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Eran personas muy táctiles. En la universidad nunca nos tocábamos, pero en casa siempre había alguien tocando a alguien: la mano de Daniel sobre la cabeza de Abby al pasar por detrás de su silla, el brazo de Rafe sobre el hombro de Justin mientras examinaban juntos algún hallazgo del cuarto trastero, Abby recostada en el balancín sobre mi regazo y el de Justin, los tobillos de Rafe sobre los míos mientras leíamos junto a la chimenea… Frank había realizado comentarios insidiosos y predecibles acerca de homosexualidad y orgías pero, pese a haber activado la alerta máxima para detectar cualquier tensión sexual (el bebé), no era eso lo que percibía. Era algo más inquietante y más poderoso: no tenían fronteras, no entre ellos, o no del modo en que la mayoría de personas las tenemos. En un hogar normal y corriente, suele compartirse un nivel bastante elevado de disputa territoriaclass="underline" tensas negociaciones por el mando a distancia del televisor, reuniones para determinar si el pan se compra por separado o se comparte… La compañera de piso de Rob solía sufrir un ataque de ira que le duraba tres días si él le cogía un poco de su mantequilla. Pero respecto a estos cuatro, hasta donde yo alcanzaba a ver, todo, excepto, gracias al cielo, la ropa interior, pertenecía a todos. Los muchachos sacaban prendas aleatorias del armario para orear la ropa, cualquiera que les fuera bien, y yo nunca logré saber qué camisas y qué camisetas pertenecían oficialmente a Lexie y cuáles a Abby. Arrancaban hojas de papel de los cuadernos de los demás, se comían las tostadas que había en el plato más cercano, daban sorbos al vaso que tuvieran más a mano…

Me guardé de no mencionarle nada de esto a Frank, puesto que lo único que habría hecho es sustituir los comentarios relativos a las orgías por tenebrosas advertencias acerca del comunismo, y lo cierto es que a mí me gustaban aquellas fronteras desdibujadas. Aquellas cuatro personas me recordaban a algo cálido y consistente que no conseguía ubicar con exactitud. Había un gran chubasquero verde del tío Simon que pertenecía a cualquiera que saliera a la intemperie bajo la lluvia; la primera vez me que me lo puse para salir a dar mi paseo de costumbre me provocó un extraño escalofrío embriagador, como el que se siente al darle la mano a un chico por primera vez.

Finalmente, el jueves acerté a poner el dedo en la llaga. Los días empezaban a alargarse con el verano y lucía una noche clara, cálida y agradable; tras la cena, sacamos una botella de vino y una bandeja con bizcocho al jardín. Yo había confeccionado una guirnalda de margaritas e intentaba abrochármela alrededor de la cintura. Para entonces ya había echado por la borda la idea de no beber, pues la juzgaba impropia de mi personaje y habría hecho que los demás se acordaran del apuñalamiento y les provocara tensiones; además, al margen de lo que pudiera provocar en mi organismo la mezcla de antibióticos con la bebida, también podía salvarme la vida en cualquier momento. Así es que allí estaba yo, feliz y ligeramente achispada.

– Más bizcocho -me pidió Rafe, dándome un golpecito con el pie.

– Cógelo tú mismo. Estoy ocupada.

Había desisitido ya de abrocharme la guirnalda de margaritas con una mano y, en su lugar, se la estaba colocando a Justin.

– Eres una gandula, ¿lo sabes?

– Mira quién fue a hablar. -Me pasé un tobillo por detrás de la cabeza (hice mucha gimnasia de pequeña y aún soy muy flexible) y le saqué la lengua a Rafe por debajo de la rodilla-. Soy activa y estoy sana. Mira.

Rafe arqueó una ceja perezosamente.

– Me estás excitando.

– Eres un pervertido -le dije, con toda la dignidad de la que fui capaz dada mi postura.

– ¡Para! -me reprendió Abby-. Se te abrirán los puntos y estamos todos demasiado borrachos para llevarte a urgencias.

Había olvidado por completo mis puntos imaginarios. Por un segundo pensé en dar por concluida la velada, pero decidí que era mejor no hacerlo. El largo atardecer, los pies descalzos, el cosquilleo de la hierba y seguramente la bebida aturdían mis sentidos y me hacían comportarme como una boba. Hacía mucho tiempo que no me sentía así, y me gustaba. Con una esforzada maniobra, volví la cabeza hacia donde estaba Abby.

– Estoy bien. Ya no me duelen.

– Quizá sea porque hasta ahora no habías estado haciéndote nudos con las piernas -intervino Daniel-. Compórtate.

Normalmente soy alérgica a las órdenes, pero no sé por qué consideraba las suyas entrañables.

– Sí, papá -repliqué y, al sacarme la pierna de detrás de la cabeza, me desequilibré y me caí sobre Justin.

– ¡Aparta! -dijo, dándome un empujoncito sin demasiada energía-. Madre mía, pero ¿cuánto pesas?

Me retorcí hasta encontrar una postura cómoda y me quedé tumbada con la cabeza en su regazo, con los ojos entrecerrados para contemplar la puesta de sol. Justin me hacía cosquillas en la nariz con una hierbecilla.

Parecía relajada, al menos eso esperaba, pero el cerebro me iba a toda máquina. Acababa de caer en la cuenta, con aquel «Sí, papá», de a qué me recordaba aquella pandilla: a una familia. Quizá no a una familia propiamente dicha -aunque cómo podría yo saberlo-, sino a una familia salida de un millón de cuentos infantiles y series televisivas de antaño, la clase de familia cálida y reconfortante que se perpetúa en el tiempo, sin que nadie envejezca, hasta que uno empieza a preguntarse acerca de los niveles hormonales de los actores. Aquella pandilla contaba con todos los personajes: Daniel era el padre distante, pero afectuoso; Justin y Abby se turnaban en el papel de madre protectora y hermano mayor altivo; Rafe era el hermano mediano, el adolescente malhumorado, y Lexie, la última incorporación, la hermana pequeña y caprichosa a quien se mimaba o se tomaba el pelo alternativamente.

Probablemente ellos no supieran mucho más que yo sobre familias de la vida real. Debería haberme dado cuenta desde el principio de que ésa era una de las características que tenían en común: Daniel era huérfano, Abby había crecido en una familia de acogida, Justin y Rafe eran exiliados, y Lexie Diossabequé no debía de estar precisamente unida a sus padres. Se me había pasado por alto porque ésa era también mi propia situación. De manera consciente o inconsciente, entre todos habían recopilado hasta el último fragmento que habían encontrado y habían montado su propio collage, una imagen improvisada de lo que era una familia, y luego se habían convertido en eso.

Apenas tenían dieciocho años cuando se habían conocido. Los miré por debajo de mis pestañas: Daniel sostenía una botella a contraluz para comprobar si quedaba vino, Abby quitaba hormigas de la bandeja del bizcocho, y me pregunté qué habría sido de ellos si sus caminos no se hubiesen cruzado.

Un montón de ideas se agolparon en mi mente, todas ellas neblinosas y aceleradas, pero decidí que estaba demasiado cómoda para intentar darles forma. Podían aguardar unas cuantas horas, hasta el momento de mi paseo.

– Sírveme un poco -le pedí a Daniel, alargándole mi copa.

– ¿Estás borracha? -me preguntó Frank cuando lo telefoneé-. Sonabas como una cuba hace un rato.

– Cálmate, Frankie -contesté-. Me he tomado un par de copas de vino en la cena. Con eso no basta para que me emborrache.