Ninguno de ellos se movió cuando Frank detuvo el coche y las piedrecillas saltaron bajo las ruedas. Parecían estatuas de un friso medieval, independientes y misteriosas, que transmitieran un mensaje en un código arcano olvidado. Sólo la falda de Abby revoloteaba de manera espontánea a causa de la brisa. Frank volvió la vista por encima de su hombro y me preguntó:
– ¿Lista?
– Sí.
– Buena chica -dijo-. Buena suerte. Allá vamos. Salió del coche y se dirigió al portaequipajes para sacar mi maleta.
– Ten muchísimo cuidado -me aconsejó Sam, casi sin mirarme-. Te quiero.
– Regresaré a casa pronto -respondí. No había modo ni siquiera de tocarle el brazo bajo aquellos ojos impertérritos-. Intentaré llamarte mañana.
Asintió con la cabeza. Frank cerró el maletero de un golpe, con gran estrépito, con un estruendo que rebotó en la fachada de la casa e hizo que los cuervos alzaran el vuelo de los árboles. Luego me abrió la puerta. Salí, llevándome la mano al costado un segundo mientras me enderezaba.
– Gracias, detective -le agradecía a Frank-. Gracias por todo.
Nos dimos un apretón de manos.
– Ha sido un placer -replicó Frank-. Y no se preocupe, señorita Madison: atraparemos a ese tipo.
Levantó el asa de la maleta con un chasquido rápido y me la entregó; y yo la arrastré a través de aquella explanada en dirección a las escaleras y a los demás.
Permanecieron inmóviles. Al irme acercando percibí algo que me desconcertó. Aquellas espaldas rígidas, las cabezas erguidas: una cierta tirantez se extendía entre los cuatro, tan tensa que retumbaba en medio del silencio. Las ruedecillas de mi maleta, que chirriaban sobre la grava, recordaban al sonido de una metralleta en plena acción.
– Hola -los saludé desde la parte baja de la escalinata, con la vista alzada hacia ellos.
Durante un segundo creí que no iban a responderme; ya me habían visto lo suficiente y me pregunté qué demonios se suponía que debía hacer a continuación. Entonces Daniel dio un paso al frente y aquella imagen tembló y se rompió en mil pedazos. Una sonrisa empezó a dibujarse en el rostro de Justin; Rafe se enderezó y levantó un brazo en ademán de saludo, y Abby descendió corriendo los peldaños y me abrazó con fuerza.
– ¡Hola! -exclamó entre risas-, bienvenida a casa.
Le olía el cabello a manzanilla. Deposité la maleta en el suelo y le devolví el abrazo; era una sensación extraña, como si estuviera tocando a una figura salida de un cuadro antiguo, y me sorprendió descubrir que sus omóplatos eran cálidos y sólidos como los míos. Daniel me hizo un mohín con la cabeza por encima de Abby y me alborotó el pelo, Rafe cogió mi maleta y la subió hasta la puerta dándole trompicones con cada peldaño, Justin me daba palmaditas en la espalda, una y otra vez, y yo me eché a reír también. Ni siquiera oí a Frank encender el motor del coche y desaparecer.
Lo primero que pensé al entrar en Whitethorn House fue: «Yo he estado aquí antes». Aquel pensamiento me atravesó como un silbido e hizo que se me enderazara la espalda como un choque de platillos. Claro que aquel maldito lugar me resultaba familiar, después de todas las horas que había pasado contemplando las fotografías y los vídeos, pero no era sólo eso. Era el olor, a madera vetusta y hojas de té y una ligera fragancia a lavanda seca; era la luz que incidía sobre las planchas rayadas del suelo; el modo como el taconeo en los escalones se colaba por el pozo de la escalera y reverberaba tibiamente en los pasillos de la planta superior. Tuve la sensación, y aunque pudiera parecer que me agradó, no fue así, sino que me puso sobrealerta, tuve la sensación, decía, de regresar a casa.
A partir de aquel momento, la mayor parte de la noche es como un tiovivo borroso: colores, imágenes y voces arremolinándose en un estallido demasiado resplandeciente como para mirarlo. Un rosetón y un jarrón de porcelana roto, un taburete frente a un piano y un frutero con naranjas, unos pies corriendo escaleras arriba y una risa aguda. Los dedos de Abby, delgados y fuertes, apretando mi muñeca, conduciéndome al patio interior enlosado que había detrás de la casa, sillas metálicas con arabescos, antiguas mecedoras de mimbre balanceándose por efecto de la suave brisa; un espectacular prado de hierba descendiendo hasta unas altas murallas de piedra semiocultas entre los árboles y la hiedra; el destello de la sombra de un pajarillo sobre el empedrado; Daniel encendiéndome un cigarrillo, con la mano ahuecada alrededor de la cerilla y su cabeza inclinada a centímetros de la mía. El timbre real de sus voces, que yo había escuchado amortiguado por el audio del vídeo, me dejó estupefacta, y sus ojos eran tan claros que casi me abrasaban la piel. En ocasiones todavía me despierto oyendo una de sus voces susurrándome al oído, salida directamente de aquel día: «Ven aquí -me llama Justin-, sal aquí fuera, hace una noche maravillosa» o Abby diciéndome: «Tenemos que decidir qué hacer con el jardín de hierbas aromáticas, pero te estábamos esperando…». Entonces me despierto y se desvanecen.
Supongo que yo también hablé en algún momento, pero apenas recuerdo mis palabras. Tan sólo recuerdo haber intentado vencer el peso sobre los dedos de los pies, tal como hacía Lexie, agudizar el tono de mi voz para adecuarlo a su registro, mantener los ojos, los hombros y el humo en los ángulos correctos, intentar no mirar mucho a mi alrededor, no moverme demasiado rápido sin hacer un gesto de dolor, no decir ninguna idiotez e intentar no tropezar con los muebles. Ah, y allí estaba de nuevo el regusto del incógnito en mi lengua, su tacto acariciando el vello de mis brazos. Creía que recordaba qué se sentía, cada detalle, pero me equivocaba: los recuerdos no son nada, suaves como la gasa frente a la finura afiladísima y despiadada de esa hoja de acero, bella y letal, que te rebana hasta el hueso al menor desliz.
Aquella noche me sobrecogió. Si alguna vez ha soñado con entrar en su libro, en su película o en su programa televisivo favorito, entonces quizá se haga una idea de lo que sentí: los objetos cobrando vida a mi alrededor, extraños y nuevos y totalmente familiares al mismo tiempo; mi corazón deteniéndose sobresaltado al avanzar por aquellas estancias con una presencia tan vivida y al tiempo insondable en mi memoria; mis pies deslizándose por la moqueta; mis pulmones respirando ese aire; la inquietante e íntima calidez que se siente cuando esas personas a quienes has estado contemplando durante tanto tiempo, tan lejanas, abren su círculo y te dejan entrar en él. Abby y yo nos mecimos en el balancín perezosamente; los muchachos entraban y salían a través de las puertas cristaleras que separaban el patio de la cocina, mientras preparaban la cena (el olor a patatas asadas y el chisporroteo de la carne me despertaron el apetito), llamándonos. Rafe salió, se apoyó en el respaldo del columpio, entre nosotras, y le dio una calada al pitillo de Abby. El cielo, de color oro rosado, empezaba a oscurecerse y a poblarse de grandes nubes parecidas al humo de un fuego arrasador lejano; el aire, frío, olía a hierba y a tierra y a plantas que crecían.
– ¡La cena está lista! -gritó Justin, por encima de un repiqueteo de platos.
La larga mesa repleta de comida, inmaculada con su grueso mantel de damasco rojo y sus servilletas blancas como la nieve; los candelabros entrelazados con tallos de hiedra, las llamas resplandeciendo en miniatura en las curvas de las copas, reflejándose en la plata, haciendo señas en las ventanas oscuras como un fuego fatuo. Y ellos cuatro, arrastrando sillas de respaldo alto, con sus pieles tersas y sus ojos oscurecidos por efecto de la confusa luz dorada. Daniel presidiendo la mesa y Abby en el extremo opuesto, Rafe a mi lado y Justin frente a nosotros. En persona, la sensación de ceremonia que había percibido en los vídeos y en los apuntes de Frank resultaba tan intensa como el incienso. Era como sentarse en un banquete, en un consejo de guerra, en un juego de ruleta rusa en un torreón solitario.