– Todo lo cual nos será de mucha más utilidad -observó Frank- cuando sepamos a quién conocía la víctima exactamente.
– ¿Algo más que debiera buscar? -preguntó Sam prestando oídos sordos al comentario de Frank; noté que se esforzaba por hacerlo-. ¿Dirías que está fichado?
– Probablemente tenga antecedentes delictivos -aventuré-. Hizo una labor excelente borrando sus huellas. Existe una amplia posibilidad de que nunca lo hayan arrestado, si siempre procede con tanto esmero, pero quizás haya aprendido a las duras. Si revisáis los expedientes, os aconsejaría que os concentrarais en delitos como robos de coches, hurtos, piromanía, algo que requiera destreza en limpiar el rastro, pero que no implique ningún contacto directo con las víctimas. Nada de ataques, incluyendo agresión sexual. A juzgar por su torpeza en asesinar a personas, no tenía práctica siendo violento, o prácticamente ninguna.
– Bueno, no se le da tan mal -objetó Sam sin alterarse-. Al fin y al cabo, la mató.
– Por los pelos -recalqué-. Más por suerte que por otra cosa. Y no creo que fuera lo que pretendía. Hay aspectos en este crimen que no encajan. Tal como apunté el domingo, los apuñalamientos suelen ser improvisados, espontáneos; sin embargo, hasta el momento todo lo que tenemos está perfectamente orquestado. Vuestro hombre sabía dónde encontrarla; no me trago la idea de que se la tropezara a medianoche en un sendero de mala muerte en medio de la nada. O conocía bien sus costumbres o habían acordado una cita. Y después de apuñalarla, mantuvo la cabeza fría y se tomó su tiempo: la persiguió, la cacheó, borró sus huellas y limpió todas las pertenencias de la víctima, lo cual nos indica que no llevaba guantes. Una vez más, no tenía planeado asesinarla.
– Pero llevaba un cuchillo -puntualizó Frank-. ¿Qué pensaba hacer con él? ¿Una talla en madera?
Me encogí de hombros.
– Amenazarla, quizás; asustarla, impresionarla, no lo sé. Pero alguien tan meticuloso, de haber previsto matarla, no lo habría hecho de una manera tan calamitosa. El ataque fue improvisado, tuvo que producirse en un momento en que a ella le sorprendiera lo que acababa de ocurrir; si él hubiera querido rematarla, lo habría hecho. En cambio, fue ella quien reaccionó primero, echó a correr y le sacó una buena ventaja antes de que él decidiera cómo actuar. Eso me incita a pensar que él estaba tan sorprendido como ella. Creo que habían acordado reunirse con un fin completamente distinto y algo se torció.
– ¿Por qué la persiguió? -quiso saber Sam-. Después de apuñalarla, ¿por qué no se largó sin más?
– Cuando le dio alcance -continué- descubrió que estaba muerta, la trasladó y le rebuscó en los bolsillos. Imagino que la persiguió por uno de estos motivos. No ocultó ni exhibió el cuerpo, y nadie invertiría media hora en buscar a alguien sólo para arrastrarla unos cuantos metros, de manera que el hecho de que la trasladara se me antoja más bien un efecto colateral. La metió en el refugio para ocultar la luz de la linterna o para guarecerse de la lluvia mientras conseguía su verdadero propósito: o bien asegurarse de que estaba muerta o bien cachearla.
– Si estás en lo cierto y la conocía -apuntó Sam- y también en que no pretendía asesinarla, entonces ¿podría haberla trasladado por compasión? ¿Crees que se sentía culpable y no quiso abandonarla bajo la lluvia…?
– He estado cavilando sobre ese punto. Pero ese tipo es inteligente, piensa en lo que puede suceder y tenía muy claro que no quería que lo pillaran. Moverla implicaba mancharse de sangre, dejar más huellas de pisadas, dedicarle más tiempo, quizás incluso dejar algún cabello o fibras en ella… No lo imagino asumiendo ese riesgo adicional movido exclusivamente por el sentimentalismo. Tenía que tener una razón de peso. Comprobar si estaba muerta no le habría llevado tanto tiempo, mucho menos que trasladarla, en cualquier caso, así que yo apuesto a que la siguió y la metió en la casa porque necesitaba registrarla.
– Pero ¿qué buscaba? -preguntó Sam-. Dinero no, eso lo sabemos.
– Sólo se me ocurren tres razones -aventuré-. La primera es que buscaba algo que ella llevara que pudiera identificarlo; por ejemplo, es posible que quisiera asegurarse de que Lexie no había anotado su cita en una agenda, que intentara borrar su número del móvil o algo por el estilo.
– La víctima no escribía ningún diario -aclaró Frank, mirando al techo-. Se lo he preguntado a los Cuatro Fantásticos.
– Y se había dejado el móvil en casa, sobre la mesa de la cocina -añadió Sam-. Sus amigos aseguran que solía hacerlo; siempre pensaba en llevárselo cuando iba a dar aquellos paseos, pero normalmente se lo olvidaba. Estamos revisándolo, y de momento no hemos encontrado nada raro.
– Pero quizás él no lo supiera -conjeturé yo-. O tal vez buscara algo mucho más específico. Quizás hubieran quedado para que ella le diera algo y no se entendieron, Lexie cambió de opinión… En cualquier caso, o bien encontró lo que buscaba en el cadáver o ella no lo llevaba encima.
– ¿El mapa del tesoro escondido? -preguntó Frank con gran sentido práctico-. ¿Las Joyas de la Corona?
– Esa casa está repleta de bártulos viejos -razonó Sam-. Si hubiera habido algo de valor… ¿se había confeccionado algún inventario cuando el tal Daniel la heredó?
– Ja -se burló Frank-. Ya has visto esa casa. ¿Cómo podría alguien inventariarla? El testamento de Simon March enumera todos los objetos de valor, principalmente mobiliario antiguo y un par de cuadros, pero todo eso ha desaparecido. El impuesto de sucesión era exorbitante y todos los objetos con un valor superior a unas cuantas libras se destinaron a liquidarlo. Por lo que yo he podido ver, lo único que queda son las porquerías del desván.
– La otra posibilidad -continué- es que buscara una identificación. Todos sabemos la confusión que existe en torno a la identidad de esa joven. Pongamos que él pensara que estaba hablando conmigo y le asaltó la duda, o pongamos que ella dejó caer que Lexie Madison no era su nombre real. Es posible que el homicida buscara un documento de identidad para saber a quién acababa de apuñalar.
– Todas las hipótesis que planteas tienen puntos en común -observó Frank. Estaba tumbado boca arriba, con las manos enlazadas tras la nuca, y nos observaba con un destello de gallito en la mirada-. Nuestro hombre se había citado con ella una vez, lo cual implica que perfectamente quisiera verla una segunda, si tenía oportunidad de hacerlo. No tenía previsto matarla, así que es sumamente improbable que exista algún otro peligro adicional. Y venía de fuera de Whitethorn House.
– No necesariamente -lo corrigió Sam-. Si lo hizo uno de sus compañeros, es posible que le sustrajera el móvil a Lexie una vez muerta para asegurarse de que no hubiera llamado al 999 o grabado algo en vídeo. Sabemos que siempre estaba a punto de utilizar la cámara; quizá los inquietaba que hubiera registrado el nombre de su atacante.
– ¿Tenemos ya el informe de las huellas del móvil? -pregunté.
– Esta tarde -contestó Frank-. Lexie y Abby. Tanto Abby como Daniel afirman que Abby le entregó a Lexie su móvil esa misma mañana, de camino a la universidad, y las huellas lo corroboran. Las de Lexie están superpuestas a las de Abby en al menos dos puntos: tocó el teléfono después que Abby. Nadie sustrajo ese teléfono del cadáver de Lexie. Estaba sobre la mesa de la cocina cuando falleció y cualquiera de sus amigos podría haberlo comprobado sin necesidad de perseguirla.
– O quizá se llevaran su diario -aventuró Sam-. Los demás afirman que no escribía ninguno, pero no lo sabemos con certeza. Frank puso los ojos en blanco.
– Si quieres jugar a ese jueguecito, sólo tenemos su palabra, incluso en lo que respecta a que vivía allí, algo que tampoco sabemos con seguridad. También podría haber discutido con ellos el mes pasado y haberse trasladado al ático del Shelbourne para ejercer de amante de un príncipe saudí, si no fuera porque no tenemos ninguna prueba que apunte en esa dirección. Las declaraciones de los otros cuatro encajan a la perfección y aún no hemos sorprendido a ningunos de ellos mintiendo. La apuñalaron fuera de la casa…