– Debías de haber caído ya en coma -aventuró Abby con tacto-. La policía nos dijo que eso ralentizó tus pulsaciones, tu respiración y ese tipo de cosas… De no haber hecho tanto frío…
– Daniel se puso en pie -prosiguió Justin- y se limpió la mano con la parte delantera de la camisa. No estoy seguro de por qué, no la tenía manchada de sangre ni nada, pero fue lo que vi: lo vi frotarse la mano contra el pecho, una y otra vez, como si no fuera consciente de estarlo haciendo. Yo no podía… yo no podía ni mirarte. Tuve que apoyarme en la pared. Respiraba con dificultad, pensé que iba a desmayarme, pero entonces Daniel dijo, con brusquedad: «No toques nada. Métete las manos en los bolsillos. Aguanta la respiración y cuenta hasta diez». Yo no sabía a qué venía todo aquello, nada me parecía tener sentido, pero de todos modos obedecí.
– Siempre lo hacemos -terció Rafe en voz baja.
Abby le lanzó una mirada rápida.
– Al cabo de un instante, Daniel dijo: «Si hubiera salido a pasear como de costumbre, llevaría las llaves y el monedero encima, y esa linterna que utiliza. Uno de los dos tiene que regresar a casa y traer estas tres cosas. El otro debería permanecer aquí. Es improbable que nadie pase por aquí a esta hora, pero no sabemos cuál era el trato que tenía con Ned y, si por casualidad alguien se acerca por aquí, necesitamos saberlo. ¿Tú qué prefieres hacer?». -Justin hizo un amago de movimiento para tenderme la mano, pero se refrenó y se agarró con fuerza el otro codo-. Le dije que yo no podía quedarme allí. Lo siento, Lexie. Lo siento en el alma. No debería haber… Me refiero a que eras tú, seguías siendo tú, aunque estuvieras… Pero no podía. Me… me temblaba todo el cuerpo. Debía de farfullar… Al final, dijo, y ni siquiera parecía molesto, ya no, sólo impaciente, dijo: «Por lo que más quieras, cállate. Ya me quedo yo. Ve a casa tan rápido como puedas. Ponte los guantes y coge las llaves de Lexie, su monedero y su linterna. Cuéntales a los demás lo ocurrido. Querrán venir hasta aquí contigo; no se lo permitas, pase lo que pase. Lo último que necesitamos es a más personas pisoteando este sitio y, además, no tiene ningún sentido darles otra imagen para olvidar. Vuelve directamente aquí. Llévate la linterna, pero no la utilices a menos que la necesites de verdad, y procura ser silencioso. ¿Te acordarás de todo?». -Dio una calada fuerte a su cigarrillo-. Le contesté que sí, habría contestado que sí aunque me hubiera pedido que fuera volando a casa, siempre y cuando significara salir de allí. Me obligó a repetírselo todo. Luego se sentó en el suelo, junto a ti, aunque no demasiado cerca, supongo que por si… ya sabes, por si se manchaba de sangre los pantalones. Alzó la mirada hacia mí y dijo: «¡Vamos! ¿A qué esperas? Rápido».
»Así que regresé a casa. Fue horrible. Tardé… bueno, si Rafe está en lo cierto, supongo que no debí de tardar tanto… No lo sé. Me perdí. Había lugares desde los que yo sabía que debería haber divisado las luces de casa, pero no era así; todo estaba negro en kilómetros a la redonda. Tenía el convencimiento de que la casa había desaparecido; sólo veía setos y senderos, infinitos, un laberinto infinito del que jamás lograría salir, nunca más volvería a amanecer. Tenía la impresión de que había centenares de ojos posados sobre mí, encaramados a los árboles, ocultos entre la maleza… no sabía a quién ni a qué pertenecían… simplemente me observaban, y reían. Estaba aterrorizado. Cuando al fin vi la casa, apenas un débil destello dorado sobre los arbustos, sentí tal alivio que estuve a punto de gritar. Lo siguiente que recuerdo es abrir la puerta de un empujón.
– Parecía el protagonista de El grito -apuntó Rafe-, aunque manchado de barro. Y hablaba sin coherencia; parte de lo que salía de sus labios no eran más que farfullos, como si estuviera hablando en otros idiomas. Apenas logramos descifrar que tenía que regresar y que Daniel había insistido en que nosotros nos quedáramos aquí. Yo, personalmente, pensé que no estaba para acatar órdenes de Daniel, quería averiguar qué estaba ocurriendo, pero cuando empecé a ponerme el abrigo, Justin y Abby sufrieron tal episodio de histeria que claudiqué.
– Fue lo mejor que pudiste hacer -opinó Abby con frialdad. Volvía a estar concentrada en la muñeca, con el cabello cubriéndole el rostro, ocultándoselo, e incluso desde el otro lado del salón supe que sus puntadas eran gigantescas, flojas e inservibles-. ¿Podrías haber sido de alguna utilidad?
Rafe se encogió de hombros.
– Nunca lo sabremos. Yo conozco esa casucha; si Justin me hubiera dicho adonde se dirigía, podría haber ido en su lugar y él podría haberse quedado aquí y haberse recompuesto. Pero según parece, eso no era lo que Daniel había previsto.
– Sus razones tendría.
– De eso estoy seguro -replicó Rafe-. Segurísimo, a decir verdad. De manera que Justin empezó a ir de aquí a allá en estado de excitación, cogiendo cosas y tartamudeando, y luego salió disparado de nuevo.
– Ni siquiera recuerdo cómo regresé a la casita -aclaró Justin retomando el hilo-. Después estaba completamente manchado de barro, hasta las rodillas. Quizá me cayera en el camino, no lo sé. Y tenía las manos llenas de arañazos; supongo que debí de agarrarme a los setos para mantenerme en pie. Daniel seguía sentado junto a ti; dudo que se hubiera movido desde que me fui. Me miró (sus gafas estaban manchadas de gotas de lluvia) y ¿sabes qué dijo? Dijo: «Esta lluvia nos va a venir muy bien. Si sigue lloviendo, habrá borrado los restos de sangre y las huellas dactilares para cuando llegue la policía».
Rafe se removió, un movimiento inquieto y repentino que hizo chirriar los muelles del sofá.
– Yo me quedé allí, mirándolo impertérrito. Lo único que oí fue «policía» y, para ser honesto, no entendía qué tenía que ver la policía con todo aquel asunto, pero aun así estaba aterrorizado. Alzó la vista, la bajó y dijo: «No llevas guantes».
– Con Lexie allí a su lado… -musitó Rafe, sin dirigirse a nadie en particular-. ¡Qué encantador!
– Se me habían olvidado los guantes. Con todo aquello estaba…, bueno, puedes hacerte una idea. Daniel resopló y se puso en pie; ni siquiera parecía tener prisa; limpió sus gafas con el pañuelo. Luego me lo tendió y yo intenté cogerlo. Pensé que me lo ofrecía para que yo también me limpiara las gafas, pero lo apartó bruscamente y me preguntó, irritado: «¿Las llaves?». Las saqué, él las cogió y las limpió. Entonces fue cuando caí en la cuenta de la función de aquel pañuelo. Él… -Justin se removió en su butaca, como si anduviera buscando algo, pero no estuviera seguro de qué-. ¿Recuerdas algo de todo esto?
– No lo sé -contesté, con un leve encogimiento convulsivo. Seguía sin mirarlo, salvo de reojo, y empezaba a ponerse nervioso-. Si lo recordara, no te lo habría preguntado, ¿no crees?
– Claro, claro. -Justin se ajustó las gafas-. Bueno. Entonces Daniel… Tenías las manos como caídas en el regazo y estaban todas… Te levantó los brazos estirando de las mangas para poder introducirte las llaves en el bolsillo del abrigo. Luego las soltó y tu brazo… sencillamente se desplomó, Lexie, como si fueras una muñeca de trapo, con un ruido sordo espantoso… Yo pensé que no podía seguir contemplando aquello, de verdad que no podía. Daniel tenía la linterna encendida, te enfocaba para ver mejor, pero yo me di la vuelta y dejé vagar la mirada en el campo; rogué por que Daniel pensara que estaba vigilando que nadie se acercara. Entonces dijo: «El monedero» y luego: «La linterna», y yo se los di, pero no sé qué hizo con ellos; se oían ruidos como de refriega, pero preferí no pensar en ello… -Respiró profúndamete, temblando-. Tardó una eternidad. El viento empezaba a cobrar fuerza y se oían ruidos por todos sitios, susurros y crujidos y sonidos como pequeños roces… No sé cómo te atreves a caminar por ahí de noche. La lluvia arreciaba, pero sólo por zonas; los negros nubarrones avanzaban raudos por el cielo y cada vez que salía la luna el bosque parecía cobrar vida. Quizá fuera sólo la conmoción, como dice Abby, pero yo creo… No lo sé. Quizás algunos sitios sencillamente no son buenos. No son buenos para uno. Para la mente.