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Daniel y Abby se quedaron petrificados; volvieron el rostro hacia la casa.

– Hola -los saludé, abrí la puerta de un empujón y salí al patio. El corazón me latía con fuerza-. He cambiado de opinión, no tengo sueño. ¿Os vais a quedar despiertos?

– No -contestó Abby-. Yo me voy a la cama.

Abby apartó los pies del regazo de Daniel, pasó junto a mí rozándome y se adentró en la casa. Un momento después la escuché subir corriendo las escaleras, sin preocuparse por no pisar el escalón que crujía.

Me acerqué a Daniel y me senté en el patio, junto a sus piernas, con la espalda apoyada en el asiento del balancín. Sin saber muy bien por qué, no quería sentarme a su lado; lo habría considerado demasiado violento, como si la proximidad exigiera un intercambio de confidencias. Transcurrido un instante alargó una mano y la colocó, con suavidad, sobre mi cabeza. Tenía una mano tan grande que abarcaba todo mi cráneo, como si fuera una niña.

– Bueno -dijo en voz baja, casi para sí mismo. Su vaso se hallaba en el suelo, a mi lado, y le di un sorbo: whisky con hielo, los cubitos casi derretidos.

– ¿Discutíais Abby y tú? -pregunté.

– No -respondió Daniel. Movió el pulgar, sólo un poco, entre mi cabello-. No hay ningún problema.

Permanecimos allí sentados un rato. Era una noche tranquila, la brisa apenas ondulaba las briznas de hierba y la luna parecía una vieja moneda de plata flotando en medio del cielo. El frío de las losas del patio a través de mi pijama y el aroma tostado del cigarrillo sin filtro de Daniel se me antojaban reconfortantes, me infundían seguridad. Dejé caer mi espalda levemente contra el asiento del columpio, iniciando con ello un balanceo regular y suave.

– Huele -me invitó Daniel con voz queda-. ¿Hueles eso? -Un primer y tenue perfume a romero emanaba del jardín de hierbas, apenas una nota en el aire-. Romero; sirve para recordar -añadió-. Pronto tendremos tomillo y melisa, menta y tanaceto, y algo que creo que podría ser hisopo, aunque resulta difícil de determinar a juzgar sólo por las referencias del libro, durante el invierno. Este año será un poco caótico, claro está, pero lo podaremos todo hasta volver a darle forma y replantaremos las hierbas donde deban estar. Esas viejas fotografías nos serán de gran ayuda; nos darán una idea del diseño original, de dónde va cada cosa. Son plantas resistentes a las heladas; se escogen tanto por su fortaleza como por su belleza y utilidad. El año que viene…

Me habló de viejos jardines de hierba: de cómo se disponían con sumo cuidado para garantizar que cada planta tuviera todo lo necesario para florecer, del equilibrio perfecto que exhibían al contemplarlos, de su fragancia y de su uso, de su utilidad y de su belleza, sin poner nunca en riesgo una planta en beneficio de otra. El hisopo servía para aliviar los catarros de pecho y para curar el dolor de muelas, me aseguró; la manzanilla se usaba en cataplasmas para reducir las inflamaciones o en infusión para evitar tener pesadillas; la lavanda y la melisa se esparcían por las casas para conferirles una agradable fragancia, y la ruda y la pimpinela se utilizaban en ensaladas.

– Tenemos que probarlo alguna vez -dijo-, una ensalada shakespeariana. El tanaceto sabe a pimienta, ¿lo sabías? Pensaba que se había muerto hacía tiempo, porque estaba todo reseco y quebradizo pero, cuando lo podé hasta las raíces, descubrí un levísimo resquicio de verde. Se recuperará. Es asombrosa la testadurez que muestran algunas cosas para sobrevivir a las circunstancias más adversas, la fuerza irresistible de las ganas de vivir y crecer…

El ritmo de su voz me arrastraba, como olas regulares y suaves. Apenas si escuchaba sus palabras. «Tiempo», creo que dijo en algún lugar tras de mí, o quizá fuera «tomillo», nunca he estado segura. «El tiempo todo lo cura, sólo hay que permitírselo.»

Capítulo 11

La gente tiende a olvidar que Sam cuenta con uno de los índices de resolución de casos más elevados de la brigada de Homicidios. A veces me pregunto si ello se debe a una razón muy simple: no malgasta energía. Otros detectives, entre los que me incluyo, nos lo tomamos a la tremenda cuando las cosas salen mal, nos impacientamos, nos frustramos y nos irritamos con nosotros mismos, con las pistas que conducen a callejones sin salida y con el puñetero caso en su conjunto. Sam apuesta por la carta más alta y, si la jugada no le sale bien, se encoge de hombros, suelta un «Bueno» y prueba una estrategia distinta.

Esa semana había dicho «Bueno» un montón de veces cuando yo le había preguntado por el estado de la investigación, pero no en su tono habitual, vago y abstraído. Parecía tenso y abrumado, un poco más agobiado cada día. Se había pateado puerta a puerta la mayor parte de Glenskehy, preguntando acerca de Whitethorn House, pero topó con una lisa y resbaladiza pared de té, galletas y miradas inescrutables: «Allí en el caserío viven unos chicos muy agradables, no se meten con nadie, no causan problemas, ¿por qué tendría que haber algún resentimiento hacia ellos, detective? Es terrible lo que le pasó a esa pobre chica; recé un rosario por ella, debió de ser alguien a quien conoció en Dublín»… Conozco ese silencio de los pueblos pequeños, he tenido que lidiar con él en el pasado y es intangible como el humo y sólido como la piedra. Nosotros los irlandeses lo practicamos con los británicos durante siglos y está profundamente arraigado en nuestros genes: el instinto de un lugar de cerrarse como un puño cuando la policía llama a la puerta. A veces no significa nada más que eso; pero ese silencio es muy potente, siniestro, peliagudo y anárquico. Aún esconde huesos enterrados en algún lugar en las montañas, arsenales ocultos en pocilgas. Los británicos lo infravaloraron, se dejaron engatusar por las tan ensayadas miradas estúpidas, pero yo sabía -y Sam sabía- que es peligroso.

El martes por la noche, aquel tono absorto volvió a nublar la voz de Sam.

– Debería haber sabido mejor por dónde empezar -comentó risueño-. Si se niegan a hablar con los polis locales, ¿por qué iban a querer hacerlo conmigo? -Retrocedió, cambió de opinión y luego tomó un taxi hasta Rathowen para pasar la noche en el pub-. Byrne dijo que la gente de por aquí no sentía demasiada simpatía por los habitantes de Glenskehy, e imaginé que nadie deja pasar la oportunidad de cotillear acerca de sus vecinos, así que…

Y tenía razón. Las gentes de Rathowen eran de una calaña muy diferente a las de Glenskehy: lo recibieron como policía en menos de treinta segundos («Venga aquí, joven, ¿ha venido a hablar de esa muchacha a la que apuñalaron en aquel camino?») y Sam se había pasado el resto de la noche rodeado por granjeros fascinados que lo invitaban a pintas de cerveza y se mostraban más que dispuestos, contentos, a aportarle alguna pista para la investigación.

– Byrne tenía razón: consideran Glenskehy un manicomio. En parte no me sorprende, es lo que suele ocurrir entre poblaciones pequeñas vecinas: Rathowen es algo más grande, tiene escuela y comisaría y algunos comercios, de manera que aquí se refieren a Glenskehy como un lugar atrasado. Pero hay algo más intenso que la típica rivalidad. Creen firmemente que los habitantes de Glenskehy son unos perturbados. Un tipo aseguró que no entraría en el Regan's ni por todo el té de China.

Yo estaba encaramada a un árbol, me había tapado el micrófono con un calcetín y fumaba un cigarrillo. Desde que había tenido noticia de las pintadas, aquellos senderos me ponían los nervios a flor de piel y me hacían sentir vulnerable; no me gustaba estar a la altura del suelo mientras hablaba por teléfono, con la mitad de mi atención dedicada a otra cosa. Había encontrado un rinconcito en lo alto de una gran haya, justo donde empezaban las ramas, en un punto en el que el tronco se seccionaba en dos. Mi trasero encajaba perfectamente en la horqueta, desde donde disfrutaba de una visión clara del camino en ambas direcciones y de la casucha situada a los pies de la colina y, si encogía las piernas, desaparecía entre la copa del árbol.