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La última carta era un nueve, que al menos me daba una pareja.

– Bueno, sin duda en algunos casos los celos intervienen -comentó Daniel-, pero en el caso del padre de Rafe, si la mitad de lo que dice es cierto, podría permitirse llevar la vida que quisiera, incluida la nuestra. ¿De qué debería estar celoso? No, creo que esa forma de pensar entronca con la moralidad puritana: el énfasis en encajar en una estructura jerárquica estricta, el elemento del odio hacia uno mismo, el horror ante todo lo placentero, artístico o irreglamentario… Sin embargo, siempre me he preguntado cómo ese paradigma realizó la transición de convertirse en la frontera, no sólo de la virtud, sino de la propia realidad. ¿Puedes activar el altavoz, Rafe? Me interesa escuchar su opinión.

Rafe lo miró con los ojos como platos, como preguntándole: «¿Estás loco?», y negó con la cabeza; Daniel pareció vagamente desconcertado. El resto de nosotros empezaba a soltar risitas.

– Está bien -replicó Daniel con educación-, si eso es lo que prefieres… ¿Qué te resulta tan divertido, Lexie?

– Lunáticos -le dijo Rafe al techo en voz baja, extendiendo los brazos para englobar al teléfono y también a nosotros, que para entonces ya nos estábamos tapando la boca con las manos-. Estoy rodeado de lunáticos. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Es que acaso me burlaba de los desvalidos en una vida pretérita?

El teléfono, que a todas luces se preparaba para un colofón apoteósico, informó a Rafe de que podía llevar «una vida digna».

– Ponerme tibio de champán en el distrito financiero -nos tradujo Rafe- y beneficiarme a mi secretaria.

– ¿Y qué hay de malo en eso? -gritó el teléfono, lo bastante alto como para que Daniel, desconcertado, retrocediera contra el respaldo de su silla con una sincera y atónita mirada de desaprobación.

Justin estalló en un ruido a medio camino entre un estornudo y un chillido; Abby estaba colgada del respaldo de su silla con los nudillos metidos en la boca, y yo me reía a carcajada limpia, tanto que tuve que esconder la cabeza bajo la mesa.

El teléfono, con una espectacular indiferencia hacia la anatomía básica, nos llamó pandilla de hippies pichas flojas. Cuando por fin logré recuperar la compostura y saqué la cabeza al exterior en busca de aire, Rafe había puesto sobre la mesa un par de jotas y andaba agarrando el bote, con un puño en alto y sonriendo. Me di cuenta de algo. El móvil de Rafe se había apagado a unos cincuenta centímetros de mi oído y yo ni siquiera había parpadeado.

– ¿Sabéis lo que es? -preguntó Abby sin más, unas cuantas manos más tarde-. Es la satisfacción.

– ¿A cuento de qué viene eso? -preguntó Rafe, entrecerrando los ojos para examinar la pila de Daniel.

Había desconectado el teléfono.

– El tema ese del mundo real. -Abby se inclinó hacia un lado, sobre mí, para acercarse el cenicero. Justin acababa de poner Debussy, que se entremezclaba con el leve sonido de la lluvia sobre la hierba en el exterior-. Toda nuestra sociedad se basa en la insatisfacción: todo el mundo quiere siempre más, está insatisfecho con sus hogares, con sus cuerpos, con su decoración, con su ropa, con todo. Dan por descontado que ése es el auténtico sentido de la vida: no estar nunca satisfecho. Si uno está perfectamente feliz con lo que tiene, en especial si lo que tiene no es en absoluto espectacular, entonces se vuelve peligroso. Está infringiendo las reglas, socavando la sagrada economía, desafiando todas y cada una de las ideas preconcebidas sobre las que se edifica la sociedad. Por eso el padre de Rafe arremete con un ataque de desprecio cuando su hijo le dice que es feliz. A su modo de ver, somos unos subversivos, unos traidores.

– Creo que te acercas mucho -observó Daniel-. No son celos. Es miedo. Es fascinante. A lo largo de la historia, hasta hace cien años, cincuenta si me apuras, la insatisfacción se consideraba una amenaza para la sociedad, el desafío a las leyes naturales, el peligro que debía exterminarse a toda costa. Y ahora es la satisfacción. ¡Curiosa inmersión!

– Somos revolucionarios -comentó Justin con desenfado, sumergiendo un Dorito en el tarro de la salsa, en una imagen diametralmente opuesta a la revolución-. Nunca imaginé que fuera tan fácil.

– Somos una guerrilla sigilosa -puntualicé en tono de sorna.

– Tú lo que eres es una chimpancé sigilosa -bromeó Rafe, lanzando tres monedas al pozo.

– Sí, pero satisfecha -apostilló Daniel dedicándome una sonrisa-. ¿No es cierto?

– De hecho, si Rafe deja de acaparar la salsa de ajo, seré la chimpancé sigilosa más satisfecha de toda Irlanda.

– Así me gusta -observó Daniel, con un leve cabeceo-. Eso es exactamente lo que quería oír.

Sam nunca preguntaba. «¿Cómo va?», decía, en nuestras conversaciones telefónicas a altas horas de la noche. Y cuando yo le contestaba: «Bien», cambiaba de tema. Al principio me relataba fragmentos de su parte de la investigación, que consistía en comprobar escrupulosamente mis antiguos casos, la lista de alborotadores de los uniformados locales y a los profesores y alumnos de Lexie. No obstante, al ver que sus pesquisas no le llevaban a ningún puerto, dejó de hacerlo. En su lugar, empezó a contarme otras cosas, trivialidades de la vida cotidiana. Había visitado mi apartamento un par de veces, para ventilarlo y asegurarse de que no resultara demasiado obvio que estaba vacío; el gato de los vecinos había tenido una camada en la parte baja del jardín, me explicó, y la indeseable señora Moloney, del piso de abajo, había dejado una nota en el coche de Sam informándolo de que el parking era «sólo para inquilinos». No se lo confesé, pero todo aquello me quedaba a años luz, como si perteneciera a un mundo perdido en la memoria y tan caótico que el mero hecho de pensar en ello me agotaba. A veces, me costaba un poco recordar de quién me estaba hablando.

Sólo una vez, el sábado por la noche, me preguntó acerca de los demás. Yo erraba por mi sendero particular y me recosté en un seto de espino, sin apartar la vista de la casucha. Llevaba un calcetín de Lexie atado alrededor del micro, cosa que me confería un atractivo aspecto con tres tetas, pero así conseguía que Frank y su tropa sólo entendieran en torno al diez por ciento de la conversación.

En cualquier caso, hablaba en voz baja. Prácticamente desde el mismo momento en que había salido por la puerta trasera, había tenido la sensación de que alguien me perseguía. No era por nada en concreto, o al menos nada que no pudiera achacarse al viento, a las sombras proyectadas por la luna y a los sonidos nocturnos del campo; pero podía percibir esa corriente eléctrica de bajo nivel en la nuca, donde el cráneo se une a la columna vertebral, que sólo se activa cuando los ojos de alguien se posan en ella. Tuve que hacer acopio de toda mi voluntad para no volver la vista; si por casualidad alguien merodeaba por allí, no quería que supiera que lo había descubierto, al menos no hasta que decidiera qué iba a hacer yo al respecto.

– ¿Y nunca vais al pub? -quiso saber Sam.

No estaba segura de qué me estaba preguntando. Sam sabía exactamente en qué empleaba mi tiempo. Según me había explicado Frank, entraba a trabajar a las seis de la mañana para revisar todas las cintas. Y eso me enfurecía, aunque no hubiera razón para ello, pero la idea de sacarlo a relucir me enervaba aún más.

– Rafe, Justin y yo fuimos al Buttery el martes, después de las tutorías -expliqué-. ¿Te acuerdas?

– Me refiero al del barrio… ¿Cómo se llama? Regan's. Está en el pueblo. ¿Acaso nunca van allí?

Pasábamos por delante del Regan's en el coche, durante el trayecto de ida y vuelta de la universidad: era un pequeño pub rural desvencijado, apretujado entre la carnicería y el ultramarinos, con bicicletas sin candar apoyadas contra la pared por las tardes. Nunca nadie había sugerido que fuéramos a tomar algo allí.