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Su sonrisa se ensanchó.

– Me lo imagino. Estoy seguro de que has sido una paciente modélica. -Se inclinó sobre el fogón y volcó la cafetera para comprobar si quedaba algo de café-. ¿Qué recuerdas exactamente del incidente?

Mientras se vertía el café, me observaba; su mirada era serena, de franco interés, apacible.

– ¡Nada de nada! -exclamé-. Se me ha olvidado todo de ese día, así como fragmentos de mi vida anterior. Creía que la poli os lo había explicado.

– Sí, lo hizo -confirmó Daniel-, pero eso no significa que sea verdad. Tal vez tuvieras tus motivos para mentirles.

Me quedé atónita.

– ¿Como qué?

– No tengo ni idea -contestó Daniel, al tiempo que dejaba con cuidado la cafetera de nuevo sobre el fogón-. Pero espero que, si recuerdas algo y no estás segura de si es una buena idea explicárselo a la policía, no tienes por qué lidiar con ello sola; no dudes en hablar conmigo o con Abby, ¿entendido?

Le dio un sorbo a su café, apoyado en la encimera con los pies cruzados, mientras me observaba con calma. Empezaba a entender qué había querido decir Frank al afimar que aquellos cuatro individuos eran de lo más enigmático. La expresión de Daniel tan pronto podía revelar que venía de ensayar con su coro como que acababa de asesinar a hachazos a una docena de huérfanos.

– Claro, no lo dudes -contesté-. Pero lo único que recuerdo es regresar a casa de la universidad el miércoles por la noche y luego sentirme muy, muy enferma, postrada en aquella cama, y eso ya se lo he explicado a la policía.

– Huumm -murmuró Daniel. Empujó el cenicero hacia mi lado de la mesa-. La memoria es tan extraña… Déjame preguntarte algo: si tuvieras que…

Pero justo entonces Abby descendió taconeando por las escaleras, aún canturreando, y Daniel sacudió la cabeza, se puso en pie y se palpó los bolsillos para comprobar si lo llevaba todo.

Los despedí desde las escaleras mientras Daniel encaraba el coche hacia el camino de acceso, describiendo un arco rápido y experto, y luego desaparecía entre los cerezos. Cuando tuve la certeza de que se habían ido, cerré la puerta y permanecí de pie, inmóvil, en el vestíbulo, escuchando aquella casa silenciosa. La noté acomodarse, con un largo susurro como arenas movedizas, a la espera de ver cuál sería mi siguiente movimiento.

Me senté a los pies de las escaleras. Habían arrancado la moqueta que las cubría, pero ahí había acabado toda remodelación; una ancha banda sin barnizar recorría cada uno de los peldaños, polvorientos y desgastados bajo generaciones de pisadas. Me apoyé contra el poste de arranque, moví la espalda hasta encontrar una postura cómoda y empecé a pensar en aquel diario.

De haber estado en el dormitorio de Lexie, la policía científica lo habría encontrado. Eso me dejaba el resto de la casa, el jardín al completo y el interrogante de qué había en él que la había incitado a esconderlo incluso de sus mejores amigos. Durante un segundo creí oír la voz de Frank en la sala de la brigada: «Cauta con sus amistades y mucho más aún con sus secretos».

La otra posibilidad era que Lexie lo hubiera llevado encima, que lo tuviera en un bolsillo cuando murió y el asesino se hubiera apropiado de él. Eso explicaría por qué se había tomado su tiempo y corrido el riesgo de perseguirla (de arrastrarla a cubierto en medio de la oscuridad y recorrer rápidamente con sus manos su cuerpo inerte, palpándole los bolsillos, tiesos por la lluvia y la sangre seca): tal vez necesitara aquel diario.

Eso encajaba con lo que yo sabía de Lexie (que era una persona celosa de su intimidad), pero a nivel práctico aquel diario habría tenido que ser muy pequeño y la habría obligado a cambiárselo de bolsillo cada vez que se mudara de ropa. Encontrar un escondrijo le habría resultado más sencillo y más seguro. Algún lugar donde resguardarlo de la lluvia y de un descubrimiento fortuito, algún lugar donde pudiera ir siempre que quisiera, sin llamar la atención de nadie, algún lugar que no fuera su dormitorio.

Había un aseo en la planta baja y un baño completo en el primer piso. Primero comprobé el aseo, pero aquel cuartucho tenía las dimensiones de un ropero y, una vez hube revisado el interior de la cisterna, básicamente mis opciones se habían agotado. El cuarto de baño principal era amplio, con baldosas de los años treinta y una bañera desconchada con una cenefa ajedrezada a cuadritos blancos y negros, y ventanas de vidrio transparente con unas cortinas de tul hechas jirones. Cerré la puerta con pestillo.

No había nada dentro de la cisterna ni detrás de ella. Me senté en el suelo y levanté el panel de madera que revestía el lateral de la bañera. Se desprendió con facilidad; se oyó un ruido como de rozadura, pero nada que no pudiera emitir el agua corriente o una cisterna al accionarse. Debajo había una maraña de telarañas, excrementos de ratones, barridos de huellas dactilares en el polvo y, escondida en un rincón, una libretita roja.

Me faltaba el aire como si hubiera estado corriendo. Aquello no me gustaba; no me gustaba el hecho de que, con tantas hectáreas por explorar, hubiera ido directa al escondrijo de Lexie como si no me quedara más remedio. A mi alrededor, la casa parecía haberse reducido, estrechado e inclinado sobre mi hombro; me observaba, atenta.

Subí a mi dormitorio, al dormitorio de Lexie, a buscar mis guantes y una lima de uñas. Luego me senté en el suelo del cuarto de baño y, con sumo cuidado, sosteniéndola por los bordes, saqué la libretita. Utilicé la lima de uñas para pasar las páginas. Antes o después, la policía científica necesitaría tomar las huellas de aquel hallazgo.

Había anhelado encontrar un diario lleno de confesiones, pero debería haber previsto que no sería así. Se trataba simplemente de una agenda encuadernada con cuero falso y con una página por día. Los primeros pocos meses estaban repletos de citas y recordatorios redactados con aquella caligrafía rápida y redonda de Lexie: «Lechuga, brie, sal de ajo; n tut Sala 3017; fact, electricidad; pedir a D libro Ovidio». Cosas triviales, inocuas, y leerlas solamente me provocó más sospechas. Cuando una es detective se acostumbra a invadir la privacidad de todo el mundo por todos los medios imaginables: había dormido en la cama de Lexie y vestía sus ropas, pero aquello… aquello eran los residuos diarios de su vida, era algo que había escrito para sí misma, y sentía que no tenía derecho a leerlo.

En los últimos días de marzo, no obstante, algo cambió. Las listas de la compra y los horarios de las tutorías se desvanecieron y las páginas quedaron en blanco. Sólo había tres notas, con una caligrafía dura y puntiaguda. El 31 de marzo: 10.30 N. El 5 de abriclass="underline" 11.30 N. Y el día 11, dos días antes de su muerte: 11 N.

No había ninguna «N» ni en enero ni en febrero; ninguna mención hasta esa cita de finales de marzo. La lista de amigos, conocidos y saludados de Lexie no era excesivamente larga y, por lo que alcanzaba a recordar, no incluía a nadie cuyo nombre empezara por N. ¿Sería un apodo? ¿Un lugar? ¿Una cafetería? ¿Alguien de su antigua vida, tal como había apuntado Frank, que reflotaba a la superficie de la nada y barría el resto de su mundo?

En los últimos dos días de abril había un listado de letras y números, con la misma caligrafía furiosa. AMS 79, LHR 34, EDI 49, CDG 59, ALC 104. ¿Puntuaciones de algún juego, sumas de dinero que había prestado o pedido prestado? Las iniciales de Abby eran AMS (Abigail Marie Stone), pero las otras no encajaban con las de nadie de la lista de ACS. Las observé atentamente un rato, pero lo único a lo que me recordaban era a los números de las matrículas de los coches clásicos y, por mucho que me esforzara, no alcanzaba a imaginar por qué Lexie iba a andar anotando matrículas de coches y, de hacerlo, por qué iba eso a ser un secreto de Estado.