Выбрать главу

Súbitamente tuve la sensación de que debería haberlo sabido; nos separaba un océano, pero sentía que debería haber advertido su presencia desde siempre, que de vez en cuando debería haber apartado la vista de mis canicas, de mis libros de texto o del expediente del caso que me ocupara, como si alguien hubiera pronunciado mi nombre. Ella recorrió todos esos miles de kilómetros hasta llegar tan cerca de mí que pudo deslizarse en mi antiguo nombre, como si se tratara del abrigo heredado de una hermana mayor, como si fuera la aguja de mi compás, y casi lo consigue. Se encontraba a sólo una hora de distancia en coche y yo debería haberlo intuido; debería haber sabido, cuando aún era posible, dar ese último paso y encontrarla.

Las únicas sombras de aquella semana procedieron del exterior. Estábamos jugando al póquer, era viernes por la noche: a aquella panda les encantaba jugar a las cartas hasta altas horas de la madrugada, sobre todo al Texas hold'em y al no, o al piquet si sólo les apetecía jugar a dos. Las apuestas se limitaban a monedas de diez peniques deslustradas sacadas de un tarro gigante que alguien había encontrado en el ático, pero eso no era óbice para no tomarse las partidas en serio: todo el mundo empezaba con el mismo número de monedas y, cuando alguien lo perdía todo, no se le permitía pedir un nuevo préstamo a la banca. Lexie, como yo, había sido una jugadora de cartas bastante aceptable; sus jugadas no siempre tenían lógica pero, según parecía, había aprendido a que la impredecibilidad del juego fuera en su favor, sobre todo en las manos importantes. El ganador escogía el menú de la cena del día siguiente.

Aquella noche sonaba Louis Armstrong en el tocadiscos y Daniel había comprado una bolsa de tamaño familiar de Doritos, junto con tres salsas diferentes para todos los gustos. Nos íbamos pasando por la mesa los varios cuencos desportillados y utilizábamos la comida para distraernos los unos a los otros; con quien mejor funcionaba la táctica era con Justin, que se desconcentraba por completo si pensaba que alguien iba a manchar con salsa la madera de caoba de la mesa. Yo acababa de barrer a Rafe cara a cara (en las manos flojas intentaba despistarnos con las salsas y, en cambio, si tenía una buena baza se comía los Doritos a pares; un consejo: nunca jueguen al póquer con un detective) y me estaba regodeando de ello cuando le sonó el móvil. Apoyó la silla sobre las patas traseras, alargó el brazo y cogió el teléfono, que descansaba en la estantería.

– ¿Sí? -preguntó, mientras me enseñaba el dedo anular. Entonces volvió a apoyar las patas delanteras y se le mudó el semblante; se le congeló y devino esa máscara inescrutable y altanera que llevaba en la universidad y entre extraños-. Papá -saludó.

Sin un solo pestañeo, los demás se acercaron a él; podías palpar la tensión en el ambiente, una tensión que se condensaba a medida que los otros se inclinaban sobre su hombro. Yo estaba a su lado y eso me permitió oír los bramidos que salían del teléfono: «… Hay un empleo… Es una oportunidad… ¿Has cambiado de idea?».

Las aletas de la nariz se le hinchaban y deshinchaban como si estuviera oliendo algo nauseabundo.

– No me interesa -dijo.

El volumen de la diatriba le obligó a cerrar los ojos bruscamente. Pillé lo suficiente como para saber que leer teatro todo el día era cosa de maricas y que alguien llamado Bradbury tenía un hijo que acababa de ganar su primer millón y que Rafe, en general, era un desperdicio de oxígeno. Sostenía el teléfono con los dedos pulgar e índice, a varios centímetros de su oreja.

– Por todos los diablos, cuelga -susurró Justin, con una mueca inconsciente de agonía-. Cuélgale y punto.

– No puede -murmuró Daniel-. Es evidente que debería hacerlo, pero… Algún día…

Abby se encogió de hombros.

– Pues entonces… -dijo.

Arqueaba los naipes y se los pasaba de mano a mano con destreza y agilidad; lo hizo cinco veces. Daniel le sonrió y enderezó su silla; estaba listo para continuar.

Aún se oían alaridos por el teléfono; la palabra «imbécil» se repetía con frecuencia en lo que parecía un amplio espectro de contextos. Rafe tenía el mentón gacho, como si caminara contra un vendaval. Justin le tocó el brazo; abrió los ojos de repente, nos miró estupefacto y enrojeció como la grana.

El resto de nosotros ya había hecho sus apuestas. Yo tenía una mano que parecía un pie (un siete y un nueve, y ni siquiera del mismo palo), pero era plenamente consciente de lo que estaban haciendo los demás. Estaban intentando recuperar a Rafe, y la sensación de formar parte de eso me resultó embriagadora, tan delicada que casi me dolió. Por una milésima de segundo me vino a la mente la imagen de Rob enganchándome el tobillo con su pie por debajo de nuestras mesas cuando O'Kelly me sermoneaba. Agité mis cartas en el aire en dirección a Rafe y le dije articulando para que me leyera los labios:

– Sube la apuesta. -Pestañeó. Levanté una ceja, le puse mi mejor sonrisa pícara de Lexie y susurré-: A menos que temas que vuelva a darte una patada en el culo.

Su mirada gélida se desvaneció, sólo un poco. Consultó sus cartas: luego depositó con cuidado el teléfono en la estantería que había a su lado y deslizó una moneda de diez peniques hacia el centro de la mesa.

– Porque soy feliz donde estoy -le dijo al teléfono.

Su voz sonaba casi normal, pero aún seguía sonrojado por la ira.

Abby le sonrió tímidamente y, con gesto de experta, desplegó tres cartas en abanico en la mesa y les dio la vuelta.

– Lexie tiene una escalera -dijo Justin, mientras me escudriñaba con los ojos-. Conozco esa mirada.

Según parecía, el teléfono había invertido mucho dinero en Rafe y no tenía planeado ver cómo lo tiraba por el retrete.

– Nada de eso -aventuró Daniel-. Tal vez tenga algo, pero no una escalera. Voy yo.

Yo estaba muy lejos de tener una escalera, pero eso era irrelevante; ninguno de nosotros pensaba cerrar, no hasta que Rafe colgara. El teléfono pronunció una larga diatriba acerca de «un trabajo de verdad».

– Es decir: un trabajo en un despacho -nos informó Rafe. La rigidez empezaba a abandonar su columna vertebral-. Y algún día, si sé jugar mis cartas y tengo una idea creativa y actúo con más inteligencia, que no con más diligencia, quizás incluso podría aspirar a un despacho con ventana. O si apunto un poco más alto, ¿no es cierto? -preguntó al auricular-. ¿Tú qué crees?

Le hizo un gesto a Justin que indicaba «veo tu apuesta y la doblo».

El teléfono, que evidentemente sabía cuándo lo estaban insultando, aunque no estuviera seguro de exactamente cómo, profirió un comentario agresivo acerca de la ambición y de que ya era hora de que Rafe madurara de una vez por todas y empezara a vivir en el mundo real.

– ¡Hombre! -exclamó Daniel, levantando la vista de su manga-. He ahí un concepto que siempre me ha fascinado: el mundo real. Sólo un subgrupo muy concreto de personas utiliza ese término, ¿os habéis dado cuenta? A mi entender, me parece obvio que todo el mundo vive en el mundo reaclass="underline" todos respiramos oxígeno real, comemos alimentos reales y la tierra que pisamos es igual de real para todos. Pero es evidente que esas personas esgrimen una definición mucho más circunscrita de la realidad, una que me resulta profundamente enigmática, y sienten una necesidad imperiosa, por no decir patológica, de delimitar a los demás con dicha definición.

– No son más que celos -observó Justin, mientras sopesaba sus cartas y deslizaba otras dos monedas más hacia el centro de la mesa-. ¡Envidia cochina!

– Nadie -dijo Rafe al teléfono, al tiempo que nos hacía un gesto con la mano para que bajáramos la voz-. La televisión. Me paso el día viendo series, comiendo bombones y fabulando con el desmoronamiento de la sociedad.