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Abby levantó la cabeza y lo miró fijamente.

– No es culpa de Daniel. Él sólo quería…

– ¿Quería qué, Abby? ¿Qué? Para empezar, ¿por qué crees que nos regaló una parte de la casa?

– Porque -contestó Abby, con voz baja y peligrosa- se preocupa por nosotros. Porque, para bien o para mal, imaginó que éste era el mejor modo de asegurarse de que los cinco fuéramos felices.

Esperé a que Rafe soltara otra risotada al oír aquello, pero no lo hizo.

– ¿Sabes? -dijo tras una breve pausa, con los ojos posados en su vaso-. Al principio yo también lo creía. De verdad. Que lo hacía porque nos quería. -El matiz malvado se había desvanecido de su voz, ahora sólo quedaba una melancolía simple y cansada-. Pensarlo me hacía feliz. Hubo una época en la que habría hecho cualquier cosa por Daniel, lo que fuera.

– Y entonces viste la luz -lo cortó Abby con ironía. Su voz era dura y crispada, pero no podía evitar que sonara también temblorosa. Estaba más enfadada de lo que la había visto nunca, probablemente más que la noche que descubrió aquella nota en la chaqueta-. Alguien que regala a sus amigos la mayor parte de su casa de siete cifras seguramente lo hace por puro egoísmo. ¿No crees que estás siendo un poco demasiado paranoico?

– He reflexionado mucho sobre ello estas últimas semanas. No quería… Dios… Pero no he podido evitarlo. Es como rascarte una costra. -Rafe levantó la cabeza para mirar a Abby y se apartó el pelo de la cara; la bebida comenzaba a hacerle efecto y tenía los ojos inyectados en sangre y abotargados, como si hubiera estado llorando-. Pongamos que todos hubiéramos acabado en universidades distintas, Abby. Piensa por un momento que nunca nos hubiéramos conocido. ¿Qué crees que estaría haciendo él ahora?

– No tengo ni la más remota idea de adónde quieres llegar.

– Estaríamos bien, nosotros cuatro. Quizás habríamos pasado unos primeros meses crudos, quizá nos habría costado un tiempo conocer a gente, pero habríamos acabado haciéndolo. Sé que ninguno de nosotros es extravertido por naturaleza, pero habríamos aprendido a desenvolvernos. Eso es lo que hacen las personas en la universidad: aprenden a funcionar en un mundo grande y aterrador. Llegados a este momento, tendríamos amigos, vidas sociales…

– Yo no -lo interrumpió Justin, con voz queda pero taxativa-. Yo no estaría bien. No sin vosotros, chicos.

– Claro que sí, Justin. Claro que lo estarías. Tendrías un novio. Y tú también, Abby. No sólo alguien que comparte cama contigo esporádicamente, cuando el día ha sido demasiado duro para asimilarlo. Un novio. Una pareja. -Me miró con una sonrisa triste-. Y tú, tontaina, de ti no estoy seguro, pero te lo estarías pasando en grande de todas maneras.

– Gracias por resolver nuestras vidas amorosas -espetó Abby con frialdad-, capullo sabelotodo. El hecho de que Justin no tenga un novio no convierte a Daniel en el Anticristo.

Rafe no replicó a aquellas palabras que, sin venir a cuento, a mí me asustaron.

– No -dijo-. Pero medítalo un segundo. Si nunca nos hubiéramos conocido, ¿qué crees que estaría haciendo Daniel ahora?

Abby lo miró perpleja.

– Escalando el Himalaya. Presentándose a las elecciones presidenciales. Viviendo aquí. ¿Cómo voy a saberlo?

– ¿Te lo imaginas yendo al baile de graduación? ¿Afiliándose a alguna asociación de la universidad? ¿Conversando con alguna chica en la clase de Poesía americana? En serio, Abby. Te lo pregunto en serio: ¿te lo imaginas?

– No lo sé. Todo son condicionales, Rafe. «Si» no significa nada. No tengo ni la más remota idea de qué habría ocurrido si los acontecimientos hubieran sido otros, porque no soy clarividente, maldita sea, y tú tampoco.

– Quizá no -replicó Rafe-, pero sí estoy convencido de algo: Daniel nunca, jamás, de ninguna de las maneras habría aprendido a lidiar con el mundo exterior. No sé si es así de nacimiento o si es una idea que le inculcaron de bebé o qué, pero sencillamente es incapaz de vivir una vida humana normal.

– A Daniel no le pasa nada malo -lo defendió Abby, con sílabas frías y precisas como astillas de hielo escindiéndose-. Nada.

– Claro que sí, Abby. Yo lo quiero, de verdad, sigo queriéndolo, pero hay algo raro en él. Tienes que haberte percatado.

– Es cierto, Abby -se sumó Justin, con un tono de voz sosegado-. Sí que lo hay. Nunca te lo he explicado, pero cuando nos conocimos, aquel primer año…

– ¡Calla! -gritó Abby fieramente, volviéndose hacia él-. ¡Cierra el pico! ¿Qué os hace diferentes a vosotros? Si Daniel está mal de la cabeza, entonces tú estás igual de loco que él, y tú, Rafe…

– No -negó Rafe. Clavó la vista en su dedo, con el que hacía dibuji-tos en el vaho del vaso-. Eso es precisamente lo que intento explicarte. El resto de nosotros, cuando queremos, somos capaces de mantener conversaciones con otras personas, y lo sabes. La otra noche, yo me ligué a una chica. Tus alumnos de las tutorías te adoran. Justin flirtea con ese rubio que trabaja en la biblioteca… no lo niegues, Justin, te he visto; Lexie se echó unas risas con los parroquianos de aquella cafetería horripilante. Somos capaces de conectar con el resto del mundo, si nos esforzamos. Pero Daniel… Sólo hay cuatro personas en el planeta que no crean que es un marciano integral, y las cuatro estamos en esta habitación. Estoy absolutamente convencido de que nos las habríamos apañado para funcionar bien sin él, pero él no habría sabido desenvolverse sin nosotros. De no ser por nosotros, Daniel estaría más solo que la una.

– ¿Y? -preguntó Abby, tras hacer una larga pausa-. ¿Y qué?

– Pues -contestó Rafe-, ya que me lo preguntas, opino que por eso nos regaló la casa. No para convertir nuestras vidas en un camino de rosas, sino para tener compañía, aquí, en su pequeño universo privado. Para retenernos para siempre.

– ¡Pero cómo…! -exclamó Abby, casi sin aliento-. Eres un retorcido. ¿Cómo puedes pensar algo así…?

– No es a nosotros a quien protegía, Abby. Nunca. Era esto: su pequeño universo de mentira. Explícame esto: ¿por qué fuiste en el coche de Daniel a la comisaría esta mañana? ¿Por qué no querías que se quedara a solas con Lexie?

– Lo que no quería era estar cerca de ti. Me repulsa tu actitud de estos últimos días.

– Mentira. ¿Qué crees que le iba a hacer a Lexie, si ella insinuaba que aún estaba planteándose vender su parte o confesarle lo ocurrido a la policía? Has dicho que yo se lo podía haber explicado todo en cualquier momento, pero ¿qué crees que me habría hecho Daniel si pensara que iba a salirme de la raya? Daniel tenía un plan, Abby. Me dijo que tenía un plan para cubrir todas las eventualidades. ¿Cuál crees que era su plan? ¡Demonios!

Justin ahogó un grito, aterrorizado, como un niño. La luz del salón había cambiado; el aire se había inclinado, la presión cambiaba, todos aquellos remolinos se habían reunido y giraban en torno a un inmenso eje.

Daniel llenó el marco de la puerta, alto, con sus manos inmóviles en los bolsillos de su largo abrigo oscuro.

– Lo único que yo he querido siempre -dijo con voz serena- estaba aquí, en esta casa.

Capítulo 24

– Daniel -lo saludó Abby, y yo noté cómo todo su cuerpo se relajaba, aliviado-. Gracias al cielo.

Rafe se aposentó lentamente en el sofá.

– ¡Una entrada con efecto! -comentó con frialdad-. ¿Cuánto tiempo llevas escuchando a hurtadillas?

Daniel no se movió.

– ¿Qué le habéis explicado?

– Bueno, había empezado a recordar cosas -se justificó Justin, con voz temblorosa-. ¿No lo has oído? ¿En la comisaría? Si no le explicábamos el resto, iba a telefonearlos y…

– ¡Vaya! -exclamó Daniel. Sus ojos se cruzaron con los míos, sólo un instante, inexpresivos, y luego desvió la mirada-. Debería haberlo imaginado. ¿Cuánto le habéis contado?