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– De acuerdo -acepté-. Así que necesito encontrar a vuestro sospechoso.

Sonaba plausible, pero todo lo que Frank dice lo parece. Seguía estando bastante segura de que Sam tenía razón y el principal motivo para que Frank hiciera aquello no era que yo tuviera ni la más remota posibilidad, sino porque era una oportunidad única, deslumbrante, temeraria y ridícula. Decidí liarme la manta a la cabeza.

– Exactamente. Para juntarlo con nuestra joven misteriosa. Mientras tranto, mantente ojo avizor con los compañeros de casa e incítalos a hablar. Yo no los considero sospechosos (sé que tu Sammy anda con la mosca tras la oreja con respecto a ellos, pero yo estoy contigo: no dan el perfil). Sin embargo, estoy bastante seguro de que nos ocultan algo. Sabrás a lo que me refiero cuando los conozcas. Podría ser algo completamente irrelevante, quizá simplemente utilizan chuletas en los exámenes o hacen pamplinas en el jardín trasero o juegan a papás y mamás, pero me gustaría decidir por mí mismo qué es relevante y qué no. Nunca se lo contarían a la policía; en cambio, si tú consigues infiltrarte, es bastante probable que te lo expliquen. No te preocupes demasiado por el resto de ACS; no tenemos nada que apunte en la dirección de ninguno de ellos, y Sammy y yo les seguiremos la pista de todos modos. No obstante, si alguien actúa de un modo sospechoso, por muy leve que sea, infórmame al instante. ¿Entendido?

– Entendido.

– Y una última cosa -dijo Frank. Se levantó de la mesa, recogió nuestras tazas y las llevó a la cocina. Habíamos llegado a ese punto en que en todo momento, a cualquier hora del día o de la noche, había una cafetera de café bien fuerte aún humeante o preparándose; otra semana más y probablemente nos habríamos comido el café molido directamente del envase a cucharadas-. Hace tiempo que quería tener una pequeña charla contigo.

Llevaba días notándolo. Hojeé las fotografías como si fueran tarjetas mnemotécnicas e intenté concentrarme en recordar los nombres internamente: Cillian Wall, Chloe Nelligan, Martina Lawlor…

– Adelante -lo invité.Frank apoyó las tazas en la encimera y empezó a jugar con mi salero, volteándolo con cuidado entre sus dedos.

– Lamento sacar esto a colación -empezó a decir-, pero ¿qué le vamos a hacer? A veces, la vida juega malas pasadas. Supongo que eres consciente de que últimamente has estado… cómo decirlo… un poco nerviosa, ¿no?

– Sí -contesté, sin apartar la mirada de aquellas fotografías: Isabella Smythe, Brian Ryan (sus padres o bien no pensaban con mucha claridad o bien tenían un extraño sentido del humor), Mark O'Leary…-. Sí, lo sé.

– Desconozco si es a causa de este caso o si lo antecede o cuál es el motivo, pero no me importa. Si lo que padeces es miedo escénico, se desvanecerá en cuanto entres por esa puerta. Ahora bien, si no es así, no permitas que cunda el pánico. No empieces a cuestionarte tus capacidades ni a dejarte influir por paranoias y, sobre todo, no intentes ocultar tu nerviosismo. Úsalo en tu favor. Sería perfectamente plausible que Lexie estuviera un poco inquieta en estos momentos, así que no hay motivo para no aprovecharte de ello. Utiliza todos tus recursos, aunque no sean los que te habría gustado escoger. Todo es un arma, Cass. Todo.

– Lo recordaré -le aseguré.

Pensar que la Operación Vestal podía serme de utilidad hizo que una sensación compleja me invadiera el pecho; me costaba respirar. Pero sabía que Frank notaría incluso el más leve pestañeo.

– ¿Crees que serás capaz?

«Lexie -pensé-, Lexie no le diría que la dejara en paz, que ella era perfectamente capaz de ocuparse de sí misma (tal como a mí me dictaba el instinto en aquellos momentos), y estaba prácticamente segura de que no respondería por nada del mundo. Lexie bostezaría en su cara o le diría que dejara de ir por ahí fastidiando a la gente como una abuelita o le pediría un helado.»

– Se han acabado las galletas -comenté, mientras me desperazaba; las fotografías resbalaron por mi barriga y cayeron al suelo-. ¿Te importa bajar a comprar? Galletas de limón.

Luego me reí a carcajadas en la cara de Frank.

Frank tuvo la deferencia de darme fiesta la noche del sábado para que Sam y yo nos despidiéramos, y es que nuestro Frankie tiene un corazón de oro. Sam preparó pollo tikka para cenar; yo tuve la genial idea de elaborar un tiramisú para postre, que me salió con un aspecto ridículo, pero tenía buen sabor. Pasamos horas charlando de trivialidades, de cosas de la vida, acariciándonos las manos por encima de la mesa e intercambiando las nimiedades que las parejas recientes se explican y guardan como tesoros hallados en la playa: anécdotas de cuando éramos niños, las cosas más estúpidas que habíamos hecho de adolescentes… La ropa de Lexie, colgada de la puerta del armario, refulgía en el rincón como un sol intenso reflejado en la arena, pero no le prestamos atención, no la miramos ni una sola vez.

Tras la cena, nos acurrucamos en el sofá. Yo había encendido la chimenea y Sam había puesto música en el reproductor de discos compactos; aquélla podría haber sido una noche cualquiera, podría haber sido toda nuestra, salvo por aquellas ropas y por la velocidad a la que me latía el corazón, ante la expectativa.

– ¿Qué tal lo llevas? -preguntó Sam.

Yo había empezado a albergar la esperanza de que conseguiríamos no hablar del día siguiente en toda la noche pero, siendo realistas, quizá fuera demasiado pedir.

– Bien -contesté.

– ¿Estás nerviosa?

Medité la respuesta antes de hablar. Aquella situación era una insensatez a muchos niveles. Probablemente debería haber estado paralizada de miedo.

– No -respondí-. Estoy inquieta.

Noté a Sam asentir por encima de mi coronilla. Me acariciaba el cabello con una mano, lenta y tranquilizadoramente, pero notaba su pecho rígido como el cartón contra el mío, como si estuviera conteniendo la respiración.

– Detestas esta idea, ¿no es cierto? -le pregunté.

– Sí -contestó Sam sin alterarse-. Con toda mi alma.

– ¿Y por qué no le pusiste freno? Es tu investigación. Podrías haberte plantado en cualquier momento de haberlo querido.

Su mano se detuvo.

– ¿Quieres que lo haga?

– No -contesté, y eso, al menos, era algo que tenía claro-. Bajo ningún concepto.

– No resultaría fácil a estas alturas. Ahora que esta operación de incógnito ha echado a rodar, es un engendro de Mackey; yo ya no tengo autoridad sobre ella. Pero si has cambiado de opinión, encontraré un modo de…

– No lo he hecho, Sam. Créeme. Simplemente me preguntaba por qué la aprobaste si no te convencía.

Se encogió de hombros.

– Mackey tiene su parte de razón; eso es innegable: no tenemos nada más a lo que aferramos en este caso. Podría ser la única manera de resolverlo.

Sam tiene casos sin resolver en su historial, como todos los detectives, y yo estaba convencida de que podría sobrevivir a otro de ellos, siempre y cuando estuviera seguro de que el homicida no me perseguía a mí.

– El sábado pasado tampoco tenías nada -le rebatí-, y te oponías frontalmente.

Sus manos empezaron a moverse de nuevo, como por inercia.