Выбрать главу

El largo viento de la noche barría las montañas, el ulular de las lechuzas se desvanecía.

La otra cosa que había mencionado Cooper era que los médicos podrían haberla salvado. Daniel podría haber hecho que Justin permaneciera en la casita, si así lo hubiera querido. Habría sido lo lógico. El que se quedaba no tenía nada que hacer, si Lexie estaba muerta, salvo permanecer allí quieto, sin tocar nada; en cambio, el que regresara a casa tenía que dar la noticia a los otros dos, encontrar el monedero, las llaves y la linterna, mantener la compostura y actuar con celeridad. Daniel había enviado a Justin, que apenas se tenía en pie.

– Hasta la víspera del día en que regresaste -me explicó Rafe- insistía en que estabas muerta. Según él, los policías se estaban marcando un farol al afirmar que estabas viva para que creyéramos que tú les estabas contando lo ocurrido. Daniel dijo que debíamos limitarnos a no perder la cabeza y, antes o después, regresarían con algún cuento acerca de que habías tenido una recaída y habías muerto en el hospital. No fue hasta que Mackey telefoneó para preguntar si podía traerte al día siguiente, si estaríamos en casa, cuando Daniel pensó que, ¡mira por dónde!, quizá no hubiera ninguna conspiración mundial en contra de nosotros, que quizá todo aquel asunto fuera más sencillo de lo que parecía. Fue un momento Eureka. -Dio otro trago largo a su bebida-. Muerto de alegría, y un cuerno. Yo te diré cómo estaba: se quedó petrificado. Sólo pensaba en si Lexie habría perdido la memoria o en si se lo habría hecho creer a la policía y en tu proceder una vez regresaras a casa.

– ¿Y qué? -preguntó Abby-. ¿Qué problema hay? Todos estábamos preocupados por eso, para ser honestos. ¿Por qué no? Si recordaba lo ocurrido, Lexie tenía derecho a ponerse como una furia con todos nosotros. La noche que volviste a casa, Lex, habíamos caminado como una pandilla de gatos sobre tejados calientes todo el rato. Cuando caímos en la cuenta de que no estabas enfadada, nos tranquilizamos, pero cuando saliste del coche de ese poli… Buff. Pensé que me iba a estallar la cabeza.

Por última vez, los vi de nuevo tal como los había visto aquella noche: una aparición dorada en las escaleras de la entrada, resplandecientes y elegantes como jóvenes guerreros salidos de algún mito ancestral, con las cabezas erguidas, demasiado luminosos para ser reales.

– Preocupados sí -la corrigió Rafe-. Pero Daniel estaba mucho más que eso. Estaba tan histérico que acabó poniéndome nervioso a mí también. Al final lo arrinconé, tuve que colarme a hurtadillas en su habitación a última hora de la noche, como si estuviéramos teniendo un amorío o algo semejante; se comportaba con extrema cautela para no quedarse a solas conmigo. Entonces le pregunté qué demonios ocurría. ¿Y sabéis qué me contestó? Respondió: «Tenemos que aceptar el hecho de que quizás este asunto no concluya tan fácilmente como creemos. Creo que tengo un plan que acabaría cubriendo todas las eventualidades, pero aún me quedan unos cuantos detalles por ultimar. Procura no preocuparte por ello por el momento; quizá ni siquiera haga falta llevarlo a la práctica». ¿Qué supones que significaba aquello?

– No tengo telepatía -respondió Abby con acritud-. No tengo ni idea. Supongo que intentaba tranquilizarte, eso es todo.

Un camino a oscuras y un ruido metálico apenas perceptible y esa nota en la voz de Danieclass="underline" centrado, absorto, tan calmado. Noté cómo se me ponían los pelos de punta. Jamás se me había ocurrido, en ningún momento, que aquella pistola pudiera no estar apuntando a Naylor.

Rafe gruñó.

– ¡Por favor! A Daniel le importaba un cuerno cómo nos sintiéramos los demás, Lexie incluida. Su única preocupación era descubrir si ella recordaba algo y cuál iba a ser su siguiente movimiento. Ni siquiera actuaba de manera sutil; intentaba sonsacarle información descaradamente, a cada oportunidad que se le presentaba. «¿Recuerdas qué ruta tomaste aquella noche? ¿Te llevas el impermeable o mejor no? ¡Oh, Lexie!, ¿quieres que hablemos de ello?»… Me ponía enfermo.

– Intentaba protegerte, Rafe. A todos nosotros.

– Yo no necesito que me protejan, muchas gracias. No soy ningún crío. Pero, sobre todo, no necesito que Daniel me proteja.

– Estupendo, me alegro por ti -replicó Abby-. Muchas felicidades, gran hombre. Tanto si crees que lo necesitabas como si no, Daniel estaba haciendo todo cuanto estaba en su mano por protegernos. Y si eso no te complace…

Rafe se encogió de hombros con petulancia.

– Quizá sí lo hiciera. Como he dicho, me es imposible saberlo a ciencia cierta. Pero si nos estaba protegiendo, entonces no es muy hábil tratándose de alguien tan inteligente. Estas últimas semanas han sido un infierno, Abby, un infierno en la Tierra, y no era necesario que lo fueran. Si Daniel hubiera hecho el esfuerzo de escucharnos, en lugar de hacer todo cuanto estaba en su mano… Queríamos explicártelo -me aclaró, volviéndose hacia mí-. Nosotros tres. Cuando descubrimos que regresabas a casa.

– Es verdad, Lexie -corroboró Justin, apoyándose en el brazo de su sillón e inclinándose hacia mí-. No sabes cuántas veces estuve a punto de… Dios. Pensé que iba a explotar, a desintegrarme o algo si no te lo contaba…

– Pero Daniel -continuó Rafe- no nos lo permitía. Y mira cuál ha sido el resultado, observa el excelente resultado que han arrojado todas y cada una de sus ideas. Míranos, mira adonde nos ha conducido. -Nos señaló con un gesto a todos, a la estancia, luminoso y desesperado y cediendo por las costuras-. Nada de esto debería haber sucedido. Podríamos haber llamado a una ambulancia, podríamos habérselo explicado a Lexie desde el principio…

– No -negó Abby-. No. podías haber llamado a una ambulancia. podías habérselo contado a Lexie. O yo o Justin. No te atrevas a involucrar a Daniel en esto. Eres un adulto, Rafe. Nadie te estaba apuntando con una pistola a la cabeza para que mantuvieras la boca cerrada. Tú eres el responsable de tus actos.

– Quizá. Pero lo hice porque Daniel me lo dijo, y lo mismo puede decirse en tu caso. ¿Cuánto rato nos quedamos solos tú y yo aquella noche? ¿Una hora? ¿Más? Recuerdo que tú no hacías más que hablar de que debíamos solicitar ayuda inmediatamente. Pero cuando yo respondí que sí, que claro, hagámoslo, te negaste. Daniel había dicho que no hiciéramos nada. Daniel tenía un plan. Daniel se encargaría de la situación.

– Porque yo confío en él. Se lo debo, eso al menos, y tú también. Todo esto, todo lo que tenemos, se lo debemos a Daniel. De no ser por él, yo seguiría en mi terrorífica habitación amueblada en ese puñetero subterráneo. Tal vez eso no signifique nada para ti…

Rafe soltó una carcajada, estentórea, dura, desconcertante.

– ¡Esta maldita casa! -exclamó-. Cada vez que alguien insinúa que tu amado Daniel podría no ser perfecto, nos tiras la casa en las narices. Hasta ahora me había callado porque pensaba que quizá tuvieras razón, que quizá se lo debía, pero ¿sabes qué? Estoy harto de esta casa. Otra de las brillantes ideas de Daniel. Y mira qué bien ha salido también. Justin está hecho una ruina, tú te niegas a aceptar la realidad, yo bebo como mi padre, Lexie ha estado a punto de morir y nos pasamos la mayor parte del tiempo odiándonos los unos a los otros. Y todo por esta maldita casa.