– Veo que has estado jugando a «¿Quién es el padre?» -comentó Frank aquella noche. Estaba comiendo algo, una hamburguesa, quizás, y se oía el frufrú del papel-. Y Justin está descartado sin remisión. ¿Tú por quién apuestas, por Danny el listo o por Rafe el guapo?
– Quizá no fuera ninguno de los dos -respondí. Me encontraba de camino a mi puesto de vigía; aquellos días telefoneaba a Frank nada más salir por la verja trasera, en lugar de esperar unos minutos más: estaba ansiosa por saber si tenía novedades de Lexie-. Nuestro asesino la conocía, ¿recuerdas? Pero no sabemos si mucho o poco. De todos modos, no era eso lo que me intrigaba. Iba detrás de todo ese asunto de nada de pasados, intentaba averiguar qué es lo que no comparten estos cuatro.
– Y lo único que has obtenido es una bonita colección de anécdotas lacrimógenas. Toda esta historia de los pasados es una gaita, pero ya sabíamos que eran una panda de raritos. No es ninguna novedad.
– Hummm -murmuré. No estaba tan segura de que aquella tarde hubiera sido una pérdida de tiempo, aunque aún no sabía cómo encajarla-. Voy a seguir indagando.
– Ha sido uno de esos días para todos -replicó Frank, con la boca llena-. Yo he estado persiguiendo a nuestra joven y no he descubierto nada de nada. Probablemente ya te habrás dado cuenta: tenemos un vacío de un año y medio en su historia. Lanzó a la cuneta la identidad de May-Ruth a finales de 2000, pero no apareció como Lexie hasta principios de 2002. Estoy intentando averiguar dónde y con quién estuvo entre tanto. Dudo mucho que regresara a casa, esté donde esté, pero siempre existe esa posibilidad, y aunque no lo hiciera, es posible que nos haya dejado una o dos pistas por el camino.
– Yo me concentraría en Europa -recomendé-. Después del 11-S, el sistema de seguridad en los aeropuertos se endureció a niveles nunca vistos; no habría logrado salir de Estados Unidos y entrar en Irlanda con un pasaporte falso. Para entonces tenía que estar ya en esta orilla del Atlántico.
– Sí, pero no sé qué nombre debo investigar. No hay constancia de que ninguna May-Ruth Thibodeaux solicitara nunca un pasaporte. En mi opinión recuperó su identidad verdadera y luego compró una nueva en Nueva York, partió en avión del aeropuerto JFK con esta última, y volvió a cambiarla una vez llegó adonde fuera que se dirigía…
«JFK»… Frank seguía hablando, pero yo me había quedado petrificada en medio del sendero, como si se me hubiera olvidado seguir caminando, porque aquella misteriosa página de la agenda de Lexie había estallado en mi cabeza con el estrépito de un petardo. «CDG 59»… Yo había volado al aeropuerto Charles de Gaulle una docena de veces, cuando viajaba para pasar los veranos con mis primos de Francia, y cincuenta y nueve libras me parecían un precio correcto para un trayecto de ida. AMS no era Abigail Marie Stone, sino Amsterdam. LHR: Londres Heathrow. No recordaba el resto, pero sabía, con toda seguridad, que resultarían ser códigos aeroportuarios. Lexie había estado anotando precios de vuelos.
Si únicamente hubiera querido someterse a un aborto, se habría dirigido directamente a Inglaterra, sin necesidad de complicarse la vida en Amsterdam o en París. Y, además, eran precios de trayectos de ida, sin billete de regreso. Se había estado preparando para huir de nuevo, saltar del acantilado de su vida otra vez y zambullirse en el ancho mundo azul.
¿Por qué?
Tres cosas habían cambiado en las últimas pocas semanas. Había descubierto que estaba embarazada, N se había materializado y ella había empezado a hacer planes para alzar el vuelo. Yo no creo en las casualidades. No había manera de estar seguro del orden en que habían ocurrido aquellas tres cosas pero, fuera cual fuese el rodeo, una de ellas había desembocado en las otras dos. Había un patrón, en algún sitio: seductoramente cerca, asomando y ocultándose de la vista como una de esas fotografías que sólo se ven al entrecerrar los ojos, justo delante, pero no acertaba a verlo con claridad.
Hasta aquella noche no le había dedicado mucho tiempo al misterioso acosador de Frank. Muy pocas personas están dispuestas a echar por la borda toda su vida y pasar años trotando por el mundo persiguiendo a una chica con la que se enfadaron. Frank suele inclinarse a apostar por la teoría más estimulante frente a la más probable; en cambio, yo la había archivado en algún punto entre la Posibilidad Remota y el Puro Melodrama Hollywoodiense. No obstante, aquello indicaba que algo había arremetido contra la vida de Lexie al menos tres veces y la había arrasado por completo, hasta dejarla irrecuperable. Se me encogió el corazón al pensar en ella.
– ¿Hola? Control de tierra a Cassie.
– Sí -contesté-. Frank, ¿puedes hacerme un favor? ¿Podrías averiguar todo lo extraordinario que ocurrió en su vida como May-Ruth en el mes previo a que desapareciera, o mejor en los dos meses previos, para estar más seguros?
¿Escapaba de N? ¿Escapaba con N para empezar una nueva vida en otro lugar con él y con su bebé?
– Me subestimas, cariño. Ya lo he hecho. No recibió visitas ni llamadas telefónicas extrañas, no tuvo ninguna pelea con nadie ni dio muestras de un comportamiento inusual, nada.
– No me refería a ese tipo de cosas. Quiero saber todo lo que ocurrió, todo: si cambió de empleo, si cambió de novio, si se trasladó de casa, si se puso enferma, si realizó un curso de algo… No me interesan los sucesos que no presagiaran nada bueno, sino los aspectos más triviales de su vida.
Frank reflexionó unos instantes mientras masticaba su hamburguesa o lo que fuera que estuviera comiendo.
– ¿Por qué? -preguntó al fin-. Si voy a pedir más favores a mi amigo del FBI, necesito darle un motivo.
– Invéntate algo. No tengo un buen motivo. Es una intuición.
– Está bien -dijo Frank. Tuve la inquietante sensación de que se estaba sacando restos de comida de entre los dientes-. Lo haré… si a cambio tú haces algo por mí.
Yo había comenzado a caminar de nuevo, de manera automática, hacia la casita.
– ¿Qué?
– No te relajes. Empiezas a sonar como si estuvieras divirtiéndote en esa casa.
Suspiré.
– Soy una mujer, Frank. Una mujer multitarea. Soy capaz de hacer mi trabajo y, al mismo tiempo, echarme unas risas.
– Me alegro por ti. Pero recuerda que un policía secreto relajado es un policía secreto con problemas. Un asesino anda suelto, probablemente a menos de un kilómetro de donde tú te encuentras ahora mismo. Se supone que debes dar con él, no jugar a la familia feliz con los Cuatro Magníficos.
La familia feliz. Yo había dado por supuesto que Lexie había ocultado su agenda para asegurarse de que nadie descubriera sus citas con N, fuera quien fuese N. Pero no era así: ocultaba un gran secreto. Si los demás hubieran descubierto que Lexie estaba a punto de soltar amarras de su mundo completamente anclado, despojándose de él como una libélula luchando por desprenderse de su crisálida y no dejar tras de sí más que la forma perfecta de su ausencia, se habrían quedado destrozados. De repente sentí un vértigo de felicidad por no haberle mencionado aquella agenda a Frank.
– Estoy en ello, Frank -lo tranquilicé.
– Bien. Pues sigue en ello.
Un papel arrugándose -se había acabado la hamburguesa-, y un pitido cuando colgó.
Casi había llegado a mi puesto de vigilancia. Ramitas de seto y hierbas y tierra cobraban vida en el pálido círculo del haz de la linterna para desvanecerse un instante después. Pensé en Lexie corriendo a toda prisa por aquel mismo sendero, con el mismo círculo difuso de luz rebotando salvajemente, la puerta blindada a la seguridad perdida para siempre en la oscuridad, a sus espaldas, y nada frente a ella salvo aquella fría casucha. Aquellas pruebas de pintura en la pared de su dormitorio: Lexie había planeado un futuro allí, en aquella casa, con aquellas personas, hasta el momento en que cayó la bomba. «Somos tu familia -había dicho Justin-. Nos tenemos unos a otros», y yo llevaba el tiempo suficiente en Whitethorn House para saber que lo decía de todo corazón. «¿Qué diantre pudo ser tan fuerte como para que todo aquello saltara por los aires?», pensé.