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– Está bien -replicó Frank en un tono neutro-. Tienes dos misiones para la segunda semana. La primera es averiguar qué es lo que te inquieta. Y la segunda empezar a provocar un poco a los muchachos, averiguar qué ocultan. Hasta ahora se lo has puesto muy fácil, lo cual está bien, es lo que habíamos planeado, pero ha llegado el momento de comenzar a apretar los tornillos. Y, entre tanto, ten siempre presenté una cosa. ¿Te acuerdas de tu charla femenina de la otra noche con Abby?

– Sí -contesté. Me recorrió un escalofrío extraño al imaginar a Frank escuchando aquella conversación, un sensación cercana a la indignación. Tuve ganas de chillarle: «Era una conversación privada»-. Las fiestas de pijama molan. Te dije que Abby era una chica inteligente. ¿Qué crees: sabe o no quién es el padre?

No había llegado a una conclusión acerca de esa cuestión.

– Es probable que acertara si intentara adivinarlo, pero no creo que esté segura. De lo que sí estoy convencida es de que no va a confiarme sus sospechas.

– Vigílala -me recomendó Frank, al tiempo que daba otro sorbo a su bebida-. Es demasiado observadora para mi gusto. ¿Crees que se lo contará a los muchachos?

– No -respondí. No albergaba dudas al respecto-. Tengo la impresión de que Abby no se mete donde no la llaman y deja que cada uno resuelva sus conflictos sólito. Sacó a colación el tema del embarazo para que yo no tuviera que sobrellevarlo sola si no quería, pero una vez lo dejó claro dio el asunto por zanjado, nada de indagaciones ni insinuaciones. No dirá nada. Y Frank, ¿vas a volver a interrogar a estos chicos?

– Aún no he tomado una decisión en firme -contestó Frank. Su voz denotaba recelo; no le gusta que lo fuercen a comprometerse-. ¿Por qué?

– Si lo haces, no menciones el bebé. ¿De acuerdo? Quiero guardarme ese as en la manga. Contigo están en guardia; sólo conseguirás una reacción velada. La que tengan conmigo será mucho más sincera.

– De acuerdo -convino Frank al cabo de un momento. Fingía estarme haciendo un favor, pero percibí el trasfondo de satisfacción: le gustaba mi modo de pensar. Reconfortaba saber que a alguien le gustaba-. Pero asegúrate de hacerlo en el momento oportuno. Emborráchalos o algo por el estilo.

– No se emborrachan, sólo se achispan. Sabré cuándo es el momento idóneo cuando se presente.

– Perfecto. Pero escucha: Abby oculta algo, y no sólo lo que nos preocupa; se lo ocultaba a Lexie también, y sigue escondiéndoselo a los muchachos. Hemos estado hablando de ellos como si fueran una gran entidad con un gran secreto, pero no es tan sencillo. Existen fisuras. Todos podrían compartir el mismo secreto, pero también podrían albergar secretos propios, o ambas cosas. Busca esas fisuras. Y mantenme informado.

Frank estaba a punto de cortar la comunicación.

– ¿Hay algún dato nuevo sobre la víctima? -pregunté.

May-Ruth. Me resultaba imposible pronunciar aquel nombre en voz alta; incluso invocarla me provocaba un escalofrío de extrañeza. Pero si Frank tenía alguna novedad, quería saberla. Frank soltó una carcajada.

– ¿Alguna vez has intentado meterle prisas al FBI? Tienen todo un plantel de madres destripadoras y padres violadores de cosecha propia; el homicidio sin trascendencia de los demás no figura entre sus prioridades. Olvídate de ellos. Nos darán más información cuando nos la den. Tú concéntrate en conseguirme algunas respuestas.

Frank tenía razón. Al principio contemplaba a los cinco como una unidad indisoluble: los compañeros de casa, hombro con hombro, elegantes e inseparables como figurantes salidos de un cuadro, todos ellos en plena juventud, luminosos, con el lustre de la madera encerada de antaño. Había sido en el transcurso de aquella primera semana cuando se habían vuelto reales ante mis ojos, cuando habían pasado a ser seres individuales con sus pequeñas idiosincrasias y debilidades. Sabía que existían fisuras. Ese tipo de amistad no se materializa de la nada al final de un arco iris una mañana en medio de una neblina hollywoodiense desenfocada. Para que perdure en el tiempo, y con tal proximidad, hay que empeñarse de lo lindo. Pregunten a cualquier patinador sobre hielo o bailarín de ballet o jinete, a cualquiera que viva cerca de cosas móviles y bellas: nada cuesta más esfuerzo que la naturalidad.

Pequeñas fisuras, al principio: resbaladizas como la bruma, nada que pudiera concretarse. Estábamos en la cocina la mañana del domingo, desayunando. Rafe había interpretado su rutina «mongólico quiere un café» y había desaparecido para acabar de despertarse. Justin cortaba sus huevos fritos en tiras perfectas. Daniel comía salchichas con una mano y tomaba notas en los márgenes de lo que parecía una fotocopia en un idioma nórdico antiguo. Abby hojeaba un diario de hacía una semana que había encontrado en el edificio de Lengua y Literatura y charlaba con nadie en particular sobre nada en concreto. Yo había ido subiendo el nivel de energía gradualmente. Resultaba más complicado de lo que suena. Cuanto más hablaba, más probable era que metiera la pata; sin embargo, el único modo de obtener algo de utilidad de aquellos cuatro era conseguir que se relajaran conviviendo conmigo, y eso sólo ocurriría una vez se reinstaurara la normalidad, lo cual, en el caso de Lexie, no implicaba guardar largos silencios. Les estaba hablando en la cocina de las cuatro horribles chicas de mi tutoría de los jueves, pues consideré que pisaba un terreno bastante seguro.

– A mis ojos, parecen la misma persona. Todas se llaman Orla o Fiona o Aoife o algo similar y hablan con voz gangosa, como si les hubieran estirpado quirúrgicamente los senos, y todas llevan ese pelo rubio de pote y alisado, y ninguna de ellas, jamás de la vida, lee las lecturas recomendadas. No sé por qué se preocupan en ir a la universidad.

– Para conocer a niños ricos -aventuró Abby sin levantar la vista del periódico.

– Bueno, al menos una de ellas ha encontrado uno. Un tipo con aspecto de futbolista. La estaba esperando después de la tutoría de la semana pasada y os puedo jurar que cuando las cuatro aparecieron por la puerta puso cara de terror y le tendió la mano a la chica equivocada, antes de que la correcta se le abalanzara encima. Él tampoco las diferenciaba.

– Vaya, parece que alguien ya se encuentra mejor -opinó Daniel, sonriéndome desde el otro lado de la mesa.

– Doña Cotorra -me criticó Justin, al tiempo que depositaba otra tostada en mi plato-. Sólo por curiosidad, ¿alguna vez has estado calladita durante más de cinco minutos seguidos?

– Afirmativo. Tuve laringitis de pequeña, a los nueve años, y no pude decir ni una sola palabra durante cinco días. Fue espantoso. No dejaban de traerme sopa de pollo y tebeos y cosas aburridas, y yo intentaba explicarles que me encontraba bien y que lo que quería era levantarme, pero ellos me decían que no intentara hablar y que no forzara la garganta. ¿Alguna vez de pequeños…?

– ¡Maldita sea mi estampa! -exclamó Abby de pronto, alzando la vista del diario-. ¡Las cerezas! Caducaban ayer. ¿Alguien sigue con hambre? Podríamos hacer crepés con ellas u otro plato para aprovecharlas.

– No sabía que existieran las crepés de cereza -comentó Justin-. Suena asqueroso.

– ¿Por qué? Si existen las crepés de arándanos…

– Y pastelillos de cereza -señalé yo, con la boca llena de pan.

– Pero el principio es enteramente distinto -intervino Daniel-. Son guindas. La acidez y los niveles de humedad…

– Al menos podríamos intentarlo. Valen mucho dinero; no voy a dejar que se pudran.

– Yo probaré lo que cocinemos -la secundé-. Me comeré gustosa una crep de cereza.