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– ¿Por eso estás tan enfadado conmigo? ¿Porque me apuñalaron? ¿O porque no te he preguntado cómo te sentías tú al respecto?

Me lanzó una mirada de soslayo por respuesta, que podría significar cualquier cosa.

– Escucha, Rafe, yo no he pedido que me ocurriera nada de esto. ¿Por qué te comportas como un capullo?

Rafe le dio un largo y entrecortado sorbo a su bebida; era un gin-tonic; lo supe por el olor.

– Olvídalo -dijo-. No importa. Entra.

– Rafe -dije, dolida; básicamente me dediqué a fingir: su voz tenía un rasgo gélido que me hizo estremecerme-, no me hagas esto.

Me ignoró. Puse mi mano sobre su brazo (estaba más musculado de lo que yo esperaba) y noté su calor corporal a través de la camisa, un calor casi febril. Su boca dibujó una larga y dura línea, pero no se movió.

– Explícame qué has sentido -le rogué-, por favor. Quiero saberlo. De verdad, créeme. Simplemente no sabía cómo preguntarlo.

Rafe apartó su brazo de mí.

– Está bien -contestó-. De acuerdo. Si eso es lo que quieres… Ha sido lo más horrible que puedas imaginar. De una atrocidad increíble. ¿Responde eso a tu pregunta?

Esperé.

– Estábamos todos histéricos -continuó con dureza al cabo de un monvento- Destrozados. Salvo Daniel, claro está, que nunca haría algo tan poco digno como entristecerse; él se limitó a hundir la cabeza en un libro y de vez en cuando reemergía con una puñetera cita de los nórdicos ancestrales acerca de los brazos que se mantienen fuertes en tiempos difíciles o algo por el estilo. Pero estoy bastante seguro de que no durmió en toda la semana; daba igual a la hora que me levantara, su luz siempre estaba encendida. Y los demás… Para empezar, tampoco dormíamos. Todos teníamos pesadillas, era espantoso: cada vez que conseguías conciliar el sueño, alguien te despertaba gritando y, por supuesto, nos desvelaba a todos… La percepción temporal se nos desintegró por completo; la mitad del tiempo yo no sabía ni en qué día vivía. Perdí el apetito, el mero olor de la comida me daba náuseas. Y Abby no paraba de hornear platos: decía que necesitaba ocuparse en algo… Había pilas de empalagosas pastas de chocolate y pasteles de carne repulsivos por toda la casa… Tuvimos una discusión terrible por ese tema, Abby y yo. Me lanzó un tenedor. Yo no paraba de beber en todo el día y el olor a comida me provocaba arcadas y, claro está, Daniel empezó a sermonearme sobre ese tema… Acabamos repartiendo los dulces de chocolate entre los grupos de las tutorías. Los pasteles de carne están en el congelador, por si te interesa. Ninguno de nosotros piensa comérselos.

«Impresionados», así los había descrito Frank, pero nadie había mencionado aquel nivel de histeria. Ahora que Rafe había comenzado a hablar, parecía no poder detenerse.

– Y Justin -continuó-. Pobrecillo. Es el que peor lo pasó de largo. No dejaba de temblar, y me refiero a temblar de verdad; un capullo de primer curso llegó a preguntarle si padecía Parkinson. Quizá no suene muy terrible, pero era increíblemente desconcertante; cada vez que lo mirabas, aunque fuera por un segundo, te ponía la piel de gallina. No dejaban de caérsele cosas, y cada vez que se le caía algo, al resto casi nos daba un infarto. Abby y yo le gritábamos y entonces él empezaba a lloriquear, como si eso fuera a ayudar en algo. Abby le recomendó que visitara al médico de la universidad para que le recetaran Valium o algo así, pero Daniel opinó que era una idea ridícula, que Justin tenía que aprender a afrontar la situación como el resto de nosotros, lo cual era una insensatez, porque nosotros no estábamos afrontando la situación. Ni el mayor optimista del mundo habría considerado que estábamos afrontando la situación. Abby se volvió sonámbula: una noche se preparó un baño a las cuatro de la madrugada y se metió en la bañera con el pijama puesto, medio dormida. Si Daniel no la hubiera encontrado, se habría ahogado.

– Lo siento -lamenté. Mi voz sonó extraña, aguda y temblorosa. Cada una de sus palabras me había sacudido directamente en el estómago, como si un caballo me hubiera propinado una coz. Había discutido sobre este tema con Frank y había hablado largo y tendido con Sam, pensaba que había llegado a una determinación con respecto a aquello, pero hasta aquel preciso instante no tuve conciencia de la realidad, y la realidad era qué les estaba haciendo a aquellas personas-. Rafe, créeme, lo siento muchísimo.

Rafe me dedicó una mirada larga, oscura e inescrutable.

– Y luego está la policía -añadió. Dio otro trago a su bebida, hizo un gesto por la acidez y preguntó-: ¿Alguna vez has tenido que lidiar con polis?

– No en circunstancias como éstas -contesté.

Mi voz sonaba rara, sin aliento, pero no pareció notarlo.

– Son terroríficos. Esos tipos no eran simples policías uniformados recién salidos de la academia; eran detectives de verdad. Tenían las mejores caras de póquer que he visto en toda mi vida: no tenías ni idea de qué pensaban o de qué querían de ti, y no nos los quitábamos de encima. Nos interrogaron durante horas, casi a diario. Y hacían que incluso la pregunta más inocente, por ejemplo: ¿a qué hora acostumbras a irte a dormir?, sonara a trampa, como si estuvieran esperando a obtener una respuesta incorrecta para sacarse unas esposas de la manga. La sensación era como si tuvieras que estar en guardia en todo momento; ha sido agotador… y nosotros ya estábamos agotados. Ese tipo que te acompañó, Mackey, fue el peor. Todo sonrisas y compasión, pero su odio hacia nosotros fue patente desde el principio.

– Conmigo se mostró muy amable -comenté-. Me traía galletas de chocolate.

– Encantador -replicó Rafe-. Seguro que así conquistó tu corazón. Mientras tanto, no dejaba de presentarse aquí a cualquier hora del día y de la noche para someternos a un tercer grado acerca de todos y cada uno de los detalles de tu vida y no dejaba de hacer comentarios venenosos sobre cómo vive el resto de la gente, lo cual es una chorrada. Sólo porque seamos dueños de la casa y vayamos a la universidad… Ese tipo llevaba un chip en el hombro del tamaño de Bolivia. Le habría encantado tener un motivo para enchironarnos a todos. Y, por supuesto, eso sólo consiguió que Justin se pusiera aún más histérico; pensaba que nos iban a arrestar en cualquier momento. Daniel le dijo que se dejara de tonterías y se recompusiera, pero en realidad Daniel tampoco resultaba de mucha ayuda, visto que pensaba… -Se interrumpió y desvió los ojos hacia el jardín; tenía los párpados caídos-. Si no te hubieras recuperado -continuó-, creo que habríamos acabado matándonos los unos a los otros.

Alargué un dedo y le acaricié la palma de la mano un segundo.

– Lo siento -me disculpé-. De verdad, Rafe. No sé qué más decir. Lo siento en el alma.

– Claro -dijo Rafe, pero ya no había enojo en su voz; sólo parecía profundamente cansado-. Bueno.

– ¿Qué pensaba Daniel? -pregunté tras una breve pausa.

– No me lo preguntes a mí -respondió. Se bebió casi todo el gin-tonic de un solo trago-. He llegado a la conclusión de que es mejor no saberlo.

– Has dicho que Daniel le recomendó a Justin que se calmara, pero que no fue de mucha ayuda porque pensaba algo. ¿Qué pensaba?

Rafe sacudió su vaso y observó los cubitos de hielo tintinear contra las paredes. Era evidente que no tenía intención de responder, pero el silencio es el truco más viejo de todo manual de policía y yo soy un as jugándolo. Apoyé la barbilla en mis brazos, lo observé y esperé. En la ventana del salón, a sus espaldas, Abby señaló algo en el libro y tanto ella como Daniel estallaron en carcajadas, que llegaron hasta nosotros amortiguadas pero nítidas a través del cristal.

– Una noche -empezó a decir Rafe al fin. Seguía sin mirarme. La luz de la luna teñía de plata su perfil y caía sobre su pómulo, convirtiéndolo en una especie de moneda desgastada-. Un par de días después… Debió de ser el sábado, no estoy seguro. Salí aquí y me senté en el columpio a escuchar la lluvia. Pensé que quizá me ayudaría a dormir, no sé por qué, pero no fue así. Oí un búho dar caza a una presa, probablemente un ratón. Fue espantoso. Grité. Oí perfectamente el segundo en el que el ratón murió.