Conozco muchas tretas para desembarazarse de un perseguidor, sorprenderlo in fraganti o darle la vuelta a la tortilla; la mayoría de ellas están concebidas para aplicarlas en las calles de una ciudad, no para un lugar en medio de la nada, pero pueden adaptarse. Mantuve la vista fija en el frente y aceleré el paso, hasta que fue imposible que alguien estuviera demasiado cerca sin ser descubierto o delatarse por el ruido en el sotobosque. Luego viré bruscamente y me adentré por un camino perpendicular, apagué la linterna, corrí quince o veinte metros, me colé, con todo el sigilo posible, a través de un seto y llegué a un prado donde podía correr a mis anchas. Me quedé quieta, agazapada, oculta entre los matorrales, y esperé.
Veinte minutos sin oír nada, ni el crujir de un guijarro ni el frufrú de una hoja. Si de verdad alguien me seguía, era infinitamente paciente o inteligente, idea que no me reconfortaba demasiado. Al final volví a atravesar el seto. Hasta donde mis ojos alcanzaban a ver no había nadie en el sendero, en ninguna dirección. Me sacudí todas las hojas y ramitas que pude de la ropa y puse rumbo a casa, a paso ligero. Las caminatas de Lexie duraban en torno a una hora; no pasaría mucho tiempo antes de que los demás empezaran a preocuparse. Por encima de los setos se apreciaba un resplandor recortado contra el cielo: la luz de Whitethorn House, tenue y dorada y directa a través de virutas de humo de leña como neblina.
Aquella noche, mientras leía en la cama, Abby llamó a mi puerta. Llevaba un pijama de franela a cuadros rojos y blancos, la cara lavada y la melena suelta sobre los hombros; no aparentaba tener más de doce años. Cerró la puerta a sus espaldas y se sentó a lo indio cerca de mi cama, con sus pies bajo las rodillas para que no se le enfriaran.
– ¿Puedo hacerte una pregunta? -dijo.
– Claro -contesté, rogando al cielo por conocer la respuesta.
– Está bien. -Abby se remetió el cabello por detrás de las orejas y miró hacia la puerta, tras ella-. No sé cómo plantear esto, así que voy a ir directa al grano y, si quieres, puedes decirme que me meta en mis asuntos. ¿El bebé está bien?
Debí de quedarme patidifusa. Se le curvó el labio hacia arriba por una de las comisuras, dibujando una sonrisita irónica.
– Lo siento. No quería desconcertarte. Simplemente me lo preguntaba. Siempre hemos ido sincronizadas, pero el mes pasado no compraste chocolate… y luego vomitaste aquel día… Simplemente me lo imaginé.
La mente me iba a mil por hora.
– ¿Lo saben los chicos?
Abby se encogió de hombros.
– Lo dudo. Al menos no han mencionado nada.
Eso no descartaba la posibilidad de que al menos uno de ellos lo supiera, que Lexie se lo hubiera dicho al padre (bien que iba a tener el niño o que iba a someterse a un aborto), y que él hubiera perdido los estribos: a Abby no se le había pasado por alto. Esperó. Aguardaba mi respuesta.
– El niño no sobrevivió -le expliqué, lo cual, a fin de cuentas, era cierto.
Abby asintió.
– Lo siento -lamentó-. Lo siento de veras, Lexie. ¿O…?
Arqueó una ceja discretamente.
– No pasa nada -respondí-. No estaba segura sobre qué decisión tomar al respecto, de todos modos. Así ha sido más fácil.
Volvió a asentir y me di cuenta de que había acertado: Abby no se mostró sorprendida.
– ¿Se lo vas a decir a los chicos? Si prefieres, puedo hacerlo yo.
– No -repliqué-. No quiero que lo sepan.
La información es munición, dice Frank siempre. El embarazo podía resultarme de utilidad en alguna ocasión; no tenía intención de echar esa baza por la borda. Creo que fue en aquel momento, en el preciso instante en que me di cuenta de que estaba guardándome un bebé muerto como si se tratara de una granada de mano, cuando entendí en qué me había convertido.
– Está bien. -Abby se puso en pie y se remangó los pantalones del pijama-. Si en algún momento te apetece hablar de ello, sabes dónde encontrarme.
– ¿No vas a preguntarme quién era el padre? -inquirí.
Si todo el mundo sabía con quién se acostaba Lexie, entonces me había metido en un buen follón, pero no tenía la sensación de que así fuera; Lexie parecía haber vivido la mayor parte de su vida según lo dictaran las necesidades. Pero Abby… Si alguien podía adivinarlo, sin duda era ella. Ya de cara a la puerta, giró sobre sus talones y encogió un solo hombro.
– Supongo que -empezó a decir en un tono de voz esmeradamente neutro-, si quieres decírmelo, probablemente lo harás.
Cuando se hubo ido, con un arpegio de pies descalzos casi inaudible en su descenso por las escaleras, dejé mi libro donde estaba y me senté a escuchar cómo los demás se preparaban para meterse en la cama: alguien abrió un grifo en el cuarto de baño; debajo de mí, Justin canturreaba sin el menor sentido del ritmo para sí mismo «Gooooldfinger…»; las tablas del suelo crujían mientras Daniel deambulaba tranquilamente por su dormitorio. Poco a poco, los ruidos fueron amortiguándose, se volvieron más tenues e intermitentes, hasta acabar fundiéndose en el silencio. Apagué la lámpara de la mesilla de noche: Daniel vería a través de su puerta si la dejaba encendida y por aquella noche ya había cubierto mi cupo de conversaciones privadas. Incluso después de que se me acostumbraran los ojos a la oscuridad, lo único que conseguía ver era la masa tenebrosa del armario, la joroba del tocador y un destello apenas perceptible en el espejo, cuando me movía.
Había invertido grandes dosis de energía en no pensar en el bebé, en el bebé de Lexie. Cuatro semanas, había dicho Cooper, ni siquiera medía un centímetro: una piedra preciosa diminuta, una única mota de color deslizándose entre los dedos, a través de las grietas… y había desaparecido. Un corazón del tamaño de un puntito de purpurina y vibrante como un colibrí, alimentado por un millón de cosas que ya nunca sucederían.
«Y luego vomitaste aquel día…» Un niño con una voluntad férrea, despierto y reacio a que lo pasaran por alto, extendiendo ya sus dedos como filamentos para tirar de ella. Por algún motivo, no imaginaba un bebé con piel aterciopelada, sino un rorro de uno o dos años, compacto y desnudo, con la cabeza llena de rizos, sin rostro, alejándose de mí corriendo por un prado en un día de verano, dejando una estela de risas tras de sí. Quizá Lexie se hubiera sentado en aquella misma cama un par de semanas atrás fabulando con esa misma imagen.
O tal vez no. Empezaba a tener la sensación de que la voluntad de Lexie había sido más férrea que la mía, como si se tratara de una persona dura como la obsidiana, nacida para resistir, no para combatir. Y en tal caso, de no haber querido imaginarse a su hijo, ese minúsculo cometa del color de una joya ni siquiera habría surcado por un segundo sus pensamientos.
Anhelaba con todas mis fuerzas saber si habría deseado tenerlo, como si creyera que aquélla sería la llave que desentrañaría toda la historia. Nuestra prohibición contra el aborto no cambia nada: una larga y silenciosa letanía de mujeres toma un ferry o un avión cada año rumbo a Inglaterra y regresa a casa antes de que nadie la eche en falta. No había nadie en el mundo que pudiera aclararme cuáles eran los planes de Lexie; probablemente ni siquiera ella estuviera segura. Estuve a un tris de saltar de la cama y deslizarme al piso de abajo para echarle otro vistazo a su agenda, por si acaso se me había pasado algo por alto, tal vez un punto de tinta diminuto oculto en un rincón de diciembre, en fecha prevista de su período, pero habría sido una pérdida de tiempo y, de todos modos, ya sabía que en aquellas páginas no había nada. Me senté en la cama, sumida en la oscuridad, abrazada a mis rodillas, y me quedé un buen rato escuchando la lluvia y notando el paquete de las baterías clavándose justo en el lugar donde debería encontrarse la herida de la puñalada.