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Hubo una noche especial; la del domingo, si no me equivoco. Los muchachos habían apartado el mobiliario del salón contra las paredes y estaban empleándose a fondo con el suelo armados de una lijadora, una enceradora y elevadas dosis de testosterona. Abby y yo habíamos decidido que se las apañaran solitos y habíamos subido al cuarto trastero situado junto a mi dormitorio para seguir explorando los tesoros del tío Simon. Yo estaba sentada en el suelo, medio sepultada bajo retales de tela viejos, escogiendo los que no estaban agujereados por las polillas; Abby registraba un gigantesco montón de cortinas espantosas, murmurando: «Basura, basura, basura… Éstas podríamos lavarlas… Basura, basura, ¡madre mía!, basura… pero ¿quién diablos compró esta porquería?». La lijadora zumbaba ruidosamente en la planta baja y la casa transmitía una sensación de ajetreo y aposentamiento que me recordó a la sala de la brigada de Homicidios en un día tranquilo.

– ¡Guau! -exclamó Abby de repente, sentándose sobre sus talones-. Mira esto.

Sostenía en alto un vestido de un color azul como el huevo de un petirrojo, con diminutos lunares blancos, cuello y fajín también blancos, pequeñas mangas casquillo y una falda con vuelo confeccionada para dejar las piernas a la vista al girar sobre una misma, en pleno baile.

– ¡Caray! -repliqué al tiempo que intentaba desenmarañarme de mi mar de retales y me dirigía hacia ella para contemplarlo más de cerca-. ¿Crees que pertenecía al tío Simon?

– Dudo que tuviera figura para llevarlo, pero lo comprobaremos en el álbum de fotos. -Abby sostuvo el vestido con el brazo alargado y lo examinó-. ¿Quieres probártelo? No creo que tenga polillas.

– Pruébatelo tú. Tú lo has encontrado.

– A mí no me sentaría bien. Mira. -Abby se puso en pie y se colocó el vestido por encima-. Es para alguien más alto. La cintura me quedaría por el trasero.

Abby debía de medir en torno al metro cincuenta y dos, pero se me olvidaba: me resultaba difícil pensar en ella como alguien de baja estatura.

– Pero es para alguien más flaco que yo -dije, comprobando la cintura del vestido contra la mía- o para alguien que llevara un corsé de aquellos que constreñían de verdad. Yo lo reventaría.

– Quizá no. Te adelgazaste en el hospital. -Abby me lanzó el vestido sobre el hombro-. Pruébatelo.

Me miró sorprendida cuando me encaminé a mi habitación a cambiarme: era evidente que eso no encajaba con mi carácter, pero no había nada que yo pudiera hacer, salvo esperar que lo achacara a que me avergonzaba que me viera el vendaje o algo así. De hecho, el vestido me sentaba más o menos bien; me iba tan ceñido que la venda hacía un bulto, pero no había nada extraño en ello. Comprobé rápidamente que el cable no se viera. El espejo me devolvió la imagen de una mujer ansiosa, traviesa y atrevida, lista para lo que fuera.

– Te lo dije -comentó Abby cuando salí a enseñárselo. Me hizo girar sobre mí misma y me ató una lazada más grande con la cinta-. Vamos a que te vean los chicos. Se van a quedar boquiabiertos.

Bajamos las escaleras corriendo y gritando:

– ¡Mirad lo que hemos encontrado!

Y para cuando llegamos al salón, la lijadora estaba apagada y los muchachos nos esperaban.

– ¡Guau! ¡Qué guapa estás! -gritó Justin-. ¡Nuestra jovencita jazzera!

– Perfecto -comentó Daniel con una sonrisa-. Te queda perfecto.

Rafe pasó una pierna por encima de la banqueta del piano y deslizó un dedo por el teclado, con una fantástica floritura de experto. Entonces empezó a tocar, una melodía suave e insinuante con un leve swing de trasfondo. Abby soltó una carcajada. Luego volvió a apretarme la lazada del vestido, se dirigió al piano y empezó a cantar:

– De todos los hombres que he conocido, y he conocido a unos cuantos, hasta que te encontré me sentí sola…

Había oído a Abby cantar antes, pero sólo para sí misma, cuando pensaba que nadie la escuchaba, nunca de aquella manera. Tenía una voz sensacional, esa clase de voz que ya no se oye hoy en día, un contralto magnífico y auténtico que parecía sacado de las películas bélicas del pasado, una voz para clubes nocturnos llenos de humo y una melena con ondas al estilo años veinte, pintalabios rojo y un saxofón azul. Justin dejó la lijadora en el suelo, chocó sus tacones y me hizo una reverencia.

– ¿Me concede el honor? -preguntó y me tendió la mano.

Dudé un instante. ¿Qué pasaría si Lexie tenía dos pies izquierdos? ¿Qué si era una bailarina experta y mi torpeza me dejaba en evidencia? ¿Qué si Justin me apretaba demasiado contra él y notaba el paquete de baterías bajo el vendaje…? Pero siempre me ha chiflado bailar y me parecía que hacía siglos que no lo hacía o no había querido hacerlo, tanto que ni siquiera recordaba la última vez. Abby me guiñó el ojo sin saltarse ni una nota y Rafe tocó un nuevo riff. Yo tomé la mano de Justin y le permití arrancarme del marco de la puerta.

Justin bailaba bien: pasos delicados y su mano firme sobre la mía mientras me hacía girar describiendo lentos círculos alrededor del salón, con las tablas de madera lisas y cálidas y polvorientas bajo mis pies descalzos. Y debo decir que yo tampoco había perdido el tranquillo: no andaba pisoteando a Justin ni haciéndome la zancadilla; mi cuerpo se bamboleaba guiado por sus movimientos seguros y ágiles, con tal soltura que parecía que me había pasado la vida bailando y no podría equivocarme ni aunque lo intentara. Estrías de luz solar refulgiendo en mis ojos, Daniel apoyado en la pared y sonriendo con un pedazo de papel de lija olvidado en su mano, mi falda revoloteando como una campana mientras Justin me apartaba de él para hacerme dar una vuelta y volvía a agarrarme. Abby: «¿Cómo podría explicar lo que siento por ti?». Olor a barniz y motas de serrín alzándose en leves volutas a través de las largas columnas de luz. Abby con una mano en alto y la cabeza vencida hacia atrás, con el cuello expuesto y la canción entrelazándose en el techo y llenando las estancias desnudas de techos desconchados y proyectándose al resplandeciente cielo del atardecer.

Entonces recordé cuándo había sido la última vez que había bailado así: Rob y yo en el terrado de la ampliación que hay bajo mi apartamento, la noche antes de que todo se fuera a pique. Ni siquiera me dolió. Hacía mucho tiempo de aquello, y yo me había abotonado hasta arriba mi vestido azul y era intocable y aquello era algo dulce y triste que le había ocurrido a alguna otra mujer tiempo atrás. Rafe subía el ritmo y Abby se bamboleaba más rápidamente, chasqueando los dedos: «Podría decir bella, bella, incluso wunderbar, y así, en todos los idiomas, lo magnífica que eres expresar…».

Justin me agarró por la cintura, me levantó y me hizo girar en el aire, con el rostro encendido y riendo a carcajada limpia junto a mi oído. Las paredes del amplio y desnudo salón reverberaban la voz de Abby, como si hubiera un técnico armonizándola en cada rincón, y nuestros pasos sonaban y resonaban hasta que pareció que toda la estancia estaba abarrotada de parejas bailando, que la casa invocaba a todas las personas que habían bailado en su seno en el decurso de siglos de veladas primaverales, muchachas preciosas despidiendo a apuestos muchachos que partían rumbo a la guerra, damas y caballeros de pelo cano irguiendo sus espaldas mientras en el exterior su mundo se desintegraba y uno nuevo aporreaba sus puertas, todos ellos magullados y riendo, dándonos la bienvenida a su largo linaje.