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La habitación de Lexie estaba en la planta superior, en la parte posterior de la casa, frente a la de Daniel y encima de la de Justin. Era de dimensiones medianas, con el techo bajo, unas cortinas blancas lisas y una cama individual con estructura de hierro forjado desvencijada que crujió como un mangle viejo cuando me senté en ella (si Lexie había logrado quedarse embarazada en aquel catre, tenía todos mis respetos). El edredón, de color azul celeste, estaba recién planchado; alguien me había cambiado las sábanas. Lexie no tenía demasiados muebles: una estantería, un armario de madera estrecho con unas prácticas etiquetas de estaño en las estanterías para indicar dónde iba cada cosa (sombreros, medias), una birria de lámpara de plástico sobre una birria de mesilla de noche, y un tocador de madera con unos pergaminos polvorientos y un espejo de tres lunas que reflejaba mi rostro en ángulos confusos y me espeluznaba de todas las maneras predecibles. Me planteé cubrirlo con una sábana o algo por el estilo, pero habría tenido que ofrecer alguna explicación al respecto y, de todas maneras, no me habría desprendido de la sensación de que el reflejo seguiría existiendo por debajo, inmutable.

Abrí la maleta, manteniendo el oído aguzado por si oía algún ruido en las escaleras, y saqué mi nueva pistola y el rollo de esparadrapo para mis vendajes. Ni siquiera en casa duermo sin tener la pistola a mano; es una vieja costumbre y no me parecía que aquél fuera precisamente el momento de abandonarla. Enganché la pistola a la parte posterior de la mesilla de noche con el esparadrapo, de manera que quedara fuera de la vista, pero al alcance de mi mano. No había ni una telaraña ni una delgada película de polvo detrás de aquella mesilla: la policía científica me había precedido.

Antes de enfundarme el pijama azul de Lexie me arranqué el vendaje falso, me solté el micro y escondí todo aquel tinglado en el doble fondo de mi maleta. A Frank le daría un berrinche de campeonato, pero no me importaba; tenía mis motivos para hacerlo.

Irse a dormir la primera noche de una misión de incógnito es algo que no se olvida nunca. Durante todo el día uno ha estado sometido al más férreo y reconcentrado de los controles, observándose a sí mismo con la misma perspicacia e implacabilidad con que observa todo y a todos los que le rodean. Pero cuando se abate la noche y uno se tumba solo en un colchón extraño en un dormitorio donde el aire huele diferente, no le queda otra alternativa que abrir las manos y dejar escapar la tensión, sumirse en un sueño profundo y en la vida de otra persona como un guijarro se hunde a través de las frías aguas verdosas de un río. Incluso la primera vez uno sabe que en ese segundo algo irreversible empezará a ocurrir y que por la mañana se despertará siendo otro. Y yo necesitaba adentrarme en ese otro yo desnuda, con nada salvo mi propia vida en mi cuerpo, tal como los hijos de los leñadores en los cuentos de hadas se desprenden de sus amuletos antes de entrar en el castillo encantado, tal como los devotos de las antiguas religiones participaban desnudos en sus ritos iniciáticos.

Encontré una edición antigua ilustrada, bellísima y frágil de los cuentos de los hermanos Grimm en la estantería y me la llevé a la cama conmigo. Los otros se la habían regalado a Lexie en su cumpleaños del año anterior: en la guarda se leía, en una caligrafía inclinada y fluida escrita con pluma (la caligrafía de Justin, estaba casi segura): «3/1/04. Feliz cumpleaños, JOVENCITA (¡a ver si creces de una vez!). Con cariño», y los cuatro nombres.

Me senté en la cama con el volumen sobre las rodillas, pero era incapaz de leer. Esporádicamente, los rápidos y apagados ritmos de la conversación ascendían desde el salón y, al otro lado de la ventana, el jardín rebosaba vida: el viento en las hojas, un lobo aullando y un búho a la caza, susurros y reclamos y escaramuzas por doquier. Me senté, eché un vistazo alrededor de la extraña habitacioncita de Lexie Madison, y escuché.

Poco antes de la medianoche, las escaleras crujieron y alguien llamó discretamente con los nudillos a mi puerta. Del susto casi me estampo con el techo, agarré mi mochila para asegurarme de que estaba cerrada con cremallera y dije:

– Entra.

– Soy yo -dijo Daniel o Rafe o Justin, al otro lado de la puerta, con voz demasiado baja para poder discernir quién era-. Sólo quería desearte buenas noches. Nos vamos a dormir.

El corazón me latía a mil por hora.

– Buenas noches -contesté-. Felices sueños.

Las voces subían y bajaban por los largos tramos de escaleras, inidentificables y entrelazadas como un coro de grillos, suaves como dedos sobre mi cabello. «Buenas noches -me deseaban-, buenas noches, que duermas bien. Bienvenida a casa, Lexie. Sí, bienvenida. Buenas noches. Dulces sueños.»

Dormí con sueño ligero, aguzando el oído. En algún momento de la noche me desvelé por completo, en un instante. Al otro lado del pasillo, en la habitación de Daniel, alguien susurraba.

Contuve el aliento, pero debido al grosor de las puertas lo único que pude discenir fue un murmullo sibilante en la oscuridad, no palabras ni voces. Saqué el brazo de debajo del edredón y, con mucho sigilo, comprobé el móvil de Lexie, que estaba en la mesilla de noche. Eran las 3.17.

Seguí el débil rastro doble de los susurros, tejiéndose entre los chillidos de los murciélagos y las ráfagas de viento, durante largo rato.

Dos minutos antes de las cuatro de la madrugada escuché el lento chirrido de una manilla al girar y luego el cauteloso clic de la puerta de Daniel al cerrarse. Una exhalación al otro lado del rellano, casi imperceptible, como una sombra moviéndose en la oscuridad; y luego, nada.

Capítulo 6

Me despertaron unos pasos descendiendo ruidosamente las escaleras. Estaba soñando, un sueño oscuro e inquietante, y tardé un instante en aclararme el pensamiento y figurarme dónde estaba. Mi revólver no estaba junto a la cama, lo busqué a tientas y empecé a inquietarme, hasta que recordé dónde lo había guardado.

Me senté en la cama. Según parecía, al final no me habían envenenado; me encontraba bien. Un olor a fritanga empezaba a colarse por debajo de mi puerta y escuché el brioso ritmo matutino de voces en algún punto de la planta inferior. ¡Joder! Me había perdido la preparación del desayuno. Hacía mucho tiempo que no lograba dormir más allá de las seis de la madrugada, así que ni me había molestado en programar el despertador de Lexie. Volví a colocarme el vendaje con el micro, me embutí en los tejanos, en una camiseta y en un jersey mastodóntico que parecía haber pertenecido a uno de los muchachos (el ambiente era gélido), y bajé.

La cocina se encontraba en la parte posterior de la casa y había mejorado muchísimo desde la película de terror de Lexie. Se habían deshecho del moho, de las telarañas y del linóleo mugriento y, en su lugar, había un suelo enlosado, una mesa de madera bien restregada y una maceta con geranios desgreñados en el alféizar, junto al fregadero. Abby, con una bata de estar por casa de franela roja y con la capucha puesta, daba la vuelta a unas lonchas de beicon y salchichas en la sartén. Daniel estaba sentado a la mesa, completamente vestido, y leía un libro que mantenía abierto con ayuda de su plato mientras se comía unos huevos fritos con un deleite metódico. Justin cortaba su tostada en triángulos entre quejas.

– De verdad que nunca he visto nada parecido. La semana pasada sólo dos de ellos se habían leído las lecturas obligatorias; el resto se limitó a permanecer sentado, mirando y mascando chicle, como si fueran un ganado de vacas. ¿Seguro que no quieres que intercambiemos nuestros puestos, aunque sólo sea por hoy? Quizá tú lograras sacarles algo más…

– No -respondió Daniel sin molestarse siquiera en alzar la vista.

– Pero tus alumnos están con los sonetos. Y yo sé componer sonetos. De hecho, soy muy bueno rimando.