del mundo.

– Ibas a salir a pasear -empezó a narrar Rafe con sentido práctico, dejándose caer de nuevo en el sofá- alrededor de las once, más o menos. Abby y yo descubrimos que nos habíamos quedado sin tabaco. Es curioso, ¿no crees?, que siempre sean las cosas más insignificantes las que cobran una mayor relevancia. De no haber sido fumadores, esto podría no haber sucedido nunca. Cuando hablan de lo perjudicial que es el tabaco nunca mencionan este tipo de cosas.

– Te ofreciste a comprar en el camino de vuelta -dijo Abby. Me observaba atentamente, con las manos enlazadas en el regazo-. Pero siempre tardabas como mínimo una hora, de manera que pensé que podía ir yo misma hasta la gasolinera y comprar un paquete. Amenazaba tormenta, de manera que me puse el impermeable, porque además parecía que tú no lo ibas a usar ya que te estabas poniendo el abrigo. Metí mi monedero en el bolsillo y…

Su voz fue apagándose e hizo un mohín leve y tenso que podría significar cualquier cosa. Mantuve la boca cerrada. Nada de conducir aquella conversación, si podía evitarlo. El resto de la historia tenía que salir de ellos.

– Y sacó una notita -continuó Rafe, dándole una calada a su cigarrillo-. Entonces dijo: «¿Qué es esto?». Al principio nadie le prestó demasiada atención. Estábamos todos en la cocina; nosotros, Justin, Daniel y yo estábamos fregando los platos y discutiendo sobre algo…

– Stevenson -puntualizó Justin en voz muy baja y profundamente triste-. ¿Recuerdas? El doctor Jekyll y mister Hyde. Daniel estaba enzarzado con ellos, hablaba de la razón y el instinto. Tú estabas muy bromista, Lexie, dijiste que ya habías tenido bastante charla de verduleras por aquella noche y que, además, Jekyll y Hyde seguramente serían pésimos amantes, y Rafe dijo: «Tienes una mente unidireccional y la dirección en la que apunta es la de una enferma…». Y todos estallamos en carcajadas.

– Entonces Abby preguntó: «Lexie, ¿qué demonios?» -continuó Rafe-. Gritaba. Todos dejamos de bromear y volvimos la vista, y allí estaba ella, sosteniendo una notita arrugada con aspecto de que alguien la hubiera abofeteado en la cara. Nunca la había visto así, jamás.

– Eso lo recuerdo -dije. Se me antojaba que las manos se me habían fundido en los brazos del sillón por efecto del calor-. Luego todo se vuelve borroso.

– Por suerte para ti -prosiguió Rafe-. Ahora te lo explicamos. Creo que nosotros recordaremos cada instante el resto de nuestras vidas. Tú dijiste: «Dame eso» e intentaste arrancarle la nota de las manos, pero Abby dio un salto atrás, rápida, y se la pasó a Daniel.

– Creo -farfulló Justin en voz baja- que fue entonces cuando empezamos a darnos cuenta de que ocurría algo grave. Yo estaba a punto de hacer algún comentario estúpido sobre una carta de amor, sólo para tomarte el pelo, Lexie, pero estabas tan… Embestiste a Daniel para intentar arrancarle el papel de la mano. Él alargó su otra mano para apartarte, como en un acto reflejo, pero tú le estabas pegando, pegándole de verdad: le dabas puñetazos en el brazo y patadas para coger la nota. No hiciste ni un solo ruido. Eso es lo que más me asustó, creo: el silencio. La situación era propicia a gritar, a chillar o algo, porque así yo hubiera podido reaccionar, pero todo transcurrió en silencio: sólo tú y Daniel resollando y el grifo del agua abierto…

– Abby te agarró del brazo -continuó Rafe-, pero diste media vuelta, con el puño en alto; creí de verdad que ibas a asestarle un puñetazo. Justin y yo estábamos de pie, boquiabiertos como un par de bobos, intentando imaginar de qué iba todo aquello… Dos segundos antes estábamos bromeando sobre el sexo de Jekyll y, así, de repente… En cuanto soltaste a Daniel, me pasó la notita, te agarró de las muñecas por detrás de la espalda y me dijo: «Lee esto».

– No me gustaba lo que estaba ocurriendo -añadió Justin en voz baja-. No parabas de moverte, adelante y atrás, intentando zafarte de Daniel, pero él no te soltaba. Era… Intentaste moderle en el brazo. A mí me parecía que no tenía que hacerte eso, que, si era tu nota, debería soltarte y dártela, pero no conseguía articular palabra.

No me sorprendía. Aquéllos no eran hombres de acción; su moneda de cambio eran los pensamientos y las palabras, y se habían visto catapultados a algo que había echado por tierra ambas cosas de un solo soplido. Lo que sí me sorprendía, lo que hizo que se activaran las alarmas en la retaguardia de mi mente, fue la velocidad y la facilidad con la que Daniel había entrado en acción.

– Y entonces yo leí la nota en voz alta -explicó Rafe-. Decía: «Querida Lexie, piénsalo detenidamente: de acuerdo, podemos hablar de doscientos mil. Ponte en contacto conmigo porque a ambos nos conviene cerrar este trato. Atentamente, Ned».

– Estoy segurísimo de que recordarás eso -apuntó Justin en voz baja y amarga, en medio de un silencio en el que faltaba el aire.

– Había un montón de faltas de ortografía -aclaró Rafe, y dio otra calada al cigarrillo-. De hecho, el muy idiota incluso había dibujado una sonrisa con un emoticono, como si fuera un puñetero quinceañero. Es un gilipollas integral. Aparte de lo demás, habría esperado que tuvieras mejor gusto a la hora de escoger a alguien para hacer un trato mezquino.

– ¿Lo habrías hecho? -preguntó Abby. Tenía la vista clavada firmemente en la mía y las manos aún en el regazo-. Si nada de esto hubiera ocurrido, ¿le habrías vendido la casa a Ned?

Cuando pienso en lo sobrecogedoramente cruel que fui con aquellas cuatro personas, ésta es una de las cosas que me hace sentir mejor: podría haber contestado que sí. Podría haberles explicado exactamente lo que Lexie tenía previsto hacerles, hacer con todo aquello a lo que ellos habían consagrado cuerpo y alma. A fin de cuentas, quizás eso les habría dolido menos que pensar que todo ocurrió gratuitamente; la verdad es que no lo sé. En cambio, sí sé que era la última vez que tenía una opción y era demasiado tarde para cambiar nada. Así que mentí por compasión.