– Lo que me pregunto, Cassie… -continuó Sam-. Todo este asunto de ir descartando sospechosos podría llevarnos una eternidad pero, mientras no tengamos un móvil ni una pista, no me queda otra opción; nada me indica por dónde empezar. Y he pensado que si tuviera una idea, por vaga que fuera, de lo que busco… ¿Podrías trazarme un perfil psicológico del asesino?
Por un instante me pareció que el aire de toda la estancia se había oscurecido de pura pesadumbre, que se había vuelto acre e imposible de erradicar, como el humo. En todos y cada uno de los casos de homicidio que me habían asignado en el pasado había intentado trazar un perfil del homicida lo más preciso posible allí mismo, en mi piso: altas horas de la noche, whisky y Rob estirado en el sofá haciendo cunitas con un elástico y comprobando que no quedara ningún cabo suelto. En la Operación Vestal, Sam se había sumado a nuestro equipo. Me sonreía tímidamente mientras sonaba música de fondo y las polillas revoloteaban en el alféizar, y lo único en lo que yo podía pensar era en lo felices que habíamos sido los tres, pese a todo, y también en la devastadora y letal magnitud de nuestra ingenuidad. Aquel apartamento espinoso y hacinado, impregnado del olor a grasa de comida china fría, con la espinilla doliéndome horrores y Frank observándonos jocosamente de soslayo…, la escena no se parecía en absoluto: era como un reflejo burlón proyectado por algún espejo distorsionante espeluznante, y lo único que me venía a la cabeza, por ridículo que suene, era: «Quiero irme a casa».
Sam apartó a un lado un fajo de mapas con sumo cuidado, alzando la vista hacia nosotros para asegurarse de que no estaba descolocando nada, y apoyó la taza en la mesa. Frank deslizó el trasero a toda prisa hasta el mismísimo borde del sofá, apoyó la barbilla en sus dedos entrelazados y me miró embelesado. Yo bajé la vista para evitar que me leyeran la mirada. Había una fotografía de Lexie en la mesa, semioculta bajo un envase de arroz; estaba encaramada a una escalera de mano en la cocina de la casa de Whitethorn, vestida con un peto y una camisa de hombre y completamente manchada de pintura blanca. Por primera vez me alegré de verla: aquella esposa en mi muñeca me obligaba a descender a la tierra, aquel jarro de agua fría en la cara hizo que se me borrara todo lo demás de la mente. Estuve a punto de alargar el brazo y tapar la fotografía con la mano.
– Claro, ningún problema -contesté-. Supongo que eres consciente de que no podré darte mucha información. Al menos, no sobre el crimen.
La mayoría de los perfiles de asesinos se construyen a partir de patrones de comportamiento. Con un homicidio suelto, no hay manera de saber qué se debió a la mera casualidad y qué puede servir de pista, mimeografiada por las fronteras de la vida del sospechoso o por los recovecos irregulares y secretos de su mente. Un asesinato el miércoles por la noche no revela gran cosa; tres más en ese mismo día de la semana puede indicar que el sospechoso tiene libre esa noche y hay que ir con mucho tiento si se da con un sospechoso cuya mujer juega al bingo los miércoles. Una frase pronunciada en una violación tal vez no signifique nada, pero repetida en cuatro se convierte en una firma que alguna novia, esposa o ex, en algún lugar del mundo, puede reconocer.
– Lo que sea -dijo Sam. Abrió su cuaderno de notas, sacó su bolígrafo y se inclinó hacia delante, con la mirada clavada en mí, listo para apuntar-. Lo que sea.
– Está bien -accedí. Ni siquiera necesitaba el expediente. Había participado más tiempo del conveniente pensando en todo aquello, mientras Frank roncaba como un rinoceronte en el sofá y mi ventana pasaba del negro al gris y luego al dorado-. En primer lugar, probablemente sea un hombre. No podemos descartar que se trate de una mujer (si dais con una sospechosa interesante, no la paséis por alto) pero, estadísticamente, las puñaladas corresponden a crímenes perpetrados por hombres. Por ahora, yo buscaría a un varón.
Sam asintió.
– Sí, yo también lo imaginaba. ¿Alguna idea sobre su edad?
– No hablamos de ningún adolescente; es demasiado organizado y tiene demasiado control de la situación. Pero tampoco nos enfrentamos a ningún viejo. No era necesario ser un atleta para matarla, pero sí había que estar en forma: correr por senderos, trepar paredes, arrastrar un cadáver. Yo situaría su franja de edad entre los veinticinco y los cuarenta años, aproximadamente.
– He pensado -sugirió Sam mientras garabateaba- que debe de tratarse de alguien que conoce el terreno.
– Sin duda -corroboré yo-. O bien es un lugareño o ha pasado mucho tiempo por los alrededores de Glenskehy, de un modo u otro. Se siente cómodo en esta zona. Permaneció en el lugar un largo rato después de apuñalarla; los asesinos que actúan fuera de su territorio acostumbran a sentirse incómodos y desaparecen tan rápidamente como pueden. Además, a juzgar por los mapas, este sitio es un laberinto, y pese a ello él consiguió encontrarla… en medio de la oscuridad de la noche, sin farolas e incluso cuando ella le dio esquinazo.
Por algún motivo, me estaba costando más de lo habitual. Había analizado hasta el menor detalle todos los datos que barajábamos, había repasado todos y cada uno de los manuales y, aun así, no conseguía que el asesino se materializara. Cada vez que intentaba echarle el guante, se me escurría entre los dedos como humo y se desvanecía en el horizonte, dejándome sin ninguna silueta que vislumbrar, salvo la de Lexie. Intenté convencerme de que trazar perfiles es como cualquier otra habilidad, como hacer volteretas hacia atrás o montar en bicicleta: si dejas de practicar, el instinto se oxida; pero eso no quiere decir que se te olvide. Encontré mis cigarrillos: pienso mejor si tengo las manos ocupadas.
– Conoce Glenskehy, hasta ahí estamos de acuerdo, y estoy prácticamente segura de que conocía a la víctima. Por una parte, tenemos la colocación del cuerpo: la víctima tenía el rostro vuelto hacia la pared. Cualquier atención dedicada a la cara de la víctima, ya sea cubrirla, desfigurarla o apartarla, suele implicar que se trata de algo personal, que el asesino y la víctima se conocen.
– O bien -intervino Frank, subiendo las piernas al sofá y apoyándose en equilibrio la taza sobre la barriga- es pura coincidencia: así fue como cayó cuando la tumbó.
– Quizás -accedí-. Pero no debemos obviar el hecho de que la encontró. Esa casucha está muy apartada del sendero; en la oscuridad, ni siquiera sabrías de su existencia a menos que la buscaras a propósito. El desfase temporal implica que no la seguía de cerca, así que dudo que la viera entrar allí y, una vez ella se sentó, el muro debía de taparla desde la carretera… a menos que tuviera la linterna encendida y nuestro hombre divisara la luz, pero ¿por qué iba a encender alguien una linterna si intenta huir de un asesino? Así que nuestro hombre debía de tener un motivo para comprobar la casa. Creo que sabía que a Lexie le gustaba aquel lugar.
– Con todo, nada de eso nos indica que ella lo conociera -argumentó Frank-. Sólo que él la conocía a ella. Si llevaba un tiempo acechándola, por decir algo, tal vez sintiera que existía entre ellos una conexión y conociera bien sus costumbres. Sacudí la cabeza.
– No es que descarte por completo la teoría del acosador pero, si a eso es a lo que nos enfrentamos, es indudable que conocía a la víctima. La apuñalaron de frente, ¿recordáis? Ella no intentaba escapar y no la asaltaron por detrás; estaban cara a cara, ella sabía que él estaba ahí, es posible que incluso conversaran un rato. Además, no tenía heridas causadas por un forcejeo. A mi parecer, eso indica que la sorprendió desprevenida. Ese tipo era alguien cercano a ella y se sentía cómoda con él, hasta el preciso instante en que la apuñaló. Yo no me sentiría tan relajada con un completo extraño que aparece a esa hora en medio de la nada.