Pero yo estaba reconcentrada contemplándome las manos y no fue hasta horas más tarde, cuando me encontraba sentada en un sofá del vestíbulo de un color neutro bajo unas piezas de arte inocuo aguardando a que alguien viniera para trasladarme a otro sitio, cuando me di cuenta de dónde había oído aquellas palabras antes: las había escuchado salir de mi propia boca. No se las había dicho a las víctimas ni a las familias, sino a los demás: a los hombres que habían dejado a sus mujeres tuertas, a madres que habían escaldado a sus bebés con agua hirviendo, a asesinos, en los aturdidos e incrédulos momentos después de desembucharlo todo; lo había dicho con aquella voz infinitamente amable: «Está bien. Tranquilo. Respire. Lo peor ya ha pasado».
Al otro lado de la ventana del laboratorio, el cielo se había tornado de un negro oxidado salpicado de naranja por las luces de la ciudad, y una delgada luna quebradiza cabalgaba sobre las copas de los árboles del parque. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal como un viento gélido. Coches patrulla recorriendo Glenskehy a toda velocidad y alejándose de nuevo, los ojos de John Naylor fulgurantes de rabia, y la noche cayendo implacable.
Se suponía que no tenía que hablar con Sam ni con Frank, no hasta que nos hubieran interrogado a todos. Le dije a la agente que necesitaba ir al aseo y la miré con cara de complicidad entre mujeres para explicarle por qué me llevaba mi chaqueta conmigo. En el cubículo, tiré de la cadena y, mientras corría el agua (todo en Asuntos Internos te pone paranoico: las alfombras gruesas, el silencio), les envié un rápido mensaje de texto a Frank y a Sam: «Que alguien VIGILE la casa».
Silencié el teléfono y me senté sobre la tapa del lavabo a oler un ambientador asqueroso con fragancia a flores sintéticas y a esperar tanto tiempo como pude, pero ninguno de los dos contestó. Probablemente tuvieran los móviles desconectados; estarían realizando sus propios interrogatorios furiosos e implacables, haciendo malabarismos expertos con Abby, Rafe y Justin; manteniendo conversaciones rápidas en murmullos en los pasillos; formulando las mismas preguntas una y otra vez, con una paciencia feroz, despiadada. Quizás, el corazón me dio un vuelco y se me atragantó, quizás uno de ellos estuviera en el hospital hablando con Daniel. La tez lívida, suero intravenoso, enfermeras moviéndose aprisa. Intenté recordar exactamente dónde le había impactado la bala, recreé la escena una y otra vez en mi cabeza, pero la película parpadeaba y saltaba y me era imposible verlo con claridad. Aquel asentimiento minúsculo; el ascenso del cañón de su revólver; el culatazo sacudiéndome los brazos; aquellos ojos grises graves, con las pupilas apenas dilatadas. Y luego la voz plana y categórica de Abby: «¡No!»; la pared desnuda que había servido de fondo a Daniel, y el silencio, inconmensurable y atronador en mis oídos.
La técnica de la policía científica me devolvió a los tipos de Asuntos Internos, quienes me indicaron que, en caso de que estuviera afectada por lo ocurrido, podía prestar declaración al día siguiente, pero les contesté que no, gracias, que estaba bien. Me explicaron que tenía derecho a contar con la presencia de un abogado o un representante del sindicato en la sala, pero contesté que no, gracias, que estaba bien. Su sala de interrogatorios era más pequeña que la nuestra, apenas había espacio para apartar la silla de la mesa, y estaba más limpia: no había grafitis ni quemaduras de cigarrillo en la alfombra ni boquetes en las paredes provocados por alguien que se había transmutado en un gorila alfa con una silla entre las manos. Los dos agentes de Asuntos Internos parecían contables de dibujos animados: trajes grises, coronillas calvas, labios finos y gafas sin montura a conjunto. Uno de ellos se inclinó contra la pared que había tras mi hombro (aunque uno se conozca las tácticas al dedillo, siguen surtiendo efecto) y el otro se sentó frente a mí. Este último alineó su cuaderno de notas melindrosamente con el borde de la mesa, encendió la grabadora y soltó la perorata preliminar.
– Y ahora -añadió luego-. Descríbanos lo ocurrido con sus propias palabras, detective.
– Daniel March -dije; fueron las únicas palabras que fui capaz de formular-. ¿Se recuperará?
Supe la respuesta incluso antes de que me lo comunicara, lo supe cuando sus párpados titilaron y me desvió la mirada.
La técnica de la policía científica, de nombre Gillian, me llevó a casa en coche en algún momento ya bien entrada la noche, cuando los gemelos de Asuntos Internos hubieron acabado de tomarme declaración. Les expliqué lo que uno esperaría: la verdad, tal como pude formularla en palabras, nada más que la verdad, no toda la verdad. No, no creí que tuviera otra alternativa más que disparar mi arma. No, no tuve oportunidad de probar un disparo que lo inhabilitara sin causarle la muerte. Sí, creí que mi vida corría peligro. No, no había habido ninguna indicación previa de que Daniel fuera peligroso. No, no había sido nuestro principal sospechoso, la larga lista de razones por las que no lo era (tardé un instante en recordarlas, se me antojaban tan distantes y tan remotas, pertenecientes a otra vida). No, no consideraba una negligencia, ni por mi parte ni por la de Frank ni por la de Sam, permitir que hubiera un arma en aquella casa; era una práctica habitual de la policía encubierta tener material ilegal en el escenario de la acción durante el transcurso de la investigación; no habríamos podido sacarla de allí sin desvelar toda la operación. Sí, visto en retrospectiva, se antojaba una decisión poco inteligente. Me dijeron que volveríamos a hablar en breve (en un tono que sonó a amenaza) y me dieron cita con el loquero, que iba a mojar su butaca de poliéster con esta historia.
Gillian necesitaba mi ropa, la ropa de Lexie, para comprobar los residuos. Me esperó en pie junto a la puerta de mi apartamento, con las manos cruzadas, contemplándome mientras me cambiaba: tenia que asegurarse de que lo que veía era lo que se llevaba consigo, nada de cambiazos de la camiseta por una limpia. Mis propias ropas se me antojaron frías y demasiado rígidas, como si no me pertenecieran. Mi apartamento también estaba frío, olía ligeramente a humedad y una capa delgada de polvo recubría todas las superficies. Hacía tiempo que Sam no se pasaba por allí. Le entregué a Gillian mi ropa, la dobló con diligencia y la guardó en bolsas de pruebas. En la puerta, con las manos llenas, tuvo un momento de duda; por primera vez pareció insegura y entonces caí en la cuenta de que probablemente fuera más joven que yo.
– ¿Estará bien aquí sola? -preguntó.
– Estoy bien -contesté.
Lo había dicho tantas veces aquel día que empezaba a plantearme estampármelo en una camiseta.
– ¿Vendrá alguien a hacerle compañía?
– Llamaré a mi novio -respondí-. Vendrá él.
Aunque no estaba segura de que eso fuera a ocurrir, nada segura.
Cuando Gillian se fue llevándose los últimos restos de Lexie Madison, me senté en el alféizar de la ventana con un vaso de brandy (detesto el brandy, pero estaba bastante segura de estar oficialmente en estado de shock en varios sentidos y, además, era la única bebida alcohólica que tenía en casa) y me dispuse a contemplar el parpadeo del haz de luz del faro, sereno y regular como un latido, sobre la bahía. Era una hora infame de la noche, pero dormir me resultaba inconcebible; bajo la tenue luz amarillenta procedente de la lamparilla de mi mesilla de noche, el futón parecía vagamente amenazante, atosigado por un calor blando y pesadillas. Tenía tantas ganas de telefonear a Sam que era como estar deshidratada, pero estaba vacía por dentro, sin soluciones para gestionar la situación, no aquella noche, si no me contestaba.
En algún lugar lejano, la alarma de una casa aulló brevemente, hasta que alguien la apagó y el silencio volvió a hincharse y me abucheó. Las luces procedentes del sur, del embarcadero de Dun Laoghaire, estaban dispuestas en hileras nítidas como las decoraciones navideñas; más allá de ellas me pareció atisbar momentáneamente, una trampa ocular, la silueta de las montañas Wicklow recortadas contra el oscuro cielo. Sólo unos cuantos coches perdidos transitaban por la carretera de la playa a aquella hora de la noche. El suave barrido de sus faros crecía y se desvanecía y me pregunté adonde se dirigiría aquella gente en aquellas horas tardías y solitarias, qué pensarían en las cálidas burbujas de sus vehículos, qué capas de vida delicadas, irreemplazables y ganadas con esfuerzo los rodeaban.