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Se produjo un breve silencio, interrumpido tan sólo por el leve zumbido de los fluorescentes. Pensé en ella en aquella casa en ruinas, fría, con las aves nocturnas emitiendo sus lamentos y la lluvia cayendo a su alrededor, muriendo por el simple hecho de respirar.

– ¿Cuánto tiempo debió de transcurrir? -preguntó Frank.

– La progresión depende de una serie de factores -explicó Cooper-. Por ejemplo, si la víctima corrió después de que la apuñalaran, su respiración sin duda se aceleró y se hizo más profunda, lo cual habría acelerado el avance del neumotorax a tensión. Además, la cuchilla seccionó levemente una de las venas principales del pecho; con actividad física, esa incisión debió de transformarse en un desgarro y, probablemente, poco a poco empezó a sangrar a borbotones. Para daros un cálculo aproximado, me aventuraría a decir que debió de caer inconsciente entre veinte y treinta minutos después de que la apuñalaran, y que murió entre diez y quince minutos más tarde.

– Y en esos treinta minutos -preguntó Sam-, ¿qué distancia pudo recorrer?

– No soy adivino, detective -replicó Cooper en tin tono amable-. La adrenalina puede causar efectos fascinantes en el organismo humano, y las pruebas demuestran que la víctima se hallaba efectivamente en un estado de agitación considerable. La presencia de espasmos cadavéricos (en este caso en concreto, la víctima cerró las manos en el momento de la muerte y los puños ni siquiera se han abierto con el rigor mortis) suele relacionarse con un estrés emocional extremo. Si estaba lo bastante motivada, y a juzgar por las circunstancias me atrevo a afirmar que así era, sin duda pudo recorrer un kilómetro y medio, tal vez dos. En otra situación podría haberse desvanecido a los pocos metros.

– De acuerdo -contestó Sam. Encontró un rotulador fluorescente en el escritorio de alguien y dibujó un círculo amplio alrededor de la casita en el mapa, que englobaba la población, Whitethorn House y unas cuantas hectáreas de ladera despoblada-. Así pues, nuestra escena del crimen principal se situaría más o menos aquí.

– ¿El dolor no sería demasiado insoportable para recorrer una distancia tan larga? -pregunté.

Noté la vista de Frank clavarse en mí. No preguntamos si las víctimas sufrieron. A menos que se las torturara, no tenemos necesidad de saberlo e involucrarnos emocionalmente con ellas sólo sirve para echar por la borda nuestra objetividad y provocarnos pesadillas; además, a la familia siempre le decimos que no sufrieron.

– Refrene su imaginación, detective Maddox -me aconsejó Cooper-. Un neumotorax a tensión normalmente es indoloro. Probablemente ella fuera consciente de que cada vez le faltaba más el aire y se le aceleraba el corazón; cuando entró en estado de shock, debió de quedársele la piel fría y sudorosa y probablemente se sintiera mareada, pero no hay razón para suponer que murió en una agonía insoportable.

– ¿Con cuánta fuerza le asestaron la puñalada? -preguntó Sam-. ¿Podría haberlo hecho cualquiera o tuvo que ser un tipo fuerte?

Cooper suspiró. Siempre preguntamos: ¿podría haberlo hecho un tipo escuálido? ¿Y una mujer? ¿Un niño? ¿Y un niño fortachón?

– La forma de la incisión en corte transversal -estableció-, junto con la falta de escisión en la piel en el punto de entrada indica que se usó una cuchilla con una punta bastante afilada. No encontró hueso ni cartílago en su trayectoria. Y partiendo del supuesto de que el pulmón bombearía rápidamente, diría que esta herida la podría haber infligido un hombre corpulento, un hombre escuálido, una mujer corpulenta, una mujer escuálida o incluso un niño pubescente robusto. ¿Responde eso a su pregunta?

Sam guardó silencio.

– ¿Hora de la muerte? -preguntó O'Kelly.

– Entre las once de la noche y la una de la madrugada -respondió Cooper, mientras se examinaba una cutícula-, tal como creo que indicaba en mi informe preliminar.

– Podemos concretarla un poco más -puntualizó Sam. Encontró un rotulador e inició una nueva cronología debajo de la de Frank-. En esa zona empezó a llover alrededor de las doce y media de la noche, y la policía científica apunta a que Lexie debió de pasar a la intemperie un máximo de quince o veinte minutos, a juzgar por el grado de humedad de su ropa, de manera que debió de entrar en el refugio en torno a las doce y media. Y entonces ya estaba muerta. A tenor de las explicaciones del doctor Cooper, eso sitúa el apuñalamiento a medianoche, probablemente antes. Yo diría que debía de estar ya semiinconsciente cuando empezó a llover, o se habría cobijado en la estancia interior. Si sus amigos dicen la verdad respecto a que salió de la casa vivita y coleando a las once y media, eso nos da una horquilla de media hora para el apuñalamiento. Si mienten o están en un error, podría haberse producido en cualquier momento entre las diez y las doce.

– Y eso -sentenció Frank, pasando una pierna por encima de su silla- es todo lo que tenemos. No hay huellas de pisadas ni restos de sangre; la lluvia lo ha borrado todo. Tampoco hay huellas dactilares: alguien le rebuscó los bolsillos y luego limpió todas las pertenencias de la muchacha. Y según la policía científica, tampoco hay nada que nos pueda ser de utilidad bajo las uñas; al parecer no se enfrentó al asesino. Están analizando todos los rastros pero, a bote pronto, no hay nada a lo que agarrarnos, todos los cabellos v las fibras parecen coincidir o bien con los de la víctima misma o bien con los de sus amigos o con varios objetos de la casa, lo cual significa que no nos sirven para nada. Aún estamos peinando la zona, pero hasta el momento no tenemos ninguna pista del arma asesina ni del lugar donde se produjo la emboscada ni de que existiera una reyerta. Básicamente, lo único que tenemos es una joven muerta.

– Maravilloso -remató O'Kelly en tono quejumbroso-. Uno de esos casos. ¿Qué pasa, Maddox, acaso llevas un imán de casos indeseables en el sujetador?

– Este caso no es mío, señor -le recordé.

– Y, sin embargo, aquí estás. ¿Cuáles son las líneas de investigación?

Sam depositó el rotulador de nuevo en la mesa y levantó el dedo pulgar.

– La primera: un ataque aleatorio. -En Homicidios, uno adquiere la costumbre de enumerarlo todo; a O'Kelly le hace feliz-. Había salido a dar un paseo y alguien la asaltó, por dinero, con intención de violarla o simplemente para causar problemas.

– De haber habido algún indicio de agresión sexual -intervino Cooper cansinamente, sin apartar la vista de sus uñas-, creo que a estas alturas ya lo habría mencionado. De hecho, no he encontrado nada que indicara un contacto sexual reciente de ningún tipo.

Sam asintió.

– Tampoco hay signos de robo; conservaba su monedero, con dinero dentro, no tenía tarjeta de crédito y se había dejado el teléfono en casa. Pero eso no demuestra que el hurto no fuera el móvil. Pudo oponer resistencia, él la apuñaló, ella escapó corriendo, la persiguió y luego le entró el pánico al comprobar lo que había hecho…

Sam me lanzó una rápida mirada interrogativa. O'Kelly tiene una opinión muy concreta acerca de la psicología y le gusta fingir que no sabe nada sobre los especialistas que se dedican a trazar perfiles de asesinos. Así que yo lo hago con mucho tacto.

– ¿Eso crees? -pregunté-. No lo veo tan claro. Yo más bien había imaginado… Quiero decir, que la movieron después de muerta, ¿no es cierto? Si tardó media hora en morir, entonces o bien ese tipo se pasó todo ese tiempo mirándola (¿y por qué iba un ladrón o un violador a hacer eso?) o bien otra persona la encontró, la trasladó y no se preocupó en telefonearnos. Ambas hipótesis son plausibles, en mi opinión, pero no creo que ninguna sea probable.