Выбрать главу

– No -contesté-. Yo sólo… Simplemente necesitaba saber que podía hacerlo. Me asusté, Abby. Empecé a sentirme atrapada y me dejé llevar por el pánico. En realidad nunca quise irme de aquí. Simplemente necesitaba saber que podía hacerlo si quería.

– Atrapada -repitió Justin, con una sacudida rápida y herida de la cabeza-. Con nosotros.

Tuve tiempo de divisar el parpadeo rápido de Abby al darse cuenta: el bebé.

– Ibas a quedarte.

– Dios sabe que quería quedarme -contesté, y todavía no sé y nunca sabré si aquello era una mentira-. Quería quedarme con todas mis fuerzas, Abby, de verdad.

Tras una larga pausa, ella asintió, de manera casi imperceptible.

– Os lo dije -añadió Rafe, inclinando la cabeza hacia atrás y exhalando el humo hacia el techo-. Maldito Daniel. Hasta la semana pasada seguía comportándose como un histérico, como un paranoico con ese tema. Le dije que había hablado contigo y que no tenías intención de irte a ninguna parte, pero ya sabemos que nunca escucha a nadie.

Abby no reaccionó, no se movió; parecía incluso que había dejado de respirar.

– ¿Y ahora? -me preguntó-. ¿Ahora qué?

En un momento de aturdimiento, perdí el hilo y pensé que me preguntaba si después de aquello pensaba quedarme de todas maneras. -¿Qué quieres decir?

– Lo que quiere decir -respondió Rafe en su nombre, con voz fría, entrecortada y uniforme- es si vas a telefonear a Mackey u O'Neill o a esos dos tontos del pueblo y entregarnos tan pronto termine esta conversación. Si nos vas a traicionar. Si nos vas a delatar o como se diga.

Podría pensarse que esto habría provocado que me invadiera un sentimiento de culpa y me pinchara como un ejército de agujas avanzando desde ese micrófono ardiente contra mi piel, pero lo único que sentí fue pena: un pesar profundo, inmenso y definitivo, como un reflujo en mis huesos.

– No voy a explicarle nada a nadie -respondí, y noté a Frank convenir conmigo en su pequeño círculo zumbante de electrónica-. No quiero que vayáis a la cárcel. No importa lo que pasara.

– Bueno -replicó Abby en voz muy baja, casi para sí misma. Se recostó en el respaldo de la butaca y se alisó la falda, con expresión ausente, con ambas manos-. Bueno, entonces…

– Bueno, entonces -la interrumpió Rafe, dando una fuerte chupada a su cigarrillo-, hemos hecho de toda esta historia algo muchísimo más complicado de lo que debería haber sido. Y, si os soy sincero, no me sorprende.

– ¿Y luego qué? -pregunté-. Después de la nota. ¿Qué ocurrió luego?

Un cambio tenso y apenas perceptible barrió la estancia. Ninguno de ellos se miraba. Busqué alguna minúscula diferencia entre sus rostros, algo que me apuntara que aquella conversación estaba sacudiendo a uno de ellos con más crudeza que a los demás, que alguien estaba protegiendo, estaba siendo protegido, era cupable o estaba a la defensiva: nada.

– Entonces -dijo Abby exhalando un profundo suspiro-. Lex, no sé si has pensado en las consecuencias que aquello habría tenido, en las consecuencias de que hubieras vendido tu parte a Ned. Tú no siempre… no sé… a veces no reflexionas demasiado tus acciones.

Una carcajada maligna de Rafe.

– Eso por decirlo suavemente. Caray, Lexie, ¿qué diablos pensaste que iba a ocurrir? ¿Qué pretendías? ¿Vender tu parte, comprarte un apartamentito cuco en algún sitio y que todo siguiera como la seda? ¿Cómo esperabas que te recibiéramos al llegar a la universidad cada mañana? ¿Con besos y abrazos y un bocadillo para ti? Nunca más te habríamos dirigido la palabra. Te habríamos odiado con todas nuestras fuerzas.

– Ned nos habría presionado -conjeturó Abby- todo el día y cada día, para que vendiéramos la casa a un constructor y la convirtieran en apartamentos o en un club de golf o en lo que fuese que quisieran transformarla. Podría haberse mudado aquí, vivir con nosotros, y no habríamos podido hacer nada para impedírselo. Antes o después nos habríamos rendido. Habríamos perdido la casa. Esta casa.

Algo se removió, sutilmente, desperezándose: una ola diminuta batiendo las paredes, un crujido en las tablas del suelo de la planta de arriba, una bocanada de aire descendiendo en forma de espiral por el pozo de la escalera.

– Empezamos a gritar -relató Justin en voz baja-. Nuestros chillidos se solapaban. Yo ni siquiera recuerdo qué decía. Te desembarazaste de Daniel y Rafe te agarró, y le pegaste, le pegaste con fuerza, Lexie, le arreaste un puñetazo en el estómago…

– Era una pelea -dijo Rafe-. Podemos designarlo como queramos, pero el hecho es que estábamos peleando como un puñado de matarifes de poca monta en un callejón trasero. Otros treinta segundos más y probablemente habríamos caído rodando por el suelo de la cocina, mordiéndonos y tirándonos de los pelos los unos a los otros. Lo que pasó es que antes de llegar tan lejos…

– Lo que pasó -lo interrumpió Abby, con una voz cortante tan nítida como un portazo- es que nunca llegamos tan lejos.

Miró a los ojos a Rafe con calma, sin pestañear. Transcurrido un segundo se encogió de hombros y se desplomó en el sillón, con un pie moviéndose nerviosamente.

– Podría haberlo hecho cualquiera de nosotros -continuó diciendo Abby, a mí o a Rafe, no fui capaz de determinarlo. Su voz tenía un trasfondo de profunda pasión que me desconcertó-. Estábamos todos furiosos; nunca he estado tan enfadada en toda mi vida. El resto, cómo se desarrollaron las cosas, fue cosa del azar. Cualquiera de nosotros te habría matado, Lexie, y no puedes culparnos por ello.

De nuevo ese movimiento en algún lugar que mi oído no supo determinar: un coletazo en el descansillo, un tarareo en las chimeneas.

– No os culpo -aclaré. Me pregunté (debería haberlo sabido, creo que leí demasiadas noveluchas de fantasmas siendo una niña) si aquello era todo lo que Lexie quería de mí: que les comunicara que los perdonaba-. Teníais derecho a estar rabiosos. Incluso después teníais derecho a echarme de aquí.

– Lo discutimos -explicó Abby. Rafe arqueó una ceja-. Daniel y yo. Nos planteamos si podíamos seguir viviendo todos bajo el mismo techo después de… Pero de todos modos habría sido complicado y, además, eras tú. Al margen de lo ocurrido, seguías siendo tú.

– Lo siguiente que recuerdo -intervino Justin, con voz muy baja- es la puerta de atrás cerrándose de un portazo y aquel cuchillo en medio de la cocina. Manchado de sangre. Yo no daba crédito. No podía creer que algo así estuviera sucediendo.

– ¿Y os limitasteis a dejar que me marchara? -pregunté, mirándome las manos-. Ni siquiera os preocupasteis de averiguar si…

– No -me interrumpió Abby, inclinándose hacia delante, buscándome la mirada-. No, Lex. Por supuesto que nos preocupamos. Tardamos un minuto en darnos cuenta de lo sucedido, pero en cuanto lo hicimos… Daniel fue quien reaccionó primero; los demás estábamos paralizados. Cuando salí de mi parálisis, Daniel ya estaba sacando la linterna. Nos ordenó a mí y Rafe que nos quedáramos en casa por si regresabas, que quemáramos aquella nota y que tuviéramos agua caliente, alcohol y vendas preparados…

– Todo lo cual habría resultado de gran utilidad -terció Rafe, encendiéndose otro cigarrillo- si hubiéramos estado asistiendo a un parto en Lo que el viento se llevó. Pero ¿qué demonios le pasaba por la cabeza? ¿Qué pretendía, practicarle una intervención quirúrgica casera en la mesa de la cocina con la aguja de bordar de Abby?

– … y él y Justin salieron a buscarte. Sin demora.