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Frank reflexionó unos instantes; oí el susurro de las sábanas mientras daba vueltas en la cama.

– No me suena de nada-contestó-. La única persona que se me ocurre es Eddie el Bobo, el primo de Daniel. Tiene veintinueve años, es rubio y lleva una chaqueta de cuero marrón, y supongo que podría parecer atractivo, si te gustan los tipos corpulentos y tontos.

– ¿Qué ocurre? ¿No es tu tipo?

Seguía sin aparecer ninguna N. ¿Y por qué diablos iba a andar Eddie el Bobo, merodeando por Glenskehy en plena noche?

– Me gustan con más canalillo. Además, Eddie asegura que no conocía a Lexie. Y no hay motivo para pensar que miente. Él y Daniel no se llevan bien; no es que Eddie se deje caer por la casa para tomar el té o unirse a la pandilla una noche de juerga. Además, vive en Bray y trabaja en Killiney; no veo motivo para que estuviera en el Trinity.

– De acuerdo, no te preocupes -lo tranquilicé-. Probablemente sea alguien que la conoce de la universidad. Vuelve a dormirte. Y perdona por haberte despertado.

– Ningún problema -replicó, entre otro bostezo-. Más vale prevenir que curar. Grábame su descripción completa en una cinta y, si vuelves a verlo, házmelo saber.

Estaba ya medio dormido.

– Así lo haré. Felices sueños.

Permanecí sin moverme en mi árbol durante varios minutos más, aguzando el oído para detectar sonidos extraños. Nada; sólo la maleza a mis pies bamboleándose como un océano bajo el viento, y aquel pinchazo, levísimo pero perceptible, arañándome en ¡a nuca. Me dije que si algo iba a azuzar mi imaginación, sería la historia de Sam acerca de la joven apartada de su amante, de su familia, de su futuro, colgada de una soga de una de aquellas oscuras ramas por todo lo que le quedaba en la vida: su propia vida y la de su bebé. Telefoneé de nuevo a Sam antes de adentrarme por aquellos derroteros. Seguía en vela.

– ¿De qué iba eso? ¿Te encuentras bien?

– Estoy bien -respondí-. Lo lamento muchísimo. Pensaba que había oído a alguien acercándose. Me imaginaba al destripador misterioso de Frank ataviado con una máscara de hockey y una sierra eléctrica en ristre, pero no he tenido tanta suerte.

También era cierto, evidentemente, pero tergiversar los hechos paraSam no era como tergiversarlos para Frank, y hacerlo me provocó un retortijón en la barriga. Se produjo un segundo de silencio.

– Estoy preocupado por ti -confesó Sam en voz baja.

– Ya lo sé, Sam -contesté-. Lo sé perfectamente. Pero estoy genial. Pronto volveré a casa.

Me pareció oírlo suspirar, un leve suspiro de resignación, demasiado imperceptible como para estar segura.

– Sí -replicó-. Y entonces podremos hablar de nuestras vacaciones.

Regresé a casa paseando mientras pensaba en el vándalo de Sam, en aquella sensación inquietante y en Eddie el Bobo. Lo único que sabía de él es que trabajaba para una agencia inmobiliaria, que él y Daniel no se llevaban bien, que Frank no tenía su inteligencia en gran estima y que había querido apropiarse de Whitethorn House hasta el punto de acusar a su abuelo de enajenación mental. Sopesé varios escenarios: un Eddie maníaco y homicida acabando con la vida de los ocupantes de la casa uno a uno, un Eddie Casanova manteniendo un romance peligroso con Lexie y alucinando al descubrir la noticia del bebé, pero todo se me antojaba demasiado rocambolesco y, además, me complacía pensar que Lexie había tenido mejor gusto como para tirarse a un yuppie estúpido en el asiento trasero de un todoterreno.

Si había merodeado alrededor de la casa en una ocasión y no había encontrado lo que buscaba, las probabilidades de que regresara eran altas, a menos que sólo estuviera echando un último vistazo al lugar que tanto había amado y luego había perdido. Pero no tenía aspecto de sentimental. Lo archivé en la carpeta «Cosas de las que preocuparse en otro momento». Por ahora no figuraba entre mis prioridades.

Lo que ocultaba a Sam era una nueva sospecha sombría que se desplegaba y revoloteaba en un rincón de mi mente: que alguien guardaba un rencor imperdonable contra Whitethorn House; que alguien había estado citándose con Lexie en aquellos caminos, alguien sin rostro cuyo nombre empezaba por N, y que alguien la había ayudado a concebir ese niño. Si aquellas tres personas eran la misma… El vándalo de Sam tal vez no estuviera muy bien cubierto, pero era lo bastante inteligente, al menos cuando estaba sobrio, para ocultarlo; podía ser guapísimo, encantador, todo bondades y, además, ya sabíamos que el proceso de toma de decisiones de Lexie funcionaba de manera algo distinta al de la mayoría de las personas. Especulé encontrarme con alguien en aquellos caminos y dar largos paseos juntos bajo la alta luna invernal y ramas cubiertas de filigranas de hielo, pensé en aquella sonrisa dibujándose bajo las pestañas de Lexie, en la casucha en ruinas y en el refugio tras la cortina de zarzas.

Si al tipo que imaginaba se le había presentado la oportunidad de dejar embarazada a una muchacha de Whitethorn House, le habría parecido una bendición del cielo, una simetría perfecta, cegadora: una bola de oro depositada en sus manos por unos ángeles, irrechazable. Y luego la había matado.

La mañana siguiente alguien escupió sobre nuestro coche. Íbamos de camino a la universidad, Justin y Abby delante, Rafe y yo en el asiento trasero. Daniel se había marchado temprano, sin dar explicaciones, mientras los demás nos encontrábamos a medio desayuno. Se había levantado un día frío y gris, el silencio del amanecer reinaba en el aire y una suave llovizna empañaba las ventanas; Abby hojeaba unos apuntes y canturreaba al son de Mahler, que sonaba en el reproductor de CD, cambiando de octava de manera espectacular a media frase, y Rafe aún andaba en calcetines, intentando desatar un nudo gigante del lazo de sus zapatillas. Mientras atravesábamos Glenskehy, Justin frenó frente al estanco para permitir que un transeúnte atravesara la carretera: se trataba de un anciano, encorvado y enjuto, vestido con un raído traje de tweed de campesino y tocado con una boina. Levantó su bastón en una especie de saludo al pasar junto a nosotros y Justin le devolvió el gesto.

Entonces el hombre vio a Justin. Se detuvo en mitad de la calzada y nos miró a través del parabrisas. Durante una milésima de segundo, su rostro se distorsionó en una máscara tensa de pura furia y repulsión; entonces golpeó con su bastón en el capó, con un sonido metálico tan nítido que escindió la mañana en dos. Todos nos sobresaltamos en nuestros asientos y, antes de que ninguno pudiera reaccionar con sensatez, el viejo escupió en el parabrisas, justo donde estaba Justin, y atravesó renqueando la calzada hasta la acera de enfrente, al mismo ritmo deliberado.

– Pero ¿qué…? -balbuceó Justin sin aliento-. Pero ¿qué diablos? ¿Qué ha pasado?

– No les gustamos -respondió Abby sin alterarse, estirando la mano para activar el limpiaparabrisas. La calle era larga y estaba desierta, casitas de colores pastel se apiñaban bajo la lluvia, con una oscura nube de montañas irguiéndose a sus espaldas. Ni un solo movimiento, más allá del cojeo lento y mecánico del anciano y el coletazo de una cortina de ganchillo al fondo de la calle-. Conduce, cielo.

– ¡Vejestorio de mierda! -exclamó Rafe, mientras agarraba su zapato como si fuera un arma, con los nudillos blancos de tanto apretar-. Deberías haberlo atropellado, Justin. Deberías haber esparcido lo que sea que tiene dentro de ese minúsculo cerebro por toda esta desgraciada calle.

Empezó a bajar la ventanilla.

– Rafe -lo reprendió Abby-. Sube ese cristal ahora mismo.

– ¿Por qué? ¿Por qué tenemos que dejarle que se vaya de rositas?

– Porque sí -dije yo, en voz baja-. Quiero salir a pasear esta noche.