Capítulo 9
– Bueno, bueno, bueno -bromeó Frank aquella noche-. Sabes qué día es hoy, ¿no?
No tenía ni idea. La mitad de mi mente estaba todavía en Whitethorn House. Después de cenar, Rafe había sacado un libro de canciones hecho polvo y con las páginas amarillentas de dentro de la banqueta del piano y seguía inmerso en la música de entreguerras, Abby cantaba desde el cuarto trastero «Oh, Johnny, ¿cómo puedes amar?» mientras retomaba la exploración en aquellos tesoros, y Daniel y Justin se afanaban en fregar los platos, y el ritmo siguió resonando en mis tacones, dulce y fresco y tentador, a lo largo de todo el camino por el prado y hasta que hube atravesado la verja posterior. Por un momento me había planteado quedarme en casa aquella noche, dejar a Frank, a Sam y al misterioso par de ojos que se las apañaran solos por un día. La verdad es que aquellos paseos nocturnos no me estaban conduciendo a descubrir nada. La noche se había vuelto nubosa y una llovizna fina como agujas salpicaba sobre el impermeable comunitario, y no me gustaba llevar la linterna encendida mientras hablaba por teléfono, así que apenas veía más allá de dos palmos de mis narices. Podía haber un aquelarre de asesinos con cuchillos bailando la «Macarena» alrededor de la casita y yo ni me habría enterado.
– Si es tu cumpleaños -aventuré-, tendrás que esperar un poco a que te dé el regalo.
– Muy simpática. Es domingo, cariño. Y, a menos que me equivoque, sigues en Whitethorn House, acomodada como un bichito en una alfombra, lo cual significa que hemos ganado nuestra primera batalla: has superado la primera semana sin que te descubran. Felicidades, detective. Estás infiltrada.
– Supongo que sí -respondí.
En algún momento había dejado de contar los días. Lo consideré buena señal.
– Y bien -añadió Frank. Lo oí ponerse cómodo, apagar el maldito receptor de radio de fondo: estaba en casa, estuviera donde estuviese su casa desde que Olivia lo había puesto de patitas en la calle-. Hagamos un resumen de la primera semana.
Me senté encima de un muro y dediqué un segundo a aclararme el pensamiento antes de contestar. Al margen de toda la cordialidad y las bromitas, Frank es trabajo: solicita informes como cualquier otro jefe y le gusta que sean claros, minuciosos y sucintos.
– Primera semana -repliqué-. Me he infiltrado en el hogar de Alexandra Madison y en su lugar de estudios, al parecer con éxito: nadie ha mostrado albergar sospechas. He rebuscado en Whitethorn House tanto como me ha sido posible; sin embargo no he encontrado nada que nos dirija a ningún sitio en concreto. -Básicamente, era verdad; la agenda apuntaba en una dirección, pero aún no sabía cuál-. Me he mostrado lo más accesible posible… tanto con los conocidos de quienes tenemos constancia, intentando quedarme a solas con ellos durante el día o la noche, como con desconocidos, asegurándome de que se me vea bien durante mis caminatas. No se me ha acercado nadie que no estuviera en nuestro radar pero, a estas alturas, eso no descarta la hipótesis de que el agresor fuera un extraño; podría estar tomándose su tiempo. Los compañeros de casa de Alexandra se me han aproximado en varias ocasiones, y también algunos de sus alumnos y profesores, pero todos ellos parecían especialmente preocupados por saber cómo me encontraba. Brenda Grealey manifestó un mayor interés en los detalles, más de lo que uno esperaría, pero creo que se debe sólo a que es macabra. Ninguna de las reacciones al apuñalamiento o al regreso de Lexie han levantado banderas rojas. Los compañeros de casa parecen haber disimulado la angustia que les provocaron los detectives que investigaban el caso, pero viniendo de ellos no lo considero un comportamiento sospechoso. Son reservados con los extraños.
– Y que lo digas -convino Frank-. ¿Algún presentimento?
Me moví un poco, intentando encontrar un trozo de muro donde no se me clavara nada en el culo. Todo aquello me estaba resultando más complicado de lo que debería, porque no tenía previsto explicarles ni a Frank ni a Sam la existencia de la agenda ni la sensación de que me seguían.
– Creo que hay algo que se nos escapa -aventuré al fin-, algo importante. Quizá tu hombre misterioso, quizás un móvil, quizá… No lo sé. Simplemente se trata de la sensación, y es bastante intensa, de que hay algo que aún no ha aflorado. Siempre presiento que estoy a punto de poner el dedo en la llaga, pero…
– ¿Relacionado con los muchachos de la casa? ¿Con la universidad? ¿Con el bebé? ¿Con la historia de May-Ruth?
– No lo sé -contesté-. De verdad que no lo sé.
Crujieron los muelles del sofá bajo el peso de Frank, que se estiró para coger algo, una bebida tal vez porque lo oí tragar.
– Está bien, yo puedo asegurarte que no es el bisabuelo. Ahí te equivocaste. Murió de cirrosis; se pasó treinta o cuarenta años encerrado en esa casa bebiendo y luego seis meses agonizando en un hospicio. Ninguno de los cinco lo visitaron. De hecho, a tenor de mis averiguaciones, el anciano y Daniel no se veían desde que éste era niño.
Difícilmente podría haber estado más contenta de haberme equivocado, pero ello me dejó con esa sensación de estarme aferrando a espejismos que llevaba acompañándome toda la semana.
– Entonces, ¿por qué le dejó la casa en herencia a Daniel?
– No tenía muchas alternativas. La familia murió joven; los únicos dos parientes con vida eran Daniel y su primo, Edward Hanrahan, el hijo de la hija del viejo Simon. Eddie es un pequeño yuppie, trabaja para una inmobiliaria. Según parece, Simon pensó que el pequeño Daniel era el menor de los dos diablos. Quizá le gustaran más los eruditos que los yuppies, o tal vez quisiera que la casa permaneciera en propiedad de la familia.
Bien por Simon.
– Pues a Eddie debió de importunarle bastante.
– No te quepa duda. No tenía más relación con el viejo que Daniel, pero intentó impugnar el testamento, asegurando que la bebida había trastornado las facultades mentales de Simon. Ése fue el motivo por el que se dilataron tanto los trámites de la aprobación. Fue un intento estúpido, pero digamos que Eddie no es precisamente una lumbrera. El médico de Simon confirmó que, efectivamente, era un alcohólico y un viejo insoportable, pero tan capaz como tú y como yo. Fin de la historia. No hay nada raro en este aspecto.
Bajé del muro de un salto. No debería sentirme frustrada; de hecho, nunca había pensado realmente que la pandilla hubiera echado belladona en el adhesivo de la dentadura postiza del tío Simon, pero no podía desembarazarme de la sensación de que algo raro pasaba en Whitethorn House, algo que yo debería ser capaz de descifrar.
– Bien -respondí-. Sólo era una idea. Lamento haberte hecho perder el tiempo.
Frank suspiró.
– Nada de eso. Hay que verificarlo todo. -Si volvía a oír esa frase otra vez, iba a asesinar a alguien con mis propias manos-. Si crees que son raros, probablemente lo sean. Sólo que no en ese sentido.
– Nunca he dicho que fueran raros.
– Bueno, hace unos días pensabas que habían asfixiado al tío Simon con una almohada.
Me cubrí más la cara con la capucha: me estaba salpicando la lluvia, gotas como alfileres, y quería regresar a casa. Era difícil determinar qué era más inútil, si mi operación de vigilancia o aquella conversación.
– No lo creía. Simplemente te pedí que lo comprobaras, por si sonaba la flauta. No me parecen una panda de asesinos.
– Humm -murmuró Frank-. ¿Y estás segura de que eso no es sólo porque sean unas personas tan adorables?
No capté si me estaba tomando ei pelo o si me estaba analizando pero, sabiendo como es Frank, probablemente fueran ambas cosas.
– Venga, Frankie, me conoces mejor que eso. Me has preguntado por mi instinto, y eso es lo que me dice. Desde hace una semana, básicamente me he pasado cada segundo de vigilia con estas cuatro personas y no he percibido ningún indicio de móvil ni de remordimientos de conciencia y, tal como habíamos acordado, si uno de ellos lo hubiera hecho, los demás lo sabrían. A estas alturas, alguien se habría desmoronado, aunque fuera por un segundo. Creo que tienes razón al sospechar que ocultan algo, pero no creo que se trate de eso.