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– ¡Vaya, Justin!

– Es una adicta a las series de televisión -continuó Justin-. Siempre destierran a los hijos descarriados. No dejaba de gritar, de aullar casi: «¡Piensa en los niños!»; se refería a mis hermanastros. No sé si creía que iba a convertirlos o a abusar de ellos o qué, pero le dije, cosa que por mi parte estuvo muy fea y lo sé, pero supongo que entenderás que me saliera la vena malvada, le dije que no tenía por qué preocuparse, puesto que ningún homosexual con un poco de dignidad tocaría jamás a esos horripilantes niños repollo ni con una pértiga. A partir de ese momento, la situación sólo fue a peor. Me arrojó cosas, me insultó; de hecho, los niños repollo incluso dejaron sus PlayStations para acudir a comprobar de qué iba todo aquel lío y ella intentó arrastrarlos fuera de la sala, supongo que para que yo no les saltara encima allí mismo, y entonces ellos también empezaron a chillar… Al final, mi padre me dijo que sería más conveniente que no me quedara en casa «por el momento», ésas fueron sus palabras, pero ambos sabíamos lo que significaban. Me acompañó en coche hasta la estación y me dio cien libras. Para Navidad.

Justin extendió el film transparente sobre la hierba y colocó el emparedado con cuidado en el centro.

– ¿Y tú qué hiciste? -le pregunté con voz sosegada.

– ¿En Navidades? Me quedé en mi piso. Me compré una botella de whisky de cien libras y me dediqué a autocompadecerme. -Me sonrió con ironía-. Ya lo sé: debería haberos dicho que había regresado a la ciudad. Pero…, bueno, el orgullo, supongo. Fue una de las experiencias más humillantes de mi vida. Sé que ninguno me habríais hecho preguntas, pero no me habría ayudado que anduvierais preguntándoos qué había pasado, y todos sois demasiado inteligentes. Alguien lo habría adivinado.

Así sentado, con las rodillas encogidas y los pies juntos, se le arrugaron los pantalones; llevaba unos calcetines grises finos de tanto lavarlos y sus tobillos se entreveían delicados y huesudos como los de un niño. Alargué la mano y la apoyé en uno de ellos. Cálido y sólido, tan delgado que mis dedos casi lo rodeaban por completo.

– No pasa nada -me tranquilizó Justin; entonces alcé la vista y comprobé que me sonreía, esta vez de verdad-. Te lo prometo, estoy bien. Al principio me entristeció profundamente; me sentí como un huérfano, un descastado; en serio, si hubieras visto el grado de melodrama que viví interiormente… Pero ahora ya no pienso en ello, dejé de hacerlo cuando nos mudamos a la casa. Ni siquiera sé por qué he sacado a relucir el tema.

– Es culpa mía -confesé-. Lo siento.

– No te disculpes. -Me dio un golpecito con la punta del dedo en la mano-. Si de verdad quieres ponerte en contacto con tus padres, pues… hazlo. No es asunto mío, ¿no crees? Lo único que digo es que recuerdes algo: todos tenemos motivos por los que decidimos que nada de pasados. No sólo yo. Rafe… Bueno, ya has oído a su padre.

Asentí con la cabeza.

– Es un imbécil.

– Rafe lleva recibiendo esas mismas llamadas telefónicas desde que lo conozco: eres patético, eres un inútil, me avergüenza hablar de ti a mis amigos… Estoy seguro de que toda su infancia fue así. Su padre lo desprecia desde el mismo momento en que nació… A veces pasa, ¿sabes? Le habría gustado tener un zopenco por hijo a quien le gustara jugar a rugby, manosear a su secretaria y vomitar en clubes nocturnos cursis, y en su lugar nació Rafe. Convirtió su vida en un infierno. Tú no viste a Rafe cuando empezamos la universidad: era un ser flaco y quisquilloso y estaba siempre a la defensiva, tanto que, si le tomabas el pelo, por muy en broma que fuera, se ponía hecho un energúmeno. Yo al principio ni siquiera estaba seguro de que me cayera bien. Simplemente me relacionaba con él porque me gustaban Abby y Daniel, y era evidente que a ellos les gustaba Rafe.

– Sigue estando flaco -comenté- y sigue siendo un poco quisquilloso. Además, es un poco capullo cuando se le tuerce el día.

Justin sacudió la cabeza.

– Es mil veces mejor de lo que era antes. Y es porque no tiene que pensar en esos odiosos padres que le han tocado, al menos no a menudo. Y Daniel… ¿Alguna vez le has oído mencionar su infancia?

Negué con la cabeza.

– Yo tampoco. Sé que sus padres están muertos, pero no sé cuándo ni cómo murieron, ni qué pasó con él después de aquello, dónde vivió, con quién, nada de nada. Una noche Abby y yo nos pusimos como cubas y empezamos a gastar bromas acerca de eso, a fabular con la infancia de Danieclass="underline" que si fue un niño salvaje criado por hámsteres, que si creció en un burdel en Estambul, que si sus padres fueron espías de la CIA a quienes descubrió el KGB y él escapó escondido en una lavadora… Entonces nos parecía gracioso, pero la cuestión es que su infancia no debió de ser muy agradable, ¿no crees?, si la silencia con tanto recelo. Tú también eres un poco así -Justin me lanzó una mirada rápida-, pero al menos sé que tuviste la varicela y que aprendiste a montar a caballo. No sé nada por el estilo sobre Daniel. Absolutamente nada.

Rogué a Dios por que no nos viéramos nunca en la situación de tener que demostrar mis habilidades ecuestres.

– Y luego está Abby -continuó Justin-. ¿Te ha hablado Abby alguna vez de su madre?

– Por encima -contesté-. Puedo hacerme una idea.

– Es peor de lo que parece. Yo la conocí en persona. Tú aún no habías llegado. Debió de ser cuando estaba en tercero de carrera. Una noche estábamos todos en el apartamento de Abby y su madre se presentó de improviso, aporreando la puerta. Iba… ¡Dios mío! Si hubieras visto cómo iba vestida. No sé si trabaja realmente de prostituta o si simplemente… bueno. Era evidente que estaba colocada; no dejaba de gritarle a Abby, pero no se entendía ni una palabra de lo que decía. Abby le puso algo en la mano, estoy seguro de que era dinero, y ya sabes que la situación de Abby no es muy boyante, y prácticamente la echó a empujones de su puerta. Estaba lívida. Parecía un fantasma. Me refiero a Abby. Creí que iba a desmayarse. -Justin levantó la vista nervioso y se colocó bien las gafas empujando el puente con un dedo-. No le digas que te lo he contado.

– No lo haré.

– Nunca ha vuelto a mencionar aquel episodio; dudo mucho que quiera hablar de ello ahora, lo cual respalda mi argumento. Estoy seguro de que tú también tienes razones que te indujeron a pensar que el hecho de no compartir pasados era una buena idea. Quizá lo que ha ocurrido te haya cambiado, no lo sé, pero… recuerda que sigues estando muy vulnerable. Te aconsejo que dejes transcurrir un poco de tiempo antes de dar un paso irrevocable. Y, si decides ponerte en contacto con tus padres, quizá sea mejor que no se lo digas a los demás. Podría… No sé, podría herirlos.

Lo miré desconcertada.

– ¿De verdad lo crees?

– Bueno, sí. Somos… -Seguía toqueteando el film transparente y un leve sonrojo le cubrió las mejillas-. Te queremos, ya lo sabes. Nosotros somos nuestra familia ahora. Todos somos la familia de todos… bueno, no sé cómo expresarlo en palabras, pero tú ya sabes a qué me refiero…

Me incliné hacia delante y le estampé un besito en la mejilla.

– Claro que lo sé -aclaré-. Sé exactamente a qué te refieres.

A Justin le sonó el móvil.

– Será Rafe -vaticinó, pescando el teléfono de su bolsillo-. Justo: pregunta dónde estamos.

Mientras escribía un mensaje de respuesta a Rafe, con el teléfono muy cerca de sus ojos miopes, alargó la mano que le quedaba libre y me estrujó el hombro.

– Sólo digo que medites bien tu decisión -añadió-. Y cómete el bocadillo.