El jueves, Frank empezó a bombardearme a preguntas: ¿dónde te sientas a desayunar?, ¿dónde guardáis la sal?, ¿quién te lleva a la universidad los miércoles por la mañana?, ¿cuál es el despacho de tu supervisor? Si fallaba en una, me calificaba con un cero en ese tema y volvía a revisarlo desde todas las perspectivas a nuestro alcance: fotografías, anécdotas, los vídeos del móvil, las grabaciones de los interrogatorios, hasta inculcármelo todo como si se tratara de mis propios recuerdos y conseguir que la respuesta me saliera sin más, de manera automática. Luego retomaba el aluvión de preguntas: ¿dónde pasaste las últimas Navidades?, ¿qué día de la semana te toca ir a comprar comida? Era como tener una máquina de lanzamiento de pelotas de tenis humana en mi sofá.
No se lo confesé a Sam, porque me sentía culpable, pero aquella semana disfruté de lo lindo. Me encantan los desafíos. En ocasiones pensé en que me hallaba sumida en una situación de lo más curiosa, y lo más probable es que se volviera más curiosa aún. Aquel caso estaba conducido por una especie de tira de Moebius que dificultaba tener una visón clara de las cosas: había Lexies por todos sitios, chocaban y se solapaban hasta hacerme perder la noción de acerca de cuál estábamos hablando. Alguna que otra vez tuve que reprimirme de preguntarle a Frank qué tal se estaba recuperando del coma.
La hermana de Frank, Jackie, es peluquera, de manera que el viernes por la noche la hizo venir a mi piso para que me cortara el pelo. Jackie es una rubia de bote flaquísima que no se siente ni remotamente impresionada por su hermano mayor. Me gustó.
– Sí, te sentará bien un corte de pelo -me dijo, acariciándome profesionalmente el flequillo con sus largas uñas púrpura-. ¿Cómo lo quieres?
– Así -dijo Frank, buscando una fotografía de la escena del crimen y pasándosela-. ¿Se lo puedes cortar así?
Jackie sostuvo la fotografía entre el pulgar y el índice y la miró con recelo.
– ¿Esta mujer está muerta?, -preguntó.
– Eso es confidencial -respondió Frank.
– ¡Al cuerno con lo confidencial! ¿Era tu hermana, cariño?
– A mí no me mires -contesté-. Esto es idea de Frank. Yo sólo me estoy dejando arrastrar por la corriente.
– No deberías hacerle caso. Veamos… -Miró con cara de repugnancia la fotografía por segunda vez y se la alargó a Frank-. Esto es sumamente desagradable, permíteme que te lo diga. ¿Alguna vez en la vida piensas hacer algo decente, Francis? No sé, solucionar el tráfico o algo útil por el estilo. He tardado dos horas en llegar hasta el centro desde…
– ¿Por qué no te callas y le cortas el pelo, Jackie? -preguntó Frank, revolviéndose el cabello presa de la exasperación, de tal manera que quedó completamente despeinado-. Deja de calentarme la cabeza, por lo que más quieras.
Jackie me miró de reojo y compartimos una leve y picara sonrisa femenina de complicidad.
– Y recuerda -añadió Frank en tono agresivo, al caer en la cuenta de ello-: manten el pico cerrado. ¿Entendido? Es crucial.
– Claro, claro -replicó Jackie, al tiempo que sacaba un peine y unas tijeras de su bolso-. Crucial. ¿Por qué no nos preparas una taza de té, querido? Si a ti no te importa, claro está -añadió mirándome a mí.
Frank sacudió la cabeza y se dirigió a escape hacia el fregadero. Jackie me peinó el pelo sobre los ojos y me guiñó un ojo.
Cuando hubo terminado, yo tenía un aspecto distinto. Nunca me había cortado el flequillo tan corto; era un cambio muy sutil, pero me hacía parecer más joven y franca, y le imprimía a mi rostro esa engañosa inocencia de ojos grandes de las modelos. Cuanto más me contemplaba en el espejo del cuarto de baño esa noche, antes de meterme en la cama, menos me identificaba conmigo misma. Cuando llegó el momento en que no fui capaz de recordar cómo era antes, me rendí, le hice un corte de mangas a mi reflejo y me acosté.
El sábado por la tarde, Frank dijo:
– Creo que será mejor que nos preparemos para marcharnos.
Yo estaba tumbada boca arriba en el sofá, abrazada a mis rodillas, mientras revisaba las fotografías de los grupos de tutorías de Lexie por última vez e intentaba mostrarme displicente con todo aquel asunto. Frank no dejaba de andar de un lado a otro: cuanto más se aproxima el inicio de una operación, menos rato pasa sentado.
– Mañana -repliqué.
Aquella palabra ardió en mi boca, dejando una quemadura salvaje y limpia como la nieve, arrebatándome el aliento.
– Mañana por la tarde; empezaremos con medio día para que te vayas acostumbrando. Se lo haré saber a sus amigos esta noche; me aseguraré de que te organicen una cálida bienvenida. ¿Crees que estás preparada?
La verdad es que no se me ocurría qué significaba exactamente estar «preparada» en una operación como aquélla.
– Tan preparada como puedo estar -afirmé.
– Repasémoslo una vez más: ¿cuál es tu objetivo la primera semana?
– Básicamente, que no me descubran -le respondí-. Y que no me maten.
– Básicamente, no: exclusivamente. -Frank chasqueó los dedos delante de mis ojos al pasar frente a mí-. Venga. Concéntrate. Esto es importante.
Me apoyé las fotografías en la barriga.
– Estoy concentrada. ¿Qué?
– Si alguien se da cuenta, será en los primeros días, cuando estés buscando tu lugar y todo el mundo esté pendiente de ti. Así que lo único que tienes que hacer la primera semana es acomodarte. Es un trabajo muy duro, al principio te resultará extenuante, y, si sobreactúas, corres el riesgo de patinar… y sería el fin. Tómatelo con calma. Intenta pasar ratos a solas, si es posible: puedes acostarte temprano, leer un libro mientras los otros juegan a las cartas… Si consigues durar hasta el fin de semana, estarás metida en la rueda; los demás se habrán acostumbrado a tenerte cerca de nuevo y no te prestarán demasiada atención, y eso te brindará mucha más libertad de acción. Pero hasta entonces manten la cabeza gacha: nada de riesgos, de hacerte la sabueso intrépida, nada que pudiera suscitar ni la menor sospecha. Intenta no pensar siquiera en el caso. Me da igual si a estas alturas de la.semana que viene no tienes ni una sola pista que me resulte útil, siempre y cuando sigas en esa casa. Si lo consigues, revisaremos la situación y partiremos de cero.
– Pero no crees que lo consiga, ¿verdad? -pregunté.
Frank se detuvo en seco y me miró fija y largamente.
– ¿Crees que te enviaría allí dentro si creyera que no puedes hacerlo?
– ¡Y tanto! -respondí-. Siempre y cuando pensaras que puedes obtener resultados interesantes, no te lo pensarías dos veces.
Se apoyó en el marco de la ventana, mientras fingía meditar sobre mis palabras; la luz lo iluminaba por la espalda y me impedía verle la expresión.
– Es posible -concluyó-, pero del todo irrelevante. Claro que se trata de una operación arriesgada, arriesgadísima, pero eso lo sabes desde el primer día. Aun así, creo que puedes hacerlo, siempre que seas cauta, no te asustes y no te impacientes. ¿Recuerdas lo que te dije la última vez acerca de hacer preguntas?
– Sí -contesté-. Hazte la inocente y pregunta tanto como puedas.
– Pues esta vez es distinto. Tienes que hacer justo lo contrario: no preguntes nada a menos que estés absolutamente segura de que no deberías conocer la respuesta. Lo cual, en resumidas cuentas, significa que no preguntes nada de nada.
– Y entonces ¿qué se supone que debo hacer, si no puedo formular preguntas?
Esa cuestión me rondaba en la cabeza desde hacía varios días.
Frank atravesó la estancia a grandes zancadas, apartó los papeles de la mesilla de centro, se sentó sobre ella y se inclinó sobre mí, clavándome sus penetrantes ojos azules.
– Manten los ojos y los oídos bien abiertos. El principal problema de esta investigación radica en que no tenemos a ningún sospechoso. Tu labor consiste en identificar a uno. Recuerda: nada de lo que consigas tendrá validez en un juicio, puesto que no puedes leerles sus derechos a los sospechosos, de manera que no buscamos una confesión ni nada en esa línea. Esa parte resérvanosla a mí y a nuestro Sammy. Nosotros resolveremos el caso, pero necesitamos que tú nos alumbres el camino correcto a seguir. Descubre si alguien ha podido quedarse fuera de nuestro radar, alguien del pasado de esa muchacha o alguien con quien se había relacionado más recientemente en secreto. Si alguien que no figura en la lista de ACS se pone en contacto contigo, por teléfono, en persona o como sea, sigúele el juego, descubre qué es lo que quiere y qué relación tenía con la víctima, y consigue un número de teléfono y su nombre completo, si puedes.