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– ¡A tomar por el culo! -exclamé.

– ¿Por qué dices eso? -comentó Justin perezosamente, desde el balancín-. ¿Qué hay de malo en tomar por el culo?

Se me subieron las antenas. Me preguntaba si Justin sería homosexual, pero las pesquisas de Frank no habían revelado nada ni en un sentido ni en otro (ni novios ni novias) y podía ser sencillamente un heterosexual agradable y sensible con una vena doméstica. Si era gay, en ese caso podía tachar un candidato de la lista de padres de mi bebé.

– Venga, Justin, deja de alardear -intervino Rafe.

Estaba tumbado boca arriba en la hierba, con los ojos cerrados y los brazos doblados bajo la cabeza.

– Eres un homófobo -contestó Justin-. Si yo dijera: «¡Al cuerno con la penetración!» y Lexie replicara: «¿Qué tiene de malo la penetración?», no la acusarías de alardear.

– Yo sí lo haría -intervino Abby, desde detrás de Rafe-. La acusaría de alardear de su vida amorosa cuando el resto de nosotros carece de ella.

– Habla por ti -la corrigió Rafe.

– Bueno -continuó Abby-. Es que tú no cuentas. Tú nunca nos explicas nada. Podrías estar manteniendo un tórrido romance con todo el equipo femenino de hockey del Trinity y ninguno de nosotros sabría ni mu sobre ello.

– A decir verdad, nunca he tenido un rollo con ninguna de las chicas del equipo femenino de hockey -replicó Rafe remilgadamente.

– Pero ¿existe un equipo femenino de hockey? -quiso saber Daniel.

– Tú no vayas por ahí captando ideas -lo reprendió Abby.

– Creo que ése es el secreto de Rafe -dije yo-. Como guarda ese silencio enigmático, todos tenemos esa imagen de él experimentando vivencias inenarrables a nuestras espaldas, seduciendo a equipos enteros de hockey y copulando como un conejito. Yo, para ser honesta, creo que nunca nos cuenta nada porque no tiene nada que contarnos: tiene una vida amorosa aún más estéril que el resto de nosotros.

Rafe me miró de refilón, con una sonrisa leve y enigmática.

– Eso no resultaría fácil -objetó Abby.

– ¿Es que nadie va a preguntarme por mi tórrida aventura con el equipo de hockey masculino? -preguntó Justin.

– No -lo atajó Rafe-. Nadie va a preguntarte por tus tórridas aventuras, porque, para empezar, todos sabemos que nos las vas a contar de todos modos y, para continuar, siempres son soberanamente aburridas.

– Bien -contestó Justin al cabo de un momento-. Capto la indirecta… Aunque, viniendo de ti…

– ¿Qué? -saltó Rafe, recostándose en los codos y mirando a Justin con frialdad-. Viniendo de mí, ¿qué?

Nadie dijo nada. Justin se quitó las gafas y se dispuso a limpiar los cristales, demasiado a conciencia, con el dobladillo de su camisa. Rafe encendió un cigarrillo.

Abby me dirigió una mirada cómplice. Recordé aquellos vídeos: «Se entienden con sólo mirarse», había dicho Frank. Aquélla era la función de Lexie, romper la tensión, salir con un comentario ingenioso que hiciera a todo el mundo poner los ojos en blanco, soltar una carcajada y continuar como si tal cosa.

– ¡Vaya! ¡A tomar por todas las formas de fornicación inconcretas! -exclamé cuando el remache volvió a saltar a la hierba-. ¿Le parece bien a todo el mundo?

– ¿Qué tiene de malo la fornicación inconcreta? -preguntó Abby-. A mí no me gusta fornicar «con concreción».

Incluso Justin soltó una risotada y Rafe salió de su frío enfurruño, apoyó el pitillo en el borde de una losa del suelo y me ayudó a buscar el remache. Me invadió una oleada de felicidad: había acertado.

– El detective ese me estaba esperando a la salida de mi tutoría -comentó Abby el viernes por la tarde, en el coche.

Justin había regresado temprano a casa. Llevaba todo el día quejándose de dolor de cabeza, pero a mí me pareció más bien que estaba enfadado, y tenía la impresión de que lo estaba con Rafe. De manera que el resto de nosotros viajábamos en el coche de Daniel, en caravana en la calzada de doble sentido, atrapados entre miles de oficinistas con aspecto suicida y patanes endeudados hasta las cejas al volante de sus deportivos. Yo estaba empañando de vaho la ventanilla y jugando al tres en raya conmigo misma en el vapor.

– ¿Cuál de ellos? -preguntó Daniel.

– O'Neill.

– Humm -murmuró Daniel-. ¿Y qué quería esta vez?

Abby le cogió el cigarrillo con los dedos y lo utilizó para encenderse uno.

– Me ha preguntado por qué no íbamos al pueblo -explicó.

– Porque son todos una pandilla de tarados con seis dedos en cada mano -aclaró Rafe sin dejar de mirar por la ventana.

Estaba sentado a mi lado, repantingado en el asiento, e iba rozándole la espalda a Abby con una rodilla. Los atascos lo ponían nervioso, pero su grado de malhumor reforzó mi sensación de que había ocurrido algo entre él y Justin.

– ¿Y qué le has dicho? -preguntó Daniel, al tiempo que estiraba el cuello para comprobar cómo iba el atasco; los coches habían empezado a avanzar.

Abby se encogió de hombros.

– Se lo he explicado. Le he dicho que intentamos ir al pub una vez y que se quedaron todos paralizados al vernos y sentimos que nos echaban, y que ya nunca hemos regresado.

– Interesante -observó Daniel-. Es posible que subestimáramos al detective O'Neill. Lex, ¿hablaste con él del pueblo en algún momento?

– Ni se me ocurrió.

Gané mi partida del tres en raya, agité los puños en el aire y me meneé en señal de victoria. Rafe me miró molesto.

– ¿Veis? -dijo Daniel-, lo que yo decía… Debo admitir que había infravalorado a O'Neill pero, si se ha percatado de eso sin ayuda, es más perceptivo de lo que parece. Me pregunto si… humm.

– Es más molesto de lo que parece -sentenció Rafe-. Al menos Mackey se ha dado por vencido. ¿Cuándo van a dejarnos en paz de una vez?

– Pero bueno, ¡me apuñalaron! -lo regañé, dolida-. Podría estar muerta. Quieren averiguar quién lo hizo. Y, para ser sincera, yo también quiero que lo averigüen. ¿Acaso vosotros no?

Rafe se encogió de hombros y volvió a mirar el tráfico con cara de pocos amigos.

– ¿Le hablaste de las pintadas? -le preguntó Daniel a Abby-. ¿Le dijiste que nos habían entrado en casa?

Abby sacudió la cabeza.

– No, no preguntó y yo no se lo quise decir. ¿Crees que…? Podría llamarlo y explicárselo.

Nadie había mencionado nada sobre pintadas ni allanamientos.

– ¿Creéis que me apuñaló alguien del pueblo? -pregunté, abandonando mi partida de tres en raya e inclinándome entre los asientos delanteros-. ¿De verdad?

– No estoy seguro -contestó Daniel. No capté si me respondía a mí o a Abby-. Tengo que sopesar todas las posibilidades. Por ahora, en conjunto, creo que lo mejor es dejarlo. Si el detective O'Neill ha notado la tensión, averiguará todo lo demás por sí mismo; no hay necesidad de meterle prisas.

– ¡Ay, Rafe! -se quejó Abby, alargó el brazo por detrás del respaldo y le dio un manotazo en la rodilla-. ¡Para ya!

Rafe resopló sonoramente y apoyó las piernas en la puerta. El tráfico se había despejado. Daniel tomó el carril de desvío, nos sacó de la calzada de doble sentido dibujando un suave y rápido arco y pisó el acelerador.

Cuando esa misma noche telefoneé a Sam desde el sendero, ya tenía todos los datos sobre las pintadas y los allanamientos. Se había pasado los últimos días en la comisaría de Rathowen, revisando los expedientes, en busca de información relacionada con Whitethorn House.

– Pasa algo raro. Hay un montón de expedientes sobre esa casa. -La voz de Sam tenía ese tono entre inquieto y absorto que adquiere cuando sigue la pista buena; Rob solía decir que prácticamente era posible verlo menear la cola. Por primera vez desde que Lexie Madison había hecho irrupción en el corazón de nuestras vidas, parecía alegre-. Apenas se cometen delitos en Glenskehy, pero en los últimos tres años se han perpetrado cuatro hurtos en Whitethorn House: uno en 2002, otro en 2003 y dos mientras el viejo Simon estaba en el hospicio.