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Había sido una jugada hábil. Daniel sabía que podía confiar en Abby para mantener las riendas de la situación; si alguien se desmoronaba, sería Rafe o Justin. Así que los separó, los puso a ambos bajo supervisión e ingenió un plan que los mantuvo ocupados, todo ello en cuestión de segundos. Aquel tipo era un espécimen digno de estudio.

– No estoy seguro de que nos pusiéramos en marcha tan pronto como creemos -la corrigió Justin-. Pudimos permanecer ahí quietos, en medio del aturdimiento, cinco o diez minutos, diría yo. Apenas recuerdo esa parte; se me ha borrado de la mente. Lo primero que recuerdo es que, para cuando Daniel y yo llegamos a la verja trasera, tú ya habías desaparecido. No sabíamos si te habías dirigido al pueblo en busca de ayuda, si te habías desmayado en algún sitio o…

– Me limité a correr. Ni siquiera me di cuenta de que sangraba hasta el cabo de un buen rato.

Justin se estremeció.

– No creo que sangraras al principio -apuntó Abby con ternura-. El suelo de la cocina no estaba manchado de sangre, ni el del patio.

Lo habían comprobado. Me pregunté cuándo y si había sido idea de Daniel o de Abby.

– Ése es otro tema -aclaró Justin-. No sabíamos…, bueno, no sabíamos si era grave o no. Te fuiste tan deprisa que no tuvimos oportunidad de… Pensamos (o, al menos, yo pensé) que, puesto que habías desaparecido de nuestra vista con tal celeridad, no podía ser tan grave, ¿entiendes? Pensé que quizá fuera un simple rasguño.

– ¡Ja! -soltó Rafe, alargando la mano para coger un cenicero.

– No lo sabíamos. Quizá fuera un rasguño, sí, pero yo se lo comenté a Daniel y él me devolvió una mirada que podía significar cualquier cosa. Entonces… madre mía… entonces empezamos a buscarte. Daniel dijo que urgía descubrir si habías ido al pueblo, pero estaba todo cerrado y oscuro, sólo se veía alguna luz esporádica en los dormitorios; era evidente que allí no había sucedido nada. Así que retomamos el camino a casa, describiendo grandes arcos con la esperanza de que te cruzaras con nosotros en algún momento. -Miró absorto el vaso que sostenía entre las manos-. Al menos, es lo que creo que estábamos haciendo. Yo sólo seguía a Daniel a través de aquel laberinto de sendas oscuro como la boca del lobo; no tenía ni idea de dónde estábamos, había perdido por completo el sentido de la orientación. Temíamos encender la linterna, por si te asustabas; yo ni siquiera estaba seguro de por qué, sencillamente parecía demasiado peligroso: no sé si era por temor a que nos vieran desde alguna de las granjas o para no ahuyentarte, sinceramente no lo sé. De manera que Daniel alumbraba la linterna un segundo cada pocos minutos, la tapaba con la mano y hacía un barrido rápido; luego volvía a apagarla. El resto del tiempo avanzábamos guiándonos a tientas por los setos. Hacía un frío de muerte, como en invierno: ni siquiera caímos en ponernos los abrigos. A Daniel parecía no preocuparle, ya sabes cómo es, pero yo no me notaba los dedos de los pies, estaba seguro de que se me estaban congelando. Vagamos por los caminos durante horas…

– No es cierto -lo contradijo Rafe-. Créeme. Nosotros estábamos aquí atrapados con una botella de alcohol y un puñetero cuchillo y nada que hacer excepto mirar el reloj e intentar dejar la mente en blanco. Sólo estuvisteis fuera unos cuarenta y cinco minutos.

Justin se encogió, tenso.

– Bueno, a mí me dio la sensación de que transcurrieron horas. Finalmente, Daniel se detuvo en seco y yo choqué con su espalda, como en un gag del Gordo y el Flaco. Entonces dijo: «Esto es absurdo. Así nunca la encontraremos». Le pregunté qué sugería que hiciéramos, pero Daniel me ignoró. Se quedó allí de pie, contemplando el cielo como invocando a la inspiración divina; el cielo empezaba a encapotarse, pero la luna había salido y pude ver su perfil recortado contra el negro. Un momento después dijo, con toda la calma del mundo, como si estuviéramos a media discusión en la mesa de la cena: «Bueno, imaginemos que se ha dirigido hacia un lugar concreto, en lugar de deambular por ahí en medio de la oscuridad. Habría quedado en reunirse con Ned en algún sitio. En algún sitio resguardado seguramente, el tiempo parece de lo más impredecible. ¿Hay algún lugar cerca donde…?». Y entonces salió disparado. Corrió a toda velocidad. Yo no sabía que era capaz de correr tan veloz; de hecho, no recuerdo haber visto a Daniel correr antes, ¿vosotros?

– Corrió la otra noche -apuntó Rafe, mientras apagaba la colilla-. Persiguiendo al pueblerino ese con la linterna. Es rápido cuando la situación lo requiere, de eso no cabe duda.

– Yo no tenía ni idea de adonde, tan sólo me preocupaba no perderlo de vista. La idea de quedarme solo en el bosque me provocó un ataque de pánico; ya sé que sólo estábamos a unos cientos de metros de casa, pero tenía una sensación muy distinta. Parecía… -se estremeció-peligroso, como si algo estuviera ocurriendo a nuestro alrededor y no pudiéramos verlo. Tenía miedo de quedarme solo…

– Estabas conmocionado, cariño -lo reconfortó Abby con ternura-. Es normal.

Justin sacudió la cabeza, aún con la mirada clavada en su vaso.

– No -refutó-, no era eso. -Dio un sorbo rápido y tosco a su bebida e hizo una mueca-. Entonces Daniel encendió la linterna e hizo un barrido a nuestro alrededor. Parecía el haz de luz de un faro. Yo estaba convencido de que todo el mundo a kilómetros a la redonda acudiría corriendo. Y se detuvo en aquella casucha. Sólo la vi un segundo, apenas la esquina de una pared derruida. Apagó la linterna otra vez, saltó el muro y empezó a correr campo a través. La hierba, alta y mojada, se me enredaba en los tobillos. Era como intentar correr sobre gachas… -Parpadeó mirando el vaso y lo depositó en la estantería; la bebida salpicó y manchó los apuntes de alguien con unas gotitas de mejunje naranja pegajoso-. ¿Me dais un cigarrillo?

– Pero si tú no fumas -replicó Rafe-. Tú eres el bueno de la película.

– Si tengo que contar esta historia -alegó Justin-, quiero un puñetero cigarrillo.

Su voz traslucía un temblor agudo, precario.

– ¡Para ya, Rafe! -lo reprendió Abby y se estiró para tenderle a Justin su paquete de cigarros; cuando éste lo cogió, ella aprovechó para darle un apretujón afectuoso en la mano.

Justin encendió el pitillo con torpeza, sosteniéndolo en alto entre unos dedos rígidos, inhaló con demasiada fuerza y se atragantó. Nadie dijo nada mientras tosió, recuperó el aliento y se enjugó los ojos metiéndose un nudillo por debajo de las gafas.

– Lexie -dijo Abby-. ¿No podríamos…? Ya conoces lo más importante. ¿No podríamos dejarlo aquí?

– Quiero oírlo todo -respondí.

Me costaba respirar.

– Yo también -se sumó Rafe-. Yo tampoco he oído nunca esta parte y tengo la sensación de que puede ser interesante. ¿Tú no sientes curiosidad, Abby? ¿O acaso ya conoces esta historia?

Abby se encogió de hombros.

– Está bien -continuó Justin. Tenía los ojos cerrados, con fuerza, y la mandíbula tan tensa que casi no podía colocarse el cigarrillo entre los labios-. Voy a… Dadme un segundo. Ufff. -Dio otra calada y le sobrevino una ligera arcada, que logró reprimir-. Bien -dijo. Había recuperado el control de su voz-. Llegamos a la casucha. La luz de la luna permitía descifrar los contornos: los muros, la puerta. Daniel encendió la linterna, cubriéndola ligeramente con la otra mano y… -Abrió los ojos como platos y desvió la mirada al otro lado de la ventana-. Estabas sentada en un rincón, apoyada en la pared. Yo grité algo, quizá tu nombre, no lo recuerdo, y eché a correr hacia ti, pero Daniel me agarró del brazo, con fuerza, me hacia daño, y me obligó a retroceder. Acercó su boca a mi oído y susurró: «Chitón. No te muevas. Quédate aquí. Quédate quieto». Me agitó el brazo, incluso me salieron morados, y luego me soltó y se acercó a ti. Te puso los dedos en el cuello, así, como si te estuviera comprobando el pulso. Te iluminaba con la linterna, parecías… -Los ojos de Justin seguían clavados en la ventana-. Parecías un niñita dormida -continuó, con el dolor reflejándose en su voz dulce e implacable como la lluvia-. Y Daniel dijo: «Está muerta». Es lo que creímos, Lexie. Pensamos que habías muerto.