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Sus ojos estaban fijos en algún punto del centro del salón, con la mirada perdida, recordando. Pensé en aquella pequeña e inconfundible descarga repentina en mi nuca y me pregunté, por vez primera, con qué frecuencia John Naylor me había estado persiguiendo.

– Finalmente, Daniel se puso en pie y dijo: «Ya está. Vámonos». Di media vuelta y… -tragó saliva- te alumbré con la linterna. Tenías la cabeza como caída sobre un hombro y llovía sobre ti, gotas de lluvia te resbalaban por la cara; parecía que hubieras estado llorando dormida, como si hubieras tenido una pesadilla… No podía… No podía soportar la idea de dejarte allí así, sin más. Quería quedarme contigo hasta que amaneciera o al menos hasta que dejara de llover, pero cuando se lo dije a Daniel me miró como si hubiera perdido la chaveta. Así que le dije que, como mínimo, teníamos que ponerte a cubierto de la lluvia. Al principio se negó también, pero cuando vio que yo no pensaba moverme de allí si no lo hacíamos, de que tendría que arrastrarme de los pelos si quería que volviera a casa, cedió. Estaba hecho una furia; no paraba de decir que sería culpa mía si acabábamos en la cárcel, pero a mí no me importaba. Así que…

Justin tenía las mejillas mojadas, pero no parecía percatarse de ello.

– Pesabas tanto… -continuó- y eres tan poquita cosa. Yo te he levantado un millón de veces; pensé… Era como arrastrar un inmenso saco de arena mojada. Y estabas tan fría y tan… tu cara era distinta, como de una muñeca. Me costaba creer que fueras tú. Te metimos en la habitación techada e intenté que estuvieras…, que hiciera… ¡Hacía tanto frío! Yo quería cubrirte con mi jersey, pero sabía que Daniel se enfurecería si lo intentaba, que me pegaría o lo que fuera… Andaba frotándolo todo con su pañuelo, incluso tu cara, donde yo te había tocado, y el cuello, en el punto en el que te había tomado las pulsaciones… Arrancó una rama de los arbustos que hay frente a la puerta y barrió toda la estancia, supongo que para borrar nuestras huellas. Tenía un aspecto… ¡Dios!… grotesco. Caminaba hacia atrás por aquella habitación fantasmagórica, encorvado sobre aquella rama, barriendo. La linterna alumbraba a través de sus dedos y formaba inmensas sombras que se deslizaban sobre las paredes.

Justin se enjugó la cara y clavó la mirada en la punta de sus dedos.

– Yo recé una oración por ti antes de irnos. Sé que no es mucho, pero… -Su cara volvía a estar sudada. Y empezó a orar-: «Y brille para ella la luz perpetua»…

– Justin -lo interrumpió Abby con delicadeza-. Lexie está aquí, delante de nosotros.

Justin sacudió la cabeza.

– Entonces regresamos a casa -concluyó.

Al cabo de un momento, Rafe encendió el mechero, con un ruido seco, y los tres nos sobresaltamos.

– Aparecieron de repente en el patio -explicó-. Como salidos de La noche de los muertos vivientes.

– Nosotros dos no dejábamos de chillarles, intentando averiguar qué había sucedido -continuó Abby-, pero Daniel nos miraba sin vernos; tenía una mirada gélida espantosa, no creo siquiera que nos viera. Levantó un brazo para impedir que Justin entrara en casa y dijo: «¿Alguien necesita hacer una colada?».

– No creo que ninguno de nosotros tuviera la más remota idea de sobre qué diablos hablaba -añadió Rafe-. No era momento para ponerse críptico. Intenté agarrarlo, obligarle a explicarnos qué demonios había sucedido, pero saltó hacia atrás y me espetó: «No me toques». Aquellas palabras, su forma de decirlas… Estuve a punto de desmayarme. No fue porque me gritara ni nada por el estilo, prácticamente hablaba entre susurros, pero su cara… No parecía Daniel; ni siquiera parecía humano. Me gruñó.

– Estaba cubierto de sangre -aclaró Abby sin rodeos- y no quería que te mancharas. Y estaba traumatizado. Tú y yo vivimos la parte más fácil aquella noche, Rafe. No -lo cortó cuando Rafe resopló-, es verdad. ¿O tal vez habrías querido estar en aquella casucha?

– Quizá no habría sido tan mala idea.

– Te prometo que no te habría gustado -dijo Justin con voz afilada-. Créeme. Abby tiene razón: vosotros lo tuvisteis fácil.

Rafe se encogió de hombros exageradamente.

– En cualquier caso -continuó Abby después de un tenso segundo-, Daniel respiró hondo, se pasó la mano por la frente y dijo: «Abby, tráenos ropa limpia y una toalla, por favor. Rafe, tráeme una bolsa de plástico, una grande. Justin, desnúdate». Él ya estaba desabotonándose la camisa…

– Cuando regresé con la bolsa, Daniel y Justin estaban en el patio, de pie, en calzoncillos -explicó Rafe, sacudiéndose unas motas de ceniza que le habían caído en la camisa-. No es que fuera una imagen muy agradable.

– Estaba congelado -dijo Justin. Su tono de voz había cambiado a mejor, ahora que lo peor había pasado: tembloroso, exhausto, liberado-. La lluvia azotaba implacable, debíamos de estar a siete millones de grados bajo cero, el viento era frío como el hielo y estábamos de pie en el patio en ropa interior. Yo no tenía ni idea de por qué estábamos haciendo todo aquello; tenía el cerebro entumecido y sólo cumplía órdenes. Daniel lanzó toda nuestra ropa a la bolsa y comentó lo afortunados que éramos por no llevar abrigo. Yo me dispuse a meter también los zapatos, quería ayudar, pero dijo: «No, déjalos ahí. Ya me ocuparé de eso más tarde». Cuando Abby regresó con las toallas y la ropa, nos secamos y nos vestimos.

– Yo intenté preguntar de nuevo qué sucedía -intervino Rafe-, esta vez desde una distancia prudencial. Justin me miró como un cervatillo sorprendido por los faros de un coche. Daniel ni siquiera se dignó dirigirme la mirada; sencillamente se remetió la camisa por dentro de los pantalones y dijo: «Rafe, Abby, traed toda la ropa que tengáis para lavar, por favor. Si no tenéis ropa sucia, traed limpia». Entonces levantó la bolsa entre sus brazos y entró a grandes zancadas en la cocina, con los pies descalzos y Justin correteando tras él como un cachorrillo. No sé por qué, pero yo también fui en busca de mi ropa sucia.

– Tenía razón -observó Abby-. Si la policía hubiera llegado aquí antes de hacer la colada…, debía parecer una colada normal, no una lavadora puesta para borrar pruebas.

Rafe encogió un solo hombro.

– Lo que sea. Daniel puso la lavadora y se quedó plantado delante de ella, con el ceño fruncido, como si lo fascinara algún objeto misterioso. Estábamos todos en la cocina, de pie alrededor de él como una pandilla de inútiles, esperando a no sé qué, a que dijera algo, supongo, aunque…

– Yo únicamente veía el cuchillo -musitó Justin-. Rafe y Abby lo habían dejado allí, en el suelo de la cocina…

Rafe puso los ojos en blanco y señaló con la cabeza a Abby.

– Sí -confirmó ella-, yo tomé la decisión. Juzgué conveniente no tocar nada hasta que vosotros regresarais y urdiéramos un plan.

– Porque, por supuesto -me aclaró Rafe con ironía-, teníamos que urdir un plan. Con Daniel siempre hay un plan, ¿no es cierto? ¿A que es muy bonito saber que siempre se tiene un plan?

– Abby nos chillaba -dijo Justin-. Me gritaba: «¿Dónde demonios está Lexie?» al oído. Estuve a punto de desmayarme.

– Daniel dio media vuelta y nos miró consternado -continuó Rafe-, como si no supiera quiénes éramos. Justin intentó balbucear algo, pero sólo fue capaz de emitir un ruido espantoso, como si tuviera una arcada, y Daniel dio un salto de medio kilómetro y lo miró pestañeando. Entonces dijo: «Lexie está en esa casucha en ruinas que tanto le gusta. Está muerta. Suponía que Justin os lo había explicado». Y empezó a ponerse los calcetines.