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Un muro descendía de manera irregular desde el rincón donde Lexie se había acurrucado para morir; me encaramé a él de un salto y recosté la espalda contra el hastial. Aquel lugar debería haberme producido escalofríos, estaba tan cerca de su último aliento que podría haberme inclinado diez días atrás y haberle acariciado el cabello, pero no era así. Aquella casa encerraba entre sus cuatro paredes un siglo y medio de quietud propia y aquel día únicamente había parpadeado; ya la había absorbido y había vuelto a plegarse sobre el lugar donde ella había perecido.

Aquella noche, mi impresión sobre Lexie empezó a cambiar. Hasta entonces la había percibido como una invasora o una impostora, pero siempre de un modo que hacía que se me tensara la espalda y se me disparara la adrenalina. Sin embargo, era yo quien se había colado en su vida salida de la nada, con Vicky la Lapa ejerciendo de peón y una oportunidad salvaje colgando de las yemas de mis dedos; yo era la intrusa en quien ella se había convertido, años antes de que la moneda aterrizara por esa cara delante de mí. La luna se deslizaba despacio por el firmamento y pensé en mi rostro azul grisáceo e inexpresivo sobre el acero en la morgue, en el largo zumbido seguido del sonido metálico final del cajón al encerrarla en aquella oscuridad, sola. La imaginé sentada sobre el mismo fragmento de muro que yo, en otras noches, noches perdidas, y sentí mi cuerpo cálido, firme, sólido y móvil, superpuesto a su débil huella plateada. Casi se me partió el corazón. Quise explicarle las cosas que debería haber sabido, que el grupo al que daba tutoría se había mostrado muy interesado por el Beowulf y que los muchachos habían preparado la cena, el aspecto que presentaba el cielo aquella noche, cosas que reservaba para ella.

En los primeros meses tras la Operación Vestal reflexioné seriamente la idea de desaparecer. Por paradójico que suene, me parecía el único modo de volver a sentirme yo: agarrar mi pasaporte y una muda de ropa, garabatear una nota («Queridos todos, me esfumo. Os quiere, Cassie») y tomar el primer vuelo a cualquier sitio, dejar atrás todo lo que me había transformado en alguien a quien ya no reconocía. En algún momento, aunque era incapaz de establecerlo con exactitud, mi vida se me había escurrido de las manos y se había hecho añicos.

Todo lo que tenía, mi empleo, mis amigos, mi piso, mi ropa, mi reflejo en el espejo, parecía pertenecer a otra persona, a una muchacha de ojos claros y espalda recta a quien no volvería a encontrar jamás. Me sentía como un objeto a la deriva manchado con huellas dactilares negras y atrapado en fragmentos de una pesadilla. Sentía que no tenía derecho a seguir estando allí. Vagaba por mi vida como un fantasma, intentando no tocar nada con mis manos sangrientas, y soñaba con aprender a navegar rumbo a un lugar cálido, a las Bermudas o a Bondi, y explicar a todo el mundo dulces mentiras piadosas acerca de mi pasado.

No sé por qué no lo hice. Probablemente Sam diría que porque fui valiente (siempre ve el lado positivo) y Rob que por testaruda, pero no me jacto de ser ninguna de ambas cosas. Uno no puede anotarse méritos por lo que hace cuando se encuentra entre la espada y la pared. Sus decisiones responden al más puro instinto, recurre a lo que mejor conoce. Creo que me quedé porque huir se me antojaba demasiado extraño y complicado. Lo único que sabía era cómo caer hacia atrás, encontrar un trozo de suelo sólido, clavar en él mis tacones y luchar para volver a empezar.

Lexie había huido. Cuando el exilio la sacudió con un cielo azul y limpio, no lo afrontó como yo hice, sino que se aferró a él con ambas manos, se lo tragó enterito y lo hizo suyo. Había tenido el sentido común y las agallas necesarias para desprenderse de su antiguo yo y alejarse de él sin más, para empezar una nueva vida, fresca y limpia como una mañana.

Y después de todo aquello, alguien le había salido al paso y le había arrancado esa nueva vida que tanto esfuerzo le había costado forjarse, con la misma sencillez con la que se arrancan los pétalos a una margarita. Me invadió una repentina sensación de indignación, si bien, por primera vez, no iba dirigida contra ella, sino contra quien le había hecho algo así.

– Pretendas lo que pretendas -le aseguré en voz baja en medio de aquella casa-, estoy aquí para ayudarte. Me tienes.

La atmósfera a mi alrededor se encogió levemente, con más sutileza que un suspiro, cómplice, complacida.

Reinaba la oscuridad, grandes cúmulos de nubes ocultaban la luna, pero aun así me conocía el camino lo suficiente para no necesitar apenas la linterna y mi mano fue directa al pasador de la verja trasera, sin buscarlo a tientas. Cuando uno participa en una operación de incógnito el tiempo fluye de un modo distinto; me costaba recordar que sólo hacía un día y medio que vivía allí.

La casa era negro sobre negro, con sólo una tenue ristra ondulada de estrellas donde el tejado daba paso al cielo. Parecía más grande y más intangible, con los bordes difuminados, preparada para disolverse en la nada si uno se acercaba demasiado. Las ventanas iluminadas parecían demasiado cálidas y doradas para ser reales, imágenes diminutas como antiguos cosmoramas que me emitían señales: sartenes de cobre resplandecientes colgadas en la cocina, Daniel y Abby sentados juntos en el sofá, con sus cabezas inclinadas sobre un inmenso libro antiguo.

En aquel instante, una nube se deslizó dejando la luna al descubierto y vi a Rafe, sentado en el borde del patio interior, rodeándose con una mano las rodillas y con un vaso alto en la otra. La adrenalina empezó a fluir por mis venas. Era imposible que me hubiera seguido a escondidas y, además, yo no había hecho nada raro, pero aun así encontrármelo allí me puso los nervios a flor de piel. Su manera de sentarse, con la cabeza erguida y listo para levantarse, en el confín de aquella gran expansión de hierba: me estaba esperando.

Permanecí en pie bajo el espino que se alzaba junto a la verja y lo observé. De repente, algo que llevaba tiempo formándose en mi pensamiento afloró a la superficie. Aquel comentario sobre mi dramatismo: el tono malicioso de su voz, su modo de poner los ojos en blanco, irritado. Ahora que lo pensaba bien, Rafe apenas me había dirigido la palabra desde que había regresado, salvo para pedirme que le pasara la salsa o desearme buenas noches; hablaba sobre mí, junto a mí, en mi dirección, pero nunca se dirigía directamente a mí. El día anterior era el único que no me había tocado para darme la bienvenida a casa; se había limitado a agarrar mi maleta y llevarla adentro. Lo hacía de una manera sutil, disimulada pero, por alguna razón, Rafe estaba enojado conmigo.

Me divisó en cuanto emergí de debajo del espino. Levantó el brazo, la luz procedente de la ventana envió largas y confusas sombras sobrevolando la hierba en mi dirección, y me contempló, inmóvil, mientras yo atravesaba el prado y me sentaba junto a él.

Me pareció que lo más sencillo era enfrentarme a él sin cortapisas.

– ¿Estás irritado conmigo? -le pregunté.

Rafe giró la cabeza con un ademán de disgusto y dejó vagar la mirada hasta los confines del prado.

– «Irritado» contigo -se burló-. Por el amor de Dios, Lexie, ¿de qué siglo has venido?

– De acuerdo -me corregí-. ¿Estás enfadado conmigo?

Estiró las piernas frente a él y clavó la vista en las puntas de sus zapatillas deportivas.

– ¿Se te ha ocurrido pensar en lo que supuso la semana pasada para nosotros? -me preguntó.

Reflexioné sobre aquello un instante. Parecía molesto con Lexie por el hecho de que la hubieran apuñalado. Por lo que intuía, o aquello era profundamente sospechoso o profundamente raro. Con aquella pandilla, cada vez me resultaba más difícil fijar la frontera.

– Bueno, no es que yo haya estado de parranda precisamente…

Soltó una carcajada.

– Pero ni siquiera te habías planteado cómo nos sentíamos, ¿me equivoco?

Lo miré perpleja.