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– Dice que ha revisado tus últimos seis meses en Homicidios -me informó Frank- y que todo el mundo a quien pudiste tocar las narices está descartado, por un motivo o por otro. Ahora revisará fechas anteriores y te mantendrá informada.

En otras palabras, aquello no guardaba relación con la Operación Vestal. ¡Oh, Sam! A través de un tercero y desde la distancia intentaba tranquilizarme: estaba yendo discreta y obstinadamente tras la única amenaza que él percibía. Me pregunté cuánto habría dormido la noche anterior.

– Gracias -le contesté-. Dale las gracias, Frank. Dile que lo llamaré pronto.

Necesitaba salir al exterior, en parte porque me lloraban los ojos de tanto polvo como habían acumulado aquellos extravagantes objetos y en parte porque la casa empezaba a provocarme escalofríos en la nuca; tenía el poder de convertir el aire que me rodeaba en demasiado íntimo y demasiado cómplice, como un gesto con la ceja de alguien a quien sabes que nunca podrías engañar. Me encaminé al frigorífico, me preparé un emparedado de pavo (a esta tropa le gustaba la mostaza de categoría) y otro de mermelada y un termo de café, y me lo llevé todo a dar un largo paseo. En algún momento, no muy lejano, tendría que deambular por Glenskehy en medio de la oscuridad, muy posiblemente con la aportación de un asesino que conocía aquella zona como la palma de su mano. Resolví que sería una excelente idea aprender a orientarme.

Aquel lugar era un laberinto, decenas de senderos para recorrer en fila india serpenteaban entre los setos, campos y bosques, salidos de la nada y sin ningún destino, pero resultó que me desplacé por allí mucho mejor de lo que había imaginado; sólo me perdí en dos ocasiones. Empezaba a apreciar a Frank de una manera muy especial. Cuando me entró el hambre, me senté sobre una tapia y me tomé el café y los emparedados con la vista perdida allende las colinas, mientras me imaginaba haciéndoles un corte de mangas al personal de Violencia Doméstica en general y a Maher y su problema de halitosis en particular. El día era soleado y alegre, con nubes neblinosas coronando un bonito cielo azul, y pese a ello no me había cruzado con alma humana en todo el paseo. En la lejanía, un perro ladraba y alguien lo llamaba a silbidos, pero eso era todo. Empezaba a acariciar la hipótesis de que Glenskehy había quedado borrado del mapa por un rayo de la muerte milenario y nadie se había percatado de ello.

En el camino de regreso dediqué un rato a explorar los dominios de Whitethorn House. Pese a que los March hubieran perdido gran parte de sus propiedades, lo que les quedaba seguía siendo harto impresionante. Muros de piedra más altos que mi cabeza delimitaban el territorio, bordeados por árboles, en su gran mayoría los espinos que daban nombre a la casa, pero también divisé robles, fresnos y manzanos en plena floración. El desvencijado establo donde Daniel y Justin aparcaban sus coches estaba situado a una distancia prudente para mantener los olores alejados de la casa. En su época debió de albergar hasta seis caballos; ahora se reducía a montones de herramientas polvorientas y lonas impermeabilizadas, pero me dio la sensación de que nadie las tocaba desde hacía mucho tiempo, así que preferí no fisgonear.

En la parte trasera de la casa se extendía una amplia parcela de césped, de unos cien metros de longitud, bordeada por una gruesa orla de árboles y tapias sepultadas bajo la hiedra. En la parte inferior había una verja de hierro oxidada, la verja por la que Lexie había salido aquella noche, cuando caminó hacia el filo de su vida, y apartada en un rincón vi una era con arbustos. Identifiqué un romero y un laureclass="underline" se trataba del jardín de hierbas aromáticas que Abby había mencionado la noche anterior… aunque a mí me pareciera que habían transcurrido varios meses desde entonces.

Desde la distancia, la casa parecía delicada y remota, parte de una vieja acuarela. Una ráfaga momentánea de viento acarició las hierbas, levantando los largos tallos de hiedra a su paso, y el sendero se inclinó bajo mis pies. Junto a uno de los muros laterales, a poco más de veinte o treinta metros de mí, alguien se ocultaba tras la hiedra, alguien delgado y oscuro como una sombra, sentado en un trono. Se me erizó el cabello de la nuca, lentamente.

Mi arma seguía pegada a la parte trasera de la mesilla de noche de Lexie. Me mordí el labio con fuerza y agarré una pesada rama caída de un arbusto sin apartar los ojos de la hiedra, que había regresado inocente a su sitio; la brisa había desaparecido, y el jardín, donde volvía a reinar la quietud, estaba soleado como en un sueño. Caminé junto a la tapia, con naturalidad pero con brío, apoyada contra ella, con la rama bien agarrada en el puño y aparté la hiedra de un golpe seco.

No había nadie. Los troncos de los árboles, las ramas descuidadas y la hiedra configuraban una hornacina contra el muro, como una pequena burbuja bañada por el sol. En su interior había dos bancos de piedra y, entre ellos, un hilillo de agua manaba de un agujero en la pared y se deslizaba sobre unos escalones poco profundos hasta desembocar en un pequeño y fangoso estanque; no había nada más. Las sombras se enmarañaban y, por un instante, reviví aquella alucinación: los bancos adquirieron altos respaldos y se balanceaban, con aquella figura delgada sentada en su trono. Solté la hiedra y la imagen se desvaneció.

Al parecer, no sólo la casa tenía su propia personalidad. Recuperé el aliento y exploré aquella hornacina. Restos de musgo cubrían las grietas de los bancos, si bien los habían limpiado frotando: alguien más conocía aquel lugar. Consideré su potencial como lugar para citas, pero estaba demasiado cerca de la casa para invitar a extraños y la alfombra de hojas y ramitas alrededor del estanque indicaba que hacía un tiempo que nadie pisaba aquel rincón. Aparté los matorrales con la zapatilla y quedaron al descubierto unas losas anchas y lisas. Un objeto metálico destelló en medio de la suciedad y el corazón me dio un vuelco: el cuchillo, pero era demasiado pequeño. Se trataba de un botón: un león y un unicornio, aplastado y dentado. Alguien, mucho tiempo atrás, había pertenecido al Ejército británico.

El caño por donde manaba el agua estaba atascado por la mugre. Me guardé el botón en el bolsillo, me arrodillé sobre las losas y lo desatasqué con una ramita. Tardé un buen rato; el muro era grueso. Cuando hube concluido brotó una especie de cascada en miniatura que murmuraba feliz consigo misma, y mis manos olían a tierra y a hojas en descomposición.

Me las lavé bajo el surtidor y me senté en uno de los bancos a fumarme un cigarrillo y escuchar el borboteo. Se estaba bien allí; era un lugar cálido, apacible y recóndito, como la guarida de un animal o el escondite de un niño. El estanque se llenó. Insectos diminutos sobrevolaban su superficie. El agua sobrante se drenaba a través de una diminuta alcantarilla que había en el suelo. Retiré las hojas que flotaban en ella y, transcurrido un rato, el estanque estaba lo bastante nítido como para devolverme mi reflejo, ondulado.

El reloj de Lexie marcaba las cuatro y media. Había conseguido durar veinticuatro horas y probablemente había batido las apuestas de un buen puñado de personas del centro de coordinación. Guardé la colilla del cigarrillo en el paquete, me agaché para salir por entre la hiedra y regresé a la casa para ponerme al día con los apuntes de la tesis. La puerta principal cedió fácilmente a mi llave, el aire en el interior se arremolinó al percibir mi presencia, pero ya no me sentí intimidada; me pareció más bien que me recibía con una leve sonrisa y una suave caricia en la mejilla, como si me diera la bienvenida.

Capítulo 7

Aquella noche salí a dar mi paseo. Necesitaba telefonear a Sam y, además, Frank y yo habíamos decidido que era mejor ir reincorporando a Lexie en su rutina habitual lo más pronto posible, no excedernos jugando la carta del trauma, al menos no todavía. Seguramente existirían pequeñas divergencias y, con suerte, la gente esgrimiría la puñalada para dar una explicación convincente a esas rencillas pero, cuanto más forzara la situación, más probable era que alguien pensara: «¡Qué extraño! Lexie parece una persona completamente distinta».