Aún recuerdo la cara de aquel yonqui: demasiado delgada, una leve mancha de barba pálida de dos días, la boca entreabierta, como si se hubiera quedado atónito al darse cuenta de lo que ocurría. Se había partido las palas delanteras. Y contra todo pronóstico y las incesantes y depresivas predicciones de O'Kelly, resolvimos el caso.
En la Operación Vestal, el dios de Homicidios escogió a mi mejor amigo y mi honestidad, y no me dio nada a cambio. Pedí el traslado sabiendo que pagaría un precio por aquella deserción. En el fondo, esperaba que mi porcentaje de resolución de casos cayera en picado, esperaba que todos los maltratadores me golpearan hasta no dejarme ver la luz del día, que todas las mujeres encolerizadas me arrancaran los ojos de furia. No tenía miedo; sólo tenía ganas de acabar con todo. Pero entonces comprobé que no ocurría nada, que me hallaba ante una marea fría y lenta, que aquél era mi castigo: haber salido impune, haber podido optar por otro camino. Mi ángel de la guarda me había abandonado.
Y entonces Sam telefoneó y Frank me esperaba en la cima de la ladera y unas manos fuertes e implacables volvían a empujarme. Si a uno le resulta más fácil, puede achacarlo todo a un arrebato supersticioso o a la clase de vida interior secreta que tienen no pocos huérfanos e hijos únicos. No me importa. Pero quizá sí sirva para explicar de algún modo por qué accedí a participar en la Operación Espejo y por qué, cuando di mi beneplácito, pensé que existía una probabilidad alta de que me asesinaran.
Capítulo 4
Frank y yo dedicamos la semana siguiente a crear la tercera versión de Lexie Madison. Durante el día él sonsacaba a sus conocidos y allegados información acerca de su rutina, su humor, sus relaciones; luego se presentaba en mi piso y nos pasábamos la noche martilleando la cosecha del día en mi cabeza. Había olvidado lo bueno que era Frank haciendo aquel trabajo, su proceder sistemático y meticuloso, y la celeridad con la que esperaba que yo respondiera. El domingo por la noche, antes de salir de la sala de la brigada, me entregó el horario semanal de Lexie y un fajo de fotocopias con material sobre su tesis; el lunes apareció con un voluminoso archivo de sus ACS (amigos, conocidos y saludados), con fotografías, grabaciones de voz, información complementaria y comentarios ingeniosos, para ayudarme a memorizarlo todo. El martes trajo un mapa aéreo de la zona de Glenskehy y me obligó a interiorizarlo en detalle, hasta que fui capaz de dibujarlo de memoria; poco a poco fuimos avanzando en la fisonomía de Whitethorn House mediante planos de planta y fotografías. Recopilar todo aquel material llevaba su tiempo. El capullo de Frank sabía desde mucho antes del domingo que yo aceptaría su oferta.
Visionamos los vídeos grabados con el móvil una y otra vez; Frank accionaba el botón de pausa cada pocos segundos y chasqueaba los dedos para destacar algún detalle: «¿Has visto eso? ¿Has visto cómo inclina la cabeza hacia la derecha cuando ríe? Muéstrame ese ángulo. […] Observa cómo mira a Rafe y a Justin, ¿lo ves? Está flirteando con ellos. A Daniel y a Abby los mira a los ojos, con la cabeza recta; pero cuando los mira a ellos dos la ladea un poco y levanta la barbilla. Acuérdate de eso. […] ¿Ves lo que hace con el cigarrillo? No se lo coloca en el lado derecho de la boca, como haces tú. Se tapa los, labios con la mano y el humo sale por la izquierda. Veamos cómo lo haces. […] Mira eso. Cuando Justin empieza a ponerse nervioso con el mildiu, automáticamente Abby y Lexie intercambian una miradita y empiezan a hablar de lo bonitas que son las baldosas para que no piense en ello. Se entienden sólo con mirarse…». Vi aquellos vídeos tantas veces que, cuando finalmente me acostaba, normalmente a las cinco de la madrugada, mientras Frank se quedaba despatarrado en el sofá, íntegramente vestido, se me colaban en los sueños como una corriente subterránea constante que me arrastrase: el corte brusco de la voz de Daniel en comparación con el ligero obbligato de Justin, los estampados del papel pintado, el alboroto de la risa de Abby…
Vivían en una especie de clausura que me desconcertaba. Mi vida de estudiante era todo fiestas improvisadas en casas, noches frenéticas en vela estudiando a última hora y un desorden alimenticio consistente en comer sándwiches crujientes a deshoras. Pero aquella pandilla era sumamente peculiar: las chicas preparaban el desayuno para todos a las siete y media de la mañana y estaban en la universidad alrededor de las diez (Daniel y Justin tenían coche, así que llevaban a los demás), tanto si tenían seminario como si no, regresaban a casa en torno a las seis y media de la tarde y los chicos preparaban la cena. Los fines de semana los consagraban a la casa; esporádicamente, si el tiempo acompañaba, salían de picnic a algún sitio, incluso durante su tiempo libre se dedicaban a actividades culturales: Rafe tocaba el piano, Daniel leía en voz alta a Dante y Abby restauraba un escabel tapizado dieciochesco. No tenían televisor, y mucho menos ordenador. Daniel y Justin compartían una máquina de escribir y los otros tres estaban lo suficiente en contacto con el siglo xxi como para usar los ordenadores de la facultad. Parecían espías de otro planeta que se hubieran equivocado en sus investigaciones y hubieran acabado leyendo a Edith Wharton y viendo reposiciones de La casa de la pradera. Frank tuvo que buscar en internet cómo se jugaba al piquet para enseñarme.
Todo aquello, como es lógico, reventaba a Frank y lo inspiraba a hacer comentarios cada vez más cáusticos al respecto («Creo que se trata de una extraña secta que cree que la tecnología es obra de Satanás y les canta a las plantas del jardín los días de luna llena. No te preocupes, si les da por organizar una orgía, te sacaré de ahí; por el aspecto que tienen, dudo mucho que disfrutaras. ¿Quién dian tre no tiene un televisor hoy en día?»). No se lo confesé, pero cuanto más pensaba en ellas, menos extrañas me parecían sus vidas y más me seducían. Dublín es una ciudad que vive a un ritmo ajetreado, todo el mundo va con prisas, está atestada de gente y se camina a empellones; los dublineses temen quedarse rezagados y cada vez se vuelven más y más estridentes para asegurarse de no desaparecer. Desde la Operación Vestal, yo también llevaba un tiempo viviendo a velocidad de vértigo, yendo de cabeza, levantando polvo a mi paso, sin detenerme ni un instante, y al principio el ocio inmutable y elegante de aquellos cuatro individuos (¡por todos los santos, Abby bordaba!) se me antojó un bofetón en pleno rostro. Incluso se me había olvidado cómo anhelar algo lento, delicado, con tiempos dilatados y con ritmos oscilantes y seguros. Aquella casa y aquella vida llegaron a mis manos con la frescura del agua de un pozo, con la frescura de la sombra bajo un roble en una tarde calurosa.
Durante el día practicaba: la caligrafía de Lexie, su manera de caminar, su acento (que, por suerte para mí, tenía un deje dublinés anticuado, ya que posiblemente lo hubiera ensayado a partir de alguna presentadora de radio o televisión, y no se diferenciaba demasiado del mío), su entonación, su risa. La primera vez que la imité a la perfección, la primera vez que imité una carcajada suya, como una especie de burbuja que escapa involuntariamente y asciende por la escala como la de un niño cuando le hacen cosquillas, me quedé petrificada de miedo.
Era un consuelo que su versión de Lexie Madison divergiera un tanto de la mía. En el University College de Dublín, yo interpreté a una Lexie alegre, de trato fácil, sociable y feliz de ser el centro de atención; no había en ella nada impredecible, ningún lado oscuro, nada que pudiera hacer que los camellos o los clientes la consideraran un riesgo. Al principio, al menos, Frank y yo la concebimos como una herramienta de precisión hecha por encargo, cortada para satisfacer nuestras necesidades y pujar por nuestras apuestas, con un objetivo definido en mente. La Lexie de aquella muchacha misteriosa era más voluble, más volátil, más terca y caprichosa. Se había inventado una especie de hermana siamesa, toda alegría y con pequeñas explosiones de diabluras con sus amigos, pero distante y fría como el hielo con los extraños, y me preocupaba no poder tirar de ese hilo hacia atrás y averiguar cuál había sido su objetivo, qué labor de relojería había querido realizar con aquel nuevo yo suyo.