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– Por todos los santos. Maldita Lady Macbeth…

– Ufff-los interrumpí de repente-. El cuchillo. ¿Sigue…? Me refiero a si lo hemos utilizado para comer…

Apunté con una mano vagamente en dirección a la cocina, luego me metí un nudillo en la boca y me mordí. No fingía; la idea de que todas las comidas que había comido allí podían estar veteadas con rastros invisibles de la sangre de Lexie daba lentas volteretas mortales en mi mente.

– No -contestó Abby rápidamente-. Claro que no. Daniel se deshizo de él. Una vez los demás nos fuimos a dormir, o a nuestros dormitorios si más no…

– Buenas noches, Mary Ellen -dijo Rafe-. Buenas noches, Jim Bob. Felices sueños. Por favor…

– Volvió a bajar -continuó Abby-. Lo escuché en las escaleras. No sé exactamente qué hizo abajo, pero la mañana siguiente los relojes volvían a estar en hora, el fregadero estaba impoluto, el suelo de la cocina estaba limpio (parecía que lo hubieran frotado todo con un estropajo, no sólo ese trozo). Los zapatos, los de Daniel y Justin, que se habían quedado en el patio, estaban en el armario del zaguán, limpios, no relucientes, sólo limpios, como solemos llevarlos, y secos, como si los hubiera tenido delante del fuego. La ropa estaba toda perfectamente planchada y doblada, y el cuchillo había desaparecido.

– ¿Qué cuchillo era? -pregunté, un poco temblorosa, sin sacarme el nudillo de la boca.

– Una de esos cuchillos de sierra viejuchos con mango de madera -comentó Abby en voz baja-. No te inquietes, Lexie, ya no está aquí.

– No quiero que esté en esta casa.

– Ya lo sé. Yo tampoco. Estoy convencida de que Daniel se deshizo de él, no obstante. No estoy del todo segura de cuántos teníamos al principio, pero oí abrirse la puerta principal, así que me figuro que lo debió de sacar fuera.

– Pero ¿dónde? Tampoco quiero que esté en el jardín. No lo quiero por aquí.

La voz me temblaba cada vez más. En algún lugar, Frank estaría escuchando y susurrando: «Adelante, jovencita, dínoslo». Abby sacudió la cabeza.

– No estoy segura. Estuvo fuera unos minutos y no creo que lo dejara por el bosque, pero ¿quieres que se lo pregunte? Puedo pedirle que se deshaga de él si anda por aquí cerca.

Subí un hombro.

– Como quieras. Sí, supongo que sí. Díselo.

Daniel no lo haría ni en un millón de años, pero yo tenía que cumplir con las formalidades, y él iba a divertirse de lo lindo tirando de los cabos sueltos, si las cosas llegaban a tal extremo.

– Yo ni siquiera lo oí bajar las escaleras -terció Justin-. Estaba… Madre mía, no quiero ni acordarme. Estaba sentado en el filo de mi cama con las luces apagadas, meciéndome. Durante toda la partida de cartas había tenido tantas ganas de marcharme que habría podido gritar; mi único deseo era estar solo, pero en cuanto así fue, la cosa empeoró más si cabe. La casa no dejaba de crujir, con todo aquel viento y la lluvia, pero juro por Dios que sonaba exactamente como si tú estuvieras andando en el piso de arriba, preparándote para meterte en la cama. En una ocasión -tragó saliva, apretó los músculos de la mandíbula- hasta te oí canturrear. Tatareabas Black Velvet Band. Incluso pude descifrar eso. Quería… Si asomo la cabeza por ia ventana, veo si tienes la luz encendida, porque se refleja en la hierba, y quería comprobarlo, sólo para cerciorarme… no me malinterpretes, no es que quisiera «cerciorarme», ya sabes a qué me refiero…, pero no podía. Era incapaz de ponerme en pie. Estaba convencido de que si descorría la cortina vería tu luz iluminando la hierba. ¿Y entonces qué? ¿Qué haría entonces?

Justin estaba temblando.

– Justin -lo sosegó Abby con dulzura-. No pasa nada.

Él se presionó los dedos sobre los labios, con fuerza, y respiró hondo.

– Sí -convino-. Además, Daniel podría haber subido y bajado las escaleras ruidosamente y yo ni siquiera me habría percatado.

– Yo sí lo oí -dijo Rafe-. Creo que aquella noche oí todas y cada una de las cosas que ocurrieron en un kilómetro a la redonda; incluso el ruido más imperceptible al final del jardín me daba un susto de muerte. Lo bueno de la actividad delictiva es que te dota del oído de un murciélago. -Agitó su cajetilla de cigarrillos, la arrojó al fuego (Justin abrió la boca como por acto reflejo, pero volvió a cerrarla) y cogió el de Abby, que estaba en la mesilla de café-. Algunos ruidos resultan muy interesantes de escuchar.

Abby arqueó las cejas. Clavó la aguja con mucho cuidado en un dobladillo, depositó la muñeca en su regazo y miró a Rafe larga y fríamente.

– ¿De verdad quieres adentrarte en ese territorio? -inquirió-. Porque no puedo detenerte pero, si yo fuera tú, me lo pensaría muy, pero que muy bien antes de abrir esa caja de Pandora.

Un largo y penetrante silencio inundó la sala. Abby entrelazó las manos en su regazo y miró a Rafe impasiblemente.

– Estaba borracho -dijo Rafe, de repente, con acritud, al silencio-. Como una cuba.

Tras otro segundo, Justin añadió, con la vista clavada en la mesilla de café:

– No estabas tan borracho.

– Claro que sí. Estaba como una cuba. No creo que haya estado tan borracho en toda mi vida.

– No lo estabas. De haber estado tan borracho como dices…

– Todos habíamos bebido con bastante contundencia durante buena parte de la noche -dijo Abby sin alterarse, interrumpiéndolo-. No es de sorprender. No ayudaba; no creo que ninguno de nosotros durmiera demasiado. La mañana siguiente fue la peor de las pesadillas. Estábamos tan alterados, exhaustos y resacosos que caminábamos como patos, no pensábamos con claridad, no veíamos con claridad. Éramos incapaces de decidir qué era mejor, si llamar a la policía e informar de tu desaparición o no. Rafe y Justin querían hacerlo…

– En lugar de dejarte tirada en una casucha infestada de ratas hasta que algún palurdo del pueblo tropezara contigo por azar -aclaró Rafe tras dar una calada, sacudiendo el mechero de Abby-. Llámanos locos…

– Pero Daniel opinaba que resultaría extraño; tenías edad suficiente para salir a pasear a primera hora de la mañana o incluso saltarte las clases en la universidad durante un día si te apetecía. Telefoneó a tu móvil, que estaba aquí mismo, en la cocina; estimó conveniente que hubiera una llamada.

– Nos preparó el desayuno, ¿puedes creértelo? -preguntó Justin.

– En esa ocasión a Justin le dio tiempo a llegar al baño, al menos -apostilló Rafe.

– No parábamos de discutir -continuó Abby. Había vuelto a coger la muñeca y le trenzaba el pelo de manera inconsciente y metódica, una y otra vez-, sobre si deberíamos desayunar, llamar a la policía, ir a la universidad como cualquier otro día o esperar a que regresaras; lo más natural habría sido que Daniel o Justin te esperaran y que el resto nos marchásemos, pero éramos incapaces de hacerlo. La mera idea de dividirnos se nos hacía insoportable, nos volvíamos locos sólo de pensarlo; no sé ni cómo expresarlo. Podríamos habernos matado los unos a los otros. Rafe y yo no dejábamos de gritarnos, de gritarnos de verdad, pero en cuanto alguien sugería que nos separásemos, a mí empezaban a flaquearme las rodillas, literalmente.

– ¿Sabéis qué pensaba yo? -intervino Justin en voz muy baja-. Estaba ahí de pie, escuchándoos a los tres discutir y mirando por la ventana, esperando a que llegase la policía o alguien, y me di cuenta de que podían pasar días antes de que eso ocurriera. Semanas; la espera podía prolongarse durante semanas. Lexie podía permanecer allí durante… Sabía que no había absolutamente ninguna posibilidad de que yo sobreviviera a aquel día en la universidad, por no hablar ya de semanas. Y pensé que lo que deberíamos hacer, por el bien de todos, era dejar de pelearnos, agarrar un edredón y acurrucamos bajo él, los cuatro juntos, y encender el gas. Eso es lo que yo quería hacer.