Le había costado un buen rato formular aquella pregunta.
– Sí -contesté-, así es. Pero si le sirve de consuelo, fue un homicidio involuntario. No estaba planeado ni nada de eso. Tuvieron una discusión y él tenía un cuchillo en la mano por casualidad, porque estaba fregando los platos, y perdió los nervios.
– ¿Sufrió?
– No -lo reconforté-. No, señor Corrigan. El forense nos aseguró que lo único que debió de sentir antes de perder la conciencia es que le faltaba el aire y una taquicardia, como si hubiera estado corriendo.
«Fue una muerte serena», estuve a punto de añadir, pero aquellas manos…
Guardó silencio tanto rato que me pregunté si se habría cortado la línea o si se habría ido, si habría apoyado el teléfono en algún sitio y abandonado la estancia; si estaría apoyado en una verja, respirando profundamente el frío y salvaje aire vespertino. Mis compañeros empezaban a reincorporarse tras la hora de la comida: sus pasos retumbaban en las escaleras, alguien en el pasillo se quejaba de la burocracia, la risa estentórea y agresiva de Maher. «Corra -quise alentarlo-; no tenemos mucho tiempo.»
Finalmente exhaló un largo y lento suspiro.
– ¿Sabe qué es lo que más recuerdo? -me preguntó-. La noche antes de que se escapara, esa última vez, estábamos sentados en el porche después de cenar. Gracie tomaba sorbites de mi cerveza. Estaba preciosa. Se parecía más que nunca a su madre: serena, por una vez. Me sonreía. Pensé que eso significaba…, bueno, pensé que había decidido quedarse finalmente. Quizá se hubiera enamorado de alguno de los vaqueros; parecía una muchacha enamorada. Pensé: «Mira nuestra hijita, Rachel. ¿A que está guapísima? Al final nos ha salido bien».
Sus palabras hicieron que algo extraño revoloteara en mi cabeza, algo delicado como palomillas describiendo círculos. Frank no se lo había dicho: no le había explicado lo de la operación encubierta, no le había hablado de mí.
– Y así fue, señor Corrigan -corroboré-. A su propia manera, pero así fue.
– Quizá -respondió él-. Lo parece. Me gustaría… -En algún lugar, aquel pajarraco volvió a graznar, un gañido desolador de alarma que se desvaneció en la distancia-. Lo que digo es que, supongo que usted tiene razón, que ese joven no intentaba matarla. Supongo que algo así estaba predestinado a ocurrir. No estaba hecha para este mundo. Llevaba huyendo de él desde que tenía nueve años.
Maher entró en la sala de la brigada dando un portazo y me bramó algo, soltó un trozo enorme de pastel de aspecto correoso en la mesa y empezó a desenvolverlo. Yo escuché el eco estático en mi oído y pensé en esas manadas de caballos que recorren las llanuras de América y Australia, los caballos salvajes, que corren libres, defendiéndose de los dingos y los linces y sobreviviendo con lo que encuentran, dorados y enmarañados bajo un sol implacable. Alan, mi amigo de la infancia, trabajó en un rancho de Wyoming un verano, con un visado de intercambio cultural. Contempló a vaqueros adiestrar esos caballos. Me explicó que de vez en cuando había uno que no se dejaba dominar, uno salvaje hasta la médula. Esos caballos luchaban contra las bridas y las vallas hasta quedar repletos de rasguños y sangrar a chorro, hasta que sus patas y cuello quedaban reducidos a astillas; morían luchando por escapar.
Frank resultó estar en lo cierto: todos salimos airosos de la Operación Espejo, o al menos ninguno de nosotros acabó despedido ni entre rejas, que probablemente equivalga al estándar de Frank de salirse «airoso». A él le descontaron tres días de vacaciones y le anotaron una falta en el expediente, oficialmente por permitir que la investigación se descontrolara, y es que ante un lío de aquel calibre Asuntos Internos necesitaba cortar alguna cabeza y sospecho que estuvieron encantados de que fuera la de Frank. Los medios de comunicación intentaron provocar una polémica acerca de la brutalidad policial, pero nadie se mostró dispuesto a colaborar con ellos: lo máximo que obtuvieron fue una imagen de Rafe enseñándole el dedo corazón a un fotógrafo, imagen que apareció en un tabloide, junto con la pixelación de turno para proteger a los menores. Yo acudí a mis sesiones obligatorias con el loquero, que levitaba en el séptimo cielo ante la perspectiva de volverme a tener delante; le expuse un montón de síntomas traumáticos leves, dejé que se desvanecieran milagrosamente a lo largo de unas semanas con ayuda de su asesoramiento experto, me dieron el alta y lidié con la Operación Espejo a mi propia manera, en solitario.
Una vez que supimos desde dónde se habían enviado aquellas postales, resultó muy fácil seguir la pista. No tenía sentido preocuparse más: todo lo que Lexie hubiera hecho antes de llegar a nuestra jurisdicción y conseguir que la asesinaran no era asunto nuestro, pero aun así Frank se empeñó en investigarlo. Me envió el expediente, con el sello CASO CERRADO estampado y sin ninguna nota.
No consiguieron localizarla en Sidney: lo máximo que obtuvieron fue el testimonio de un surfero que creía haberla visto vendiendo helados en Manley Beach y creía recordar que su nombre era Hazel, pero su declaración era un mar de dudas y era demasiado densa como para contemplarlo como un testigo fiable. En Nueva Zelanda, en cambio, había adoptado la identidad de Naomi Ballantine, la más eficiente recepcionista de cuantas que ofrecía la empresa de trabajo temporal en su catálogo, hasta que un cliente satisfecho había empezado a presionarla para emplearla a jornada completa. En San Francisco fue una jovencita hippie llamada Alanna Goldman que trabajaba en una tienda de artículos para la playa y pasaba gran parte del tiempo fumando marihuana en torno a las fogatas; las fotografías de sus amigos la mostraban con rizos hasta la cintura ondeando por efecto de la brisa oceánica, con los pies descalzos y collares de conchas marinas y unas piernas bronceadas con unos tejanos cortos. En Liverpool fue Mags Mackenzie, una aspirante a diseñadora de sombreros que entre semana servía tragos largos en una extravagante coctelería y vendía sus sombreros en un puesto del mercado los fines de semana; la fotografía la mostraba tocada con un sombrero de ala ancha de terciopelo rojo con un bullón de seda vieja y encaje sobre una oreja y riendo. Sus compañeras de piso, una pandilla de jóvenes noctámbulas de alto octanaje que se dedicaban a la misma suerte de actividad -a saber, moda, coros en grupos de música y algo llamado «arte urbano»-, afirmaron que dos semanas antes de largarse le habían ofrecido un contrato para diseñar para una boutique muy en boga por aquel entonces. Ni siquiera se habían preocupado al despertarse y descubrir que había desaparecido. Mags se las apañaría para estar bien: siempre lo había hecho.
La carta de Chad estaba enganchada con clip a una fotografía instantánea borrosa de ambos tomada delante de un lago, en un día de un sol resplandeciente. Ella lucía una larga trenza, una camiseta que le iba enorme y una sonrisa tímida; apartaba la mirada de la cámara. Chad aparecía alto, bronceado y degarbado, inclinando su cabeza de cabello dorado y esponjoso. La tenía rodeada con el brazo y la miraba como si no diera crédito a la suerte que le había deparado el destino. «Sólo desearía que me hubieras dado la oportunidad de irme contigo -decía la carta-, sólo esa oportunidad, May. Habría ido a cualquier parte. Espero que hayas encontrado lo que querías. Me habría encantado saber qué era y por qué no era yo.»
Fotocopié las fotografías y los interrogatorios y le envié el historial de vuelta a Frank, con una escueta nota adjunta: «Gracias». La tarde del día siguiente salí pronto del trabajo y fui a ver a Abby.
Su nueva dirección aparecía en el expediente: vivía en Ranelagh, Student Central, en una casucha andrajosa con el sendero de entrada cubierto de maleza y demasiados timbres junto a la puerta. Me quedé de pie en la acera, apoyada en la cancela. Eran las cinco de la tarde, Abby no tardaría en regresar a casa (el ser humano es un animal de costumbres) y quería que me viera desde lejos y se preparara antes de llegar junto a mí.