La planta superior albergaba mi dormitorio, el de Daniel y otras dos habitaciones más. La situada al lado de la de Daniel estaba llena de muebles viejos derribados en montones separados como si un terremoto hubiera arrasado la estancia: unas sillas grisáceas demasiado pequeñas que nunca llegaron a usarse, una vitrina cuyo aspecto parecía un vómito del movimiento rococó al completo y todas las porquerías imaginables en la franja media del espectro. Saltaba a la vista que se habían retirado algunos muebles aquí y allá (había marcas y huecos vacíos), probablemente para acondicionar las habitaciones cuando los cinco se habían mudado a la casa. Lo que quedaba estaba recubierto por unos cuantos dedos de polvo pegajoso. El cuarto situado junto al mío contenía trastos más rudimentarios: una bolsa de agua caliente de piedra toda agrietada, unas botas militares verdes con costras de barro, un cojín tapizado con un motivo de ciervos y flores roído por los ratones y pilas tambaleantes de cajas de cartón y maletas de piel viejas. Alguien había empezado a revisar todo aquello y no hacía mucho tiempo de ello: había huellas dactilares en las tapas de algunas maletas, una incluso desempolvada y semilimpia, y contornos misteriosos en rincones y en las cajas de las que habían sacado objetos. También había marañas de pisadas en las polvorientas tablas del suelo.
Si alguien quisiera ocultar algo, un arma homicida, alguna clase de prueba o una antigüedad pequeña y de gran valor, aquél no sería un mal lugar. Revisé todas las cajas que habían abierto con anterioridad, procurando no tocar las huellas dactilares, por si acaso, pero estaban llenas hasta los topes de páginas y más páginas de unos garabatos rezongones realizados con pluma estilográfica. Imaginé que alguien, supuestamente el tío abuelo Simon, se había pasado la vida escribiendo la historia de la estirpe de los March. Los orígenes de los March eran ancestrales; las fechas se remontaban hasta 1734, año en que se había construido la casa, pero al parecer no habían hecho nada más interesante que casarse, comprar un pura sangre e ir perdiendo poco a poco la mayoría de sus propiedades.
La habitación de Daniel estaba cerrada con llave. Los conocimientos prácticos que Frank me había enseñado incluían abrir una cerradura, y aquélla parecía bastante sencilla, pero ya me sentía bastante inquieta con el asunto de la agenda y aquella puerta no hizo sino aumentar más si cabe mi desasosiego. No tenía manera de saber si Daniel siempre cerraba su habitación con llave o si lo había hecho sólo porque yo estaba allí. De súbito tuve la certeza de que me había dejado alguna trampa, un pelo en el marco, un vaso de agua por dentro, que me delataría si entraba.
Acabé con el dormitorio de Lexie; ya lo habían registrado, pero quería hacerlo por mí misma. A diferencia del tío Simon, Lexie no almacenaba nada. La habitación no estaba exactamente ordenada (los libros estaban puestos de cualquier manera en los estantes, en lugar de alineados, y casi toda su ropa estaba apilada en la base del armario; debajo de la cama había tres paquetes de cigarrillos vacíos, la mitad de una chocolatina y una página arrugada de apuntes sobre Villette), pero era demasiado austera para ser caótica. No había adornos, ni resguardos de compras, ni tarjetas de cumpleaños ni flores secas; tampoco había fotografías; los únicos recuerdos que había querido conservar eran los vídeos de su teléfono móvil. Hojeé todos los libros y revisé absolutamente todos los bolsillos, pero aquella habitación no me reveló nada.
Pese a ello, transmitía aquella misma sensación de permanencia. Lexie había realizado pruebas de color para la pintura de la pared junto a la cama, con brochazos anchos y rápidos: ocre, rosa palo, azul porcelana. Me volvió a recorrer un escalofrío de envidia. «¡Que te jodan! -le grité a Lexie dentro de mi cabeza-. Quizá tú viviste aquí más tiempo, pero a mí me pagan por ello.»
Me senté en el suelo, saqué mi móvil de la mochila y telefoneé a Frank.
– Hola, cariño -me saludó al segundo timbrazo-. ¿Qué? ¿Ya te han pillado?
Estaba de buen humor.
– Sí -contesté-. Lo siento mucho. Venid a sacarme de aquí.
Frank soltó una carcajada.
– ¿Cómo va?
Activé el altavoz, dejé el teléfono en el suelo a mi lado y volví a guardar los guantes y mi cuaderno en la mochila.
– Bien, supongo. No creo que ninguno de ellos sospeche nada.
– ¿Por qué iban a sospechar? Nadie en su sano juicio creería que algo así puede ocurrir. ¿Tienes algo para mí?
– Están todos en la universidad, así que le he echado un vistazo rápido a la casa. No hay ningún cuchillo sangriento ni ropas manchadas de sangre ni Renoirs ni confesiones firmadas. Ni siquiera hay un alijo de hachís o una revista porno. Para ser estudiantes, son de una castidad enfermiza.
Mis vendajes estaban en paquetes cuidadosamente numerados, de manera que las manchas fueran reduciéndose a medida que la herida supuestamente fuera curándose, por si acaso a alguien con la mente muy retorcida se le ocurría revisar la papelera (en este trabajo uno contempla todo tipo de rarezas). Encontré un vendaje con el número «2» rotulado y lo saqué del envoltorio. Quienquiera que hubiera hecho aquella mancha vivía la vida con entusiasmo.
– ¿Algún rastro de ese diario? -quiso saber Frank-. El famoso diario que Daniel tuvo a bien mencionarte a ti, pero no a nosotros.
Me recosté contra la estantería, me levanté la camiseta y me arranqué el vendaje viejo.
– Si está en la casa -contesté-, alguien lo ha escondido muy bien.
Frank emitió un soplido evasivo.
– O bien tú estabas en lo cierto y el asesino se lo arrebató una vez muerta. En cualquier caso, es interesante que Daniel y compañía sintieran la necesidad de mentir con respecto a eso. ¿Alguno de ellos se comporta de manera sospechosa?
– No. Todos estaban algo incómodos al principio, pero es normal. Básicamente, percibo que están contentos de que Lexie esté de nuevo con ellos.
– Sí, eso me pareció por lo que oí a través del micrófono. Y esto me recuerda… -añadió-. ¿Qué sucedió anoche, después de que subieras a tu habitación? Te oía hablar, pero no lograba entender tus palabras con claridad.
Su voz tenía otro tono, y no era alegre. Dejé de alisarme los bordes del nuevo vendaje.
– Nada. Nos dimos las buenas noches.
– Encantador -opinó Frank con cinismo-. Siento habérmelo perdido. ¿Dónde estaba tu micro?
– En mi mochila. Se me clava la batería cuando duermo.
– Pues duerme boca arriba. Tu puerta no se cierra con pestillo.
– La atranco con una silla.
– Claro, perfecto. Ésa es toda la cobertura que necesitas. ¡Por el amor de Dios, Cassie!
Prácticamente podía verlo pasándose la mano libre por el cabello, con furia, y caminando de arriba abajo por la habitación.
– ¿Qué pasa, Frank? La última vez ni siquiera tenía que llevar el micro a menos que estuviera haciendo algo interesante. ¿Tanta importancia tiene si hablo en sueños o no?