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– La última vez no estabas conviviendo con sospechosos. Es posible que esos cuatro no encabecen nuestra lista, pero aún no los hemos descartado. A menos que estés en la ducha, lleva ese micro pegado al cuerpo. ¿Quieres que hablemos de la última vez? Si el micro hubiera estado en tu mochila y no lo hubiéramos oído, estarías muerta. Te habrías desangrado antes de que lográramos dar contigo.

– Vale, vale -rezongué-. Ya lo pillo.

– ¿Me has entendido? Pegado al cuerpo en todo momento. Nada de chorradas.

– Entendido.

– Está bien -continuó Frank, algo más sosegado-. Tengo un regalito para ti. -Me pareció poder ver su sonrisa burlona: se había reservado el premio para después de la bronca-. Les he seguido la pista a todos los ACS de nuestra primera Lexie Madison Extravaganza. ¿Te acuerdas de una chica llamada Victoria Flarding?

Corté con los dientes un trozo de esparadrapo.

– ¿Debería?

– Más bien alta, delgada, con una larga melena rubia. Hablaba como una cotorra. ¿No la recuerdas?

– Ah, claro -contesté, mientras me pegaba el vendaje-. Vicky la Lapa. ¡Vaya alud de pasado!

Vicky la Lapa estudiaba conmigo en el University College de Dublín, no recuerdo qué materia. Tenía los ojos azules y vidriosos, llevaba un montón de accesorios combinados y tenía una capacidad frenética e ilimitada de pegarse como una lapa a cualquiera que pudiera resultarle de utilidad, principalmente chicos ricos y chicas amantes de las fiestas. Por algún motivo decidió que yo era lo bastante guay hasta el punto de merecer su compañía, o quizá simplemente pretendiera que le suministrara las drogas gratis.

– Esa misma. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella?

Cerré con llave mi maleta y la metí debajo de la cama mientras intentaba acordarme. Vicky no era del tipo de persona que deja una impresión duradera.

– Quizás unos días antes de que me sacarais, no lo recuerdo con exactitud. Desde entonces la he visto por Dublín un par de veces, pero siempre la he esquivado.

– Es curioso -señaló Frank, con esa sonrisa rapaz filtrándose en su voz-, porque ella ha hablado contigo hace mucho menos tiempo. De hecho, mantuvisteis una larga y agradable conversación a principios de enero de 2002; se acuerda de la fecha porque venía de las rebajas de invierno y se había comprado un abrigo de un diseñador de renombre muy bonito, que te enseñó. Según parece estaba confeccionado, y cito textualmente, con «un ante marrón topo que era la ultimísima moda», sea cual sea ese tipo de ante. ¿Te suena?

– No -contesté. El corazón me latía lentamente y con fuerza; notaba las palpitaciones hasta en las plantas de los pies-. No era yo.

– Lo suponía. Vicky recuerda la conversación perfectamente, casi palabra por palabra; esa chica tiene una memoria de elefante, sería la testigo ideal si la necesitáramos. ¿Quieres saber de qué hablasteis?

Vicky siempre había tenido esa clase de mente: puesto que dentro de su cabeza prácticamente no había actividad, las conversaciones se almacenaban en su interior y salían de allí virtualmente intactas. Era uno de los principales motivos por los que me había dignado pasar algún tiempo con ella.

– Refréscame la memoria -lo invité.

– Tropezasteis en Grafton Street. Según ella, tú estabas «en Babia»; al principio no te acordabas de ella ni estabas segura de cuándo había sido la última vez que os habíais visto. Le dijiste que tenías una resaca espantosa, pero ella lo achacó a esa terrible crisis nerviosa de la que había oído hablar. -Frank estaba disfrutando de lo lindo: hablaba con ritmo rápido y enfocado, como un depredador a la caza. Yo me estaba divirtiendo mucho menos. Ya me había imaginado que habrían ocurrido cosas como aquélla, pero me faltaban datos concretos, y estar en lo cierto no resultaba tan satisfactorio como podría suponerse-. Sin embargo, una vez la ubicaste te mostraste muy agradable. Incluso le sugeriste ir a tomar un café para poneros al día. Fuera quien fuese nuestra chica, tenía agallas.

– Sí -contesté. Caí en la cuenta de que estaba agazapada como un velocista, lista para saltar. En aquellos instantes, el dormitorio de Lexie tenía un aire burlón y taimado, con ecos de cajones repletos de secretos y tablas de suelo falsas y trampas de todo tipo-. Eso hay que concedérselo.

– Fuisteis a la cafetería de los grandes almacenes Brown Thomas, te enseñó sus últimas compras y ambas jugasteis al «¿Te acuerdas de?» un rato. Tú, por sorprendente que te parezca, apenas hablaste. Pero escucha esto: en un momento dado, Vicky te preguntó si estudiabas en el Trinity. Según parece, poco antes de sufrir aquella crisis nerviosa, le habías explicado que estabas harta del University College de Dublín y te estabas planteando matricularte en otra universidad, quizás el Trinity o tal vez en el extranjero. ¿Te suena?

– Sí -contesté. Me senté con cuidado en la cama de Lexie-. Sí que me suena.

Se acercaba el fin del trimestre y Frank no me había comunicado si la operación continuaría después del verano; me estaba preparando una salida, por si la necesitaba. Ése era otro don de Vicky: siempre podías confiar en que difundiera un cotilleo por toda la universidad en un abrir y cerrar de ojos.

La cabeza me daba vueltas, piezas de formas inquietantes se reestructuraban y se colocaban en nuevos rincones con leves clics. La coincidencia del Trinity (aquella chica dirigiéndose a mi antigua universidad y tomándome el testigo justo donde yo lo había dejado) me había puesto la piel de gallina, pero la realidad era aún más escalofriante. Lo único que había ocurrido era que dos chicas se habían tropezado por azar, en una ciudad pequeña por cuyas calles Vicky la Lapa, una de ellas, se pasaba la mayor parte del tiempo deambulando en busca de gente útil con quien toparse. Lexie no había acabado en Trinity por esas cosas del destino o por algún atractivo magnético siniestro que le hubiera hecho hacerme sombra o abrirse camino a codazos por mis rincones. Yo misma se lo había sugerido. Ella y yo habíamos planeado aquello juntas sin saberlo. Yo la había conducido a aquella casa, a aquella vida, con la misma claridad y seguridad con las que ahora ella me había arrastrado a mí. Frank seguía relatando.

– Nuestra joven dijo que no, que en aquellos momentos no estaba en la universidad, que había estado viajando. Fue vaga con respecto a los lugares. Vicky sospechó que había estado en un centro psiquiátrico. Pero ahora viene lo bueno: Vicky imaginó que ese centro estaría en Estados Unidos, quizás en Canadá. En parte porque recuerda que tu familia imaginaria vivía en Canadá, pero sobre todo porque en algún momento entre tu época en el University College de Dublín y aquel día en Grafton Street habías adquirido un acento americano bastante acusado. Así que no sólo sabemos cómo se apropió esta chica de la identidad de Lexie Madison y cuándo, sino que tenemos una idea bastante precisa de por dónde empezar a buscarla. Creo que le debemos a Vicky la Lapa un par de cócteles.

– Será mejor que la invites tú -repliqué.

Sabía que mi voz sonaba rara, pero Frank estaba demasiado emocionado para darse cuenta.

– He llamado a los muchachos del FBI y estoy a punto de enviarles un correo electrónico con fotografías y huellas. Existe una alta probabilidad de que nuestra chica se hubiera fugado por algún motivo, de modo que es posible que tengan algo.

El rostro de Lexie me miraba con recelo, por triplicado, desde el espejo del tocador.

– Mantenme informada, ¿de acuerdo? -le rogué-. De todo lo que averigües.

– No lo dudes. ¿Quieres hablar con tu amiguito? Lo tengo aquí al lado.

Sam y Frank compartiendo un centro de coordinación, ¡Jesús!

– Dile que lo llamaré más tarde -contesté.

Oí el profundo murmullo de la voz de Sam en el fondo y durante una fracción de segundo sentí unas ganas tan irrefrenables de hablar con él que casi me retorcí de dolor.