– No tengo ni idea -respondió él ligeramente sorprendido-. Supongo que donde tú lo guardes.
Luego dio otro pinchazo a su solomillo.
Los chicos recogieron la mesa; Abby y yo permanecimos sentadas, fumando en medio de un silencio que empezaba a antojárseme cordial. Oí a alguien trajinando en el salón, oculto tras las amplias puertas correderas y un olor a madera quemada se filtró hasta nosotras.
– ¿Qué te apetece? ¿Una noche tranquilita? -preguntó Abby observándome por encima de su cigarrillo-. ¿Un poco de lectura?
La cena daba paso al tiempo libre: jugar a las cartas, música, lectura, conversaciones, adecentar la casa poco a poco. Leer me pareció la opción más sencilla con diferencia.
– Una idea estupenda -dije-. Tengo que ponerme al día con la tesis.
– Relájate -me tranquilizó Abby, con otra de esas sonrisitas chuecas-. Acabas de llegar a casa. Tienes todo el tiempo del mundo.
Apagó la colilla y abrió las puertas correderas de par en par.
El salón era inmenso y, contra todo pronóstico, maravilloso. Las fotografías únicamente habían captado su vetustez, pero no la atmósfera general. Techos altos con molduras en los bordes; anchas tablas de madera cubriendo el suelo, sin barnizar y llenas de nudos; un papel pintado con un estampado de flores espantoso que comenzaba a pelarse por algunos puntos y dejaba a la vista las capas inferiores: una a rayas rojas y doradas, y otra de un tono blanco roto apagado, como de seda. El mobiliario era disparejo y antiguo: una mesa de juego llena de rozaduras, sillones de brocado descolorido, un largo sofá con pinta de incómodo, estanterías repletas de libros encuadernados en cuero destrozados y muchos otros con cubierta de papel de tonos vivos. No había ninguna luz cenital, sólo lámparas de pie y el fuego crepitando en una gigantesca chimenea de hierro forjado, proyectando sombras feroces que se deslizaban entre las telarañas de los rincones del techo. Aquella estancia era un caos, pero yo me enamoré perdidamente de ella aun antes de franquear la puerta.
Los sillones parecían cómodos y estaba a punto de acomodarme en uno de ellos cuando mi mente pisó a fondo el freno. Casi podía oír el latido de mi corazón. No tenía ni idea de dónde solía sentarme; se me había olvidado por completo. La comida, las bromas fáciles, el silencio confortable con Abby: me había relajado.
– Enseguida vuelvo -me excusé, y me oculté en el lavabo para dejar que los otros me allanaran el terreno sentándose en sus lugares de costumbre y para aguardar a que mis rodillas dejaran de temblar.
Cuando pude volver a respirar con normalidad, mi cerebro volvió en sí y supe cuál era mi sitio: una butaca victoriana baja que había a un flanco de la chimenea. Frank me la había mostrado en un montón de fotografías. Eso lo sabía. Habría sido así de fáciclass="underline" sentarse en el asiento equivocado. Apenas cuatro horas. Justin alzó la vista, con un leve fruncido de preocupación en el entrecejo, cuando regresé al salón, pero nadie dijo nada.
Mis libros estaban esparcidos sobre una mesa baja junto a mi butaca: gruesas referencias históricas, un ejemplar sobado y con las esquinas gastadas de Jane Eyre abierto boca abajo sobre una libreta de rayas, una novela barata que empezaba a amarillear titulada Vestida para matar de Rip Corelli (supuse que no guardaba relación con la tesis, pero quién sabía) con una fotografía en la portada de una mujer de silicona vestida con una falda con raja y con una pistola en la liga («¡Atraía a los hombres como la miel a las abejas… y luego les clavaba el aguijón!»). Mi bolígrafo, un anodino bolígrafo azul mordisqueado por la parte de atrás, seguía allí, donde yo lo había dejado, a media frase, aquel miércoles por la noche.
Observé al resto por encima de mi libro en busca de señales de tensión nerviosa, pero todos se habían sumido en su lectura con una concentración instantánea, propia de la costumbre, que me resultó casi amedrentadora. Abby, sentada en un sillón con los pies apoyados en uno de los escabeles bordados (probablemente su proyecto de restauración), pasaba las hojas con brío mientras se enredaba un mechón de pelo en un dedo. Rafe estaba sentado al otro lado de la chimenea, frente a mí, en la otra butaca; de vez en cuando bajaba el libro y se inclinaba hacia delante para atizar el fuego o añadir otro leño. Justin estaba tumbado en el sofá con su cuaderno de notas apoyado en el pecho, garabateando, y de vez en cuando murmuraba algo o se enfurruñaba consigo mismo o chasqueaba la lengua con un sonido de desaprobación. Había un tapiz deshilachado de una escena de caza en la pared, encima de él; habría tenido que parecer incongruente allí debajo, con sus pantalones de pana y sus gafitas sin montura, pero por algún motivo no era así, en absoluto. Daniel estaba sentado a la mesa de juego, con su cabeza morena agachada bajo el resplandor de una lámpara alta, y únicamente se movía para avanzar las páginas, a un ritmo deliberadamente pausado. Las pesadas cortinas de terciopelo verde estaban descorridas e imaginé la estampa que debíamos de ofrecer a un espectador oculto en la oscuridad del jardín; cuán arropados y seguros debíamos de parecer a la luz de aquel fuego, tan concentrados; cuán brillantes y sosegados, como salidos de un sueño. Por un segundo, punzante y desconcertante, envidié a Lexie Madison.
Daniel notó mis ojos posados en él; levantó la cabeza y me sonrió desde el otro lado de la mesa. Aquélla fue la primera vez que lo vi sonreír, y lo hacía con una dulzura grave e inmensa. Volvió a agachar la cabeza para retomar su lectura.
Me acosté temprano, alrededor de las diez, en parte porque era un rasgo de mi personaje y en parte porque Frank estaba en lo cierto: estaba extenuada. Tenía la sensación de haber sometido mi cerebro a un triatlón. Cerré la puerta del dormitorio de Lexie (perfume a lirios del valle, un torbellino sutil ascendiendo en volutas sobre mi hombro y alrededor del cuello de mi camiseta, curioso y observador) y me recosté en ella. Había llegado a pensar que no acabaría por acostarme aquella noche, que me deslizaría por la puerta y me quedaría dormida antes de pisar siquiera la alfombra. Aquello era mucho más duro de lo que recordaba, y no creo que fuera porque me estuviera haciendo vieja o perdiendo facultades o por ninguna de las atractivas posibilidades adicionales que O'Kelly habría sugerido. La vez anterior había sido yo quien había tenido la última palabra y quien había decidido con quién quería relacionarme, durante cuánto tiempo y con qué grado de intensidad. Pero en esta ocasión Lexie lo había decidido todo por mí y no me quedaba otra alternativa: tenía que seguir sus instrucciones al pie de la letra y estar al tanto de todo y en todo momento, como si ella me dirigiera dándome órdenes a través de un pinganillo.
Yo ya había tenido esa sensación anteriormente, en algunas de las investigaciones que menos me habían gustado: la sensación de que otra persona llevaba la batuta. La mayoría de esos casos no habían terminado bien. Pero en todos ellos esa otra persona había sido el asesino, un ser petulante que siempre nos sacaba tres pasos de ventaja. Nunca me había enfrentado a un caso donde esa otra persona fuera la víctima.
Pese a ello, había algo que me resultaba más fácil. La última vez, en el University College de Dublín, cada palabra que salía de mi boca me dejaba un poso amargo, un regusto a estar diciendo algo sucio y equivocado, como un pan recubierto de moho. Como ya he dicho, no me gusta mentir. En esta ocasión, en cambio, mis palabras no habían dejado en su estela más que el sabor a algodón limpio de la verdad. Y la única explicación que le encontraba es que me estaba autoengañando de lo lindo (la racionalización es un don de todo agente secreto) o que, de un modo enrevesado mucho más profundo y seguro que la realidad ineludible, no estaba mintiendo. Y mientras lo hiciera bien, prácticamente todo lo que dijera sería la verdad, tanto de Lexie como mía. Resolví que lo más sensato sería apartarme de aquella puerta y meterme en la cania antes de empezar a analizar en detalle cualquiera de ambas posibilidades.