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– Pero si ni siquiera tenemos gas -le espetó Rafe-. ¡No seas tan dramático!

– Me parece que los cuatro pensábamos en ello, en qué haríamos si no te encontraban de inmediato, pero nadie se atrevía a mencionarlo -aclaró Abby-. En realidad, cuando la policía se presentó fue un gran alivio, inmenso. Justin fue el primero en verlos, a través de la ventana. «Ha venido alguien», anunció y nos quedamos todos paralizados por un momento, y empezamos a medio increparnos unos a otros. Rafe y yo nos dispusimos a acercarnos a la ventana, pero Daniel ordenó: «Sentaos todos. Ahora mismo». De manera que nos sentamos a la mesa de la cocina, como si acabáramos de desayunar, y aguardamos a que sonara el timbre.

– Daniel acudió a abrir la puerta -explicó Rafe-, lógicamente. Se mostraba frío como el hielo. Su voz me llegaba desde el zaguán: «Sí, Alexandra Madison vive aquí… No, no la hemos visto desde anoche… No, no ha habido ninguna discusión… No, no estamos preocupados por ella, simplemente no sabemos si hoy piensa ir a la universidad… ¿Ocurre algo, agentes?», y aquel matiz de preocupación penetrando poco a poco en su voz… Estuvo impecable. Fue espeluznante. Abby arqueó las cejas.

– ¿Habrías preferido que se pusiera a balbucear como si fuese un niño? -le preguntó-. ¿Qué crees que habría sucedido de haber abierto tú la puerta?

Rafe se encogió de hombros. Comenzó a jugar con las cartas de nuevo.

– Al final -continuó Abby, cuando resultó evidente que Rafe no pensaba responder-, pensé que debíamos salir todos; de hecho, habría resultado extraño que no lo hiciéramos. Eran Mackey y O'Neill. Mackey estaba apoyado en la pared y O'Neill tomaba notas, y me dieron un susto de muerte. Sus ropas de calle, aquellas expresiones absolutamente inescrutables, su forma de hablar, como si no hubiera prisa, como si pudieran tomarse todo el tiempo del mundo… Yo esperaba a esos dos mequetrefes de Rathowen, pero saltaba a la vista que aquellos tipos eran de una calaña muy distinta. Parecían infinitamente más inteligentes e infinitamente más peligrosos. Hasta entonces había pensado que lo peor ya había pasado, que nada podía superar lo de la noche anterior. Pero cuando vi a aquellos dos detectives caí en la cuenta de que esto no había hecho más que comenzar.

– Fueron crueles -interrumpió Justin de repente-. Terrible, espantosamente crueles. Se extendieron hasta el infinito antes de explicarnos lo sucedido. No dejábamos de preguntarles qué había ocurrido y se limitaban a mirarnos con aquellos rostros petulantes e inexpresivos, negándose a darnos una respuesta clara…

– «¿Qué os hace creer que podría haberle ocurrido algo?» -repitió Rafe, imitando con una precisión maléfica el deje arrastrado típico del acento dublinés de Frank-. «¿Tenía alguien algún motivo para hacerle daño? ¿Tenía miedo de alguien?»

– E incluso cuando nos explicaron lo sucedido, los muy capullos no nos dijeron que estabas viva. Mackey se limitió a decir algo como: «La han encontrado hace unas cuantas horas, no lejos de aquí. Anoche, en algún momento, la apuñalaron». Lo dijo en un tono de voz deliberado, sonó como si estuvieras muerta.

– Daniel fue el único que mantuvo la sangre fría -añadió Abby-. Yo estaba a punto de romper a llorar; llevaba toda la mañana reprimiéndome de hacerlo para evitar tener los ojos hinchados y sentí un alivio indescriptible por que finalmente se me permitiera saber qué había ocurrido… Pero Daniel soltó de inmediato, como una bala: «¿Está viva?».

– Y los polis lo dejaron en incógnita -aclaró Justin-. No dijeron ni una palabra más durante lo que pareció una eternidad; se limitaron a quedarse allí plantados, observándonos, a la espera. Ya te he dicho que fueron crueles.

– Finalmente -continuó Rafe-, Mackey se encogió de hombros y respondió: «Casi». Tuvimos la sensación de que nos estallaba la cabeza. Nos habíamos preparado para…, bueno, para lo peor: simplemente queríamos acabar con todo aquello para poder sufrir nuestras crisis nerviosas en paz. No estábamos preparados para algo así. Dios sabe lo que podría haber ocurrido, podríamos haber reaccionado de modo que todo saltara por los aires allí mismo, de no ser por Abby, quien, haciendo gala de un cálculo del tiempo impecable, sintió un ligero desmayo. De hecho, siempre he querido preguntártelo y se me ha olvidado: ¿el vahído fue real o formaba parte dei plan?

– Casi nada de aquello formaba parte del plan de nadie -contestó Abby en un tono cortante-, y no me desmayé. Me mareé un segundo. No sé si lo recuerdas, pero apenas había logrado conciliar el sueño.

Rafe soltó una risotada de maldad.

– Saltamos todos como un resorte para agarrarla, la sentamos en el suelo y le trajimos agua -explicó Justin- y, para cuando se recuperó, habíamos logrado serenarnos…

– ¿Ah, sí? ¿De verdad? -inquirió Rafe, enarcando las cejas-. Tú seguías ahí de pie, abriendo y cerrando la boca como un pez. Yo tenía tantísimo miedo de que dijeras alguna estupidez que no dejaba de tartamudear. Aquellos policías debieron de pensar que era tonto de remate: dónde la han encontrado, dónde está, podemos verla… Ellos evitaban contestarme, pero al menos lo intenté.

– Lo hice lo mejor que supe -alegó Justin, subiendo el tono de voz, el disgusto en aumento otra vez-. Para ti fue fácil acostumbrarte al cambio de idea: ¡vaya, está viva, genial! Tú no estabas allí. Tú no recordabas aquella horrible casucha…

– Bueno, por lo que sé, fuiste de tanta ayuda como unas tetas en un toro. Una vez más.

– Estás borracho -lo reprendió Abby con frialdad.

– ¿Sabes qué? -preguntó Rafe, como un niño complacido de desconcertar a los adultos-. Creo que sí lo estoy. Y creo que me voy a emborrachar aún más. ¿A alguien le fastidia?

Nadie respondió. Alargó la mano para coger la botella y me miró de reojo:

– Te perdiste una gran noche, Lexie. Si te preguntas por qué Abby cree que todo lo que dice Daniel es la Palabra de Dios…

Abby lo cortó sin pestañear:

– Ya te lo he advertido una vez, Rafe. Ésta es la segunda. No te daré una tercera oportunidad.

Pausa. Rafe se encogió de hombros y enterró su rostro en el vaso. En medio de aquel silencio percibí que Justin acababa de sonrojarse, se puso rojo como la grana.

– Los días siguientes -Abby retomó el relato- fueron un infierno. Nos dijeron que estabas en coma, en cuidados intensivos, y que los médicos no estaban seguros de si sobrevivirías, pero no nos permitían ir a verte; de hecho, intentar sonsacarles cómo te encontrabas era como arrancar dientes con unas tenazas. Lo máximo que logramos sacarles es que aún no estabas muerta, un dato que no resultaba especialmente reconfortante.

– La casa estaba infestada de policías -describió Rafe-. Había agentes registrando tu habitación, los caminos, arrancando trozos de moqueta… Nos entrevistaron tantas veces que empecé a repetirme, ni siquiera sabía qué le había explicado y a quién. Incluso cuando no estaban presentes nos manteníamos en guardia, todo el tiempo. Daniel nos aseguró que no podían colocar micrófonos ocultos en la casa, al menos no legalmente, pero Mackey no me parece del tipo de personas que se preocupa demasiado por los tecnicismos, y, además, tener policías es como tener ratas, pulgas o algo así. Aunque no los veas, los notas, arrastrándose.

– Fue espantoso -opinó Abby-. Y Rafe es libre de quejarse tanto como quiera de aquella partida de póquer, pero es fantástico que Daniel nos obligara a jugarla. De haber reflexionado yo en alguna ocasión acerca de ello, habría supuesto que dar una coartada no lleva más de cinco minutos: yo estaba en un lugar, alguien lo confirma y fin de la historia. Pero aquellos policías nos interrogaron durante horas, una y otra vez, acerca de cada detalle, por minúsculo que fuera: ¿a qué hora empezasteis la partida?, ¿quién estaba sentado dónde?, ¿cuál fue la apuesta inicial de cada uno?, ¿quién barajó primero?, ¿bebíais?, ¿quién bebía qué?… Nos preguntaron incluso qué cenicero habíamos utilizado.