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– Aquel primer día -dijo al cabo de un momento-, cuando apareciste en la escena del crimen. Estabas tonteando con tu colega, ¿recuerdas? Él se metía con tu ropa y tú te metías con él, casi como solías hacer con… cuando estabas en Homicidios. -Había querido decir Rob. Rob probablemente fuera el mejor amigo que he tenido en toda mi vida, pero tuvimos una pelea colosal y sumamente compleja y dejamos de serlo. Di la vuelta y me apoyé contra el pecho de Sam para mirarlo a la cara, pero él tenía la vista fija en el techo-. Hacía mucho tiempo que no te veía así -continuó-. Hacía mucho que no te veía picarte de ese modo.

– Me temo que he sido una pésima compañía estos últimos meses -me disculpé.

Sonrió ligeramente.

– No me quejo.

Intenté recordar a Sam quejarse sobre algo.

– No -asentí-. Ya lo sé.

– Y entonces el sábado -añadió- nos peleamos y toda la pesca -me dedicó una mirada rápida y me dio un beso en la frente-, pero aun así… Luego me di cuenta de que había sido porque los dos estamos metidos hasta el pescuezo en este caso, porque te importa. Me dio la sensación… -Sacudió la cabeza, mientras buscaba las palabras exactas-. Violencia Doméstica no es lo mismo -aventuró-, ¿verdad?

Yo apenas había hablado sobre Violencia Doméstica. Entonces caí en la cuenta de que todo aquel silencio debió de resultar harto revelador, a su propia manera.

– Alguien tiene que hacerlo -alegué-. Nada es igual que Homicidios, pero Violencia Doméstica no está mal.

Sam asintió y me estrechó entre sus brazos.

– Y luego aquella reunión -continuó-. Hasta entonces me había preguntado si debería hacer valer mi autoridad y echar a Mackey del caso. A fin de cuentas, se trata de un caso de homicidio y fue a mí a quien asignaron como detective en jefe. Así que si me negaba… Pero por el modo en que te vi hablar, con tanto interés, pensando en voz alta… Simplemente me pregunté: ¿por qué debería echarlo a perder?

Aquello no me lo esperaba. Sam tiene una de esas caras que te confunden incluso aunque lo conozcas bien: una cara de campo, con mejillas rojizas y unos ojos grises claros con unas patas de gallo incipientes, tan sencilla y tan franca que podría ocultar cualquier cosa tras ella.

– Gracias, Sam -le agradecí-. Muchas gracias.

Suspiró y noté el alivio en su pecho.

– Quizá saquemos algo bueno de este caso. Nunca se sabe -dijo.

– Pero a ti te gustaría que esa chica hubiera escogido otro lugar para que la mataran -repliqué.

Sam reflexionó un minuto, enroscando uno de mis rizos delicadamente en su dedo.

– Sí -contestó-. Claro que sí. Pero no tiene sentido desear en vano. La realidad es la que es y tan sólo nos queda hacerlo lo mejor que sepamos.

Me miró. Seguía sonriendo, pero había algo más, algo rayano en la tristeza, alrededor de sus ojos.

– Esta semana parecías feliz -añadió sin más-. Me alegra volver a verte feliz.

Me pregunté cómo diablos me soportaba aquel hombre.

– Además, te daría una patada en el culo si empezaras a tomar decisiones por mí -añadí.

Sam sonrió y me pellizcó la punta de la nariz.

– Eso también -dijo-, pequeña arpía.

Pero una sombra seguía oscureciéndole los ojos.

El domingo avanzó rápidamente, tras aquellos largos diez días, como un tsunami que va creciendo hasta estallar por fin. Frank aparecería por casa a las tres del mediodía para colocarme los micros y llevarme a Whitethorn House alrededor de las cuatro y media. Sam y yo dedicamos la mañana a nuestra rutina dominical habituaclass="underline" periódicos y reposadas tazas de té en la cama, ducha, tostadas, huevos y beicon… con aquella idea cerniéndose sobre nuestras cabezas como un inmenso despertador marcando los segundos, aguardando a alcanzar el momento en el que explotar y cobrar vida. En algún lugar del mundo, los amigos de Lexie se preparaban para darle la bienvenida a casa.

Tras el almuerzo, me vestí. Lo hice en el cuarto de baño: Sam seguía en casa y quería hacerlo en privado. Aquellas prendas de ropa se me antojaban una especie de armadura de malla metálica fina confeccionada a mano a mi medida o ropas para alguna ceremonia implacable y secreta. Sólo tocarlas me provocó un cosquilleo en las palmas de las manos.

Ropa interior de algodón blanca lisa con las etiquetas de Penney aún colgadas; unos tejanos descoloridos, gastados por el uso y deshilachados por las costuras; calcetines marrones, botines marrones; una camiseta blanca de manga larga; una chaqueta de ante de color azul celeste, desgastada, pero limpia. El cuello de la chaqueta olía a lirios de los valles y a algo más, una nota cálida, casi demasiado vaga como para reconocerla: la piel de Lexie. En uno de los bolsillos había un recibo de los supermercados Dunne's de unas cuantas semanas atrás, por la compra de unas pechugas de pollo, champú, mantequilla y una botella de ginger-ale.

Una vez vestida, me miré en el espejo de cuerpo entero que había en la puerta. Por un momento no entendí lo que estaba viendo. Y luego, aunque suene ridículo, me entraron ganas de prorrumpir en carcajadas. Me parecía una ironía del destino: llevaba meses vistiéndome con la elegancia de una Barbie ejecutiva y ahora que me había convertido en otra persona finalmente iría a trabajar vestida de mí misma.

– Te queda bien -opinó Sam con una tímida sonrisa cuando salí del cuarto de baño-. Parece ropa cómoda.

Mi maleta esperaba junto a la puerta, como si me dispusiera a partir de viaje; me sentí como si tuviera que comprobar mi pasaporte y los billetes. Frank me había comprado una maleta nueva muy bonita, de las duras, con un discreto refuerzo y un cierre de seguridad con combinación; haría falta un GEO para abrirla. En el interior estaban los enseres de Lexie: monedero, llaves, teléfono móvil, falsificaciones idénticas a los objetos reales; los regalos de sus compañeros de casa; un tubo de plástico de tabletas de vitamina C con la indicación farmacéutica de pastillas de amoxicilina: tomar tres veces al dia bien a la vista. Mi equipo se encontraba en un compartimento aparte: guantes de látex, mi móvil, baterías de recambio para el micrófono, un regimiento de vendas artísticamente manchadas para tirar en la papelera del cuarto de baño cada mañana y cada noche, mi cuaderno de notas, mi placa y mi nueva pistola (Frank me había conseguido un pequeño revólver de mujer del calibre 38 de tacto agradable y mucho más fácil de ocultar que mi Smith & Wesson reglamentaria). También había, hablo en serio, una faja, de esas elásticas que comprimen mucho y que se supone que te realzan la silueta para lucir uno de esos escuetos vestidos negros ajustados. Muchos agentes encubiertos las usan a guisa de funda para el arma. No resulta especialmente cómoda (al cabo de un par de horas tienes la sensación de tener una hendidura con forma de pistola en el hígado), pero disimula bien el bulto. La mera idea de Frank yendo a la sección de lencería de Marks & Spencer y escogiendo aquello hacía que toda esa historia mereciera la pena.

– Das pena -dijo, examinándome con aprobación cuando llegó a la puerta de mi apartamento. Cargaba entre los brazos con un montón de dispositivos electrónicos negros al más puro estilo James Bond: cables, micrófonos y Dios sabe qué; todo lo necesario para cablearme-. Esas ojeras te sientan de fábula.

– Lleva un porrón de noches durmiendo apenas tres horas -me defendió Sam con tirantez a mis espaldas-. Igual que tú y que yo. Y tampoco es que nosotros estemos como dos rosas.

– Eh, que no me estoy metiendo con ella -le aclaró Frank, adelantándonos para ir a depositar todo aquel cargamento sobre la mesilla de centro-. Estoy encantado con ella. Tiene aspecto de haber pasado diez días en cuidados intensivos. Hola, cariño. -El micro era diminuto, del tamaño del botón de una camisa. Se enganchaba en la parte delantera de mi sujetador, entre mis dos pechos-. Hemos tenido suerte de que nuestra joven no fuera amiga de los escotes generosos -apuntó Frank, mientras comprobaba la hora en su reloj-. Ve e inclínate frente al espejo para comprobar que no se vea. -Colocamos la batería donde debería haber tenido la cuchillada, y la pegamos con esparadrapo a mi costado bajo una densa almohadilla de gasa blanca, entre tres y cuatro centímetros por debajo de la cicatriz que aquel camello había dejado en Lexie Madison I. La calidad del sonido, una vez Frank hubo realizado unas pequeñas y complejas operaciones en el material, era cristalina-. Para ti sólo lo mejor, cariño. El radio de transmisión es de once kilómetros, aunque varía en función de las condiciones. Tenemos receptores instalados en la comisaría de Rathowen y en la sala de Homicidios, de manera que estarás cubierta en casa y en Trinity. El único momento en que quedarás sin cobertura es en las idas y venidas de la ciudad, pero es poco probable que alguien te asalte subida a un coche en movimiento. No contarás con vigilancia ocular, de manera que, si tenemos que ver algo, deberás indicárnoslo. Si necesitas pedir socorro con discreción, di «Me duele la garganta» y los refuerzos llegarán a la escena en pocos minutos. Pero procura no pillar un resfriado de verdad o, si lo haces, no te quejes. Contacta conmigo en cuanto puedas, a ser posible cada día.