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Y entonces, menos de dos semanas después, el pobre músico grunge le había propuesto en matrimonio. Después de aquello, ninguno de los movimientos de Lexie indicaba que pretendiera quedarse. Había dado su consentimiento, había sonreído y se había tomado su tiempo hasta reunir el dinero necesario, y luego había echado a correr lo más lejos y rápidamente que había podido, sin volver la vista atrás ni una sola vez. Al final resultaba que no había sido el apuñalador misterioso de Frank, ni ninguna amenaza enmascarada emergiendo sigilosamente de entre las sombras con una cuchilla reluciente. Había sido algo tan simple como un anillo barato.

Y en esta última ocasión había sido el bebé, un vínculo de por vida con un hombre, con un lugar. Podría haberse desprendido de él, tal como se había desembarazado de Chad, pero eso no había sido lo importante. El mero hecho de pensar en ese vínculo la había hecho estrellarse contra las paredes, frenética como un ave enjaulada.

La primera falta y los precios de los vuelos, y, en algún lugar en medio de todo aquello, N. N era o bien la trampa que la retenía aquí o, de algún modo que yo debía descifrar, su válvula de escape a aquella situación.

Los otros estaban despatarrados en el suelo del salón de estar, frente a la chimenea, como niños, hurgando en una maleta hecha polvo que Justin acababa de encontrar en algún sitio. Rafe tenía las piernas echadas amigablemente sobre Abby; según parecía habían hecho las paces tras su bronca matutina. La alfombra estaba sembrada de tazas y de un plato con galletas de jengibre y un popurrí de objetos pequeños y maltrechos: canicas con agujeros, soldaditos de plomo, medio caramillo de arcilla.

– ¡Caramba! -exclamé, al tiempo que lanzaba mi chaqueta al sofá y me dejaba caer entre Daniel y Justin-. ¿Qué tenemos aquí?

– Rarezas muy raras -respondió Rafe-. Ten. Para ti.

Agarró un ratoncillo mecánico apolillado, le dio cuerda y lo envió en mi dirección, arrastrándose por el suelo. Se detuvo a medio camino, con una rascada sorda.

– Espera, toma mejor esto -intervino Justin, al tiempo que estiraba la mano y me ofrecía el plato de galletas-. Sabe mejor.

Cogí una galleta con una mano, metí la otra en la maleta y encontré algo duro y pesado. Al sacarlo me quedé observando lo que parecía una caja de madera desvencijada; en la tapa otrora se leyeron las iniciales «EM», en un grabado madreprela, pero ahora sólo quedaban leves restos.

– ¡Vaya! ¡Qué suerte la mía! -exclamé al tiempo que abría la tapa-. Esta casa es como la mejor tómbola del mundo.

Era una caja de música, con un cilindro deslustrado y un forro de seda azul desgarrado y, tras runrunear unos segundos, acabó por emitir la melodía «Mangas verdes», oxidada y dulce. Rafe puso una mano sobre el ratoncito mecánico, que seguía silbando a medio gas. Se produjo un largo silencio, tan sólo interrumpido por el crepitar del fuego, mientras escuchábamos.

– Bellísima -opinó Daniel con voz suave, cerrando la caja una vez que la melodía hubo concluido-. Es maravillosa. Las próximas Navidades…

– ¿Puedo guardarla en mi habitación para oírla antes de dormir? -pregunté-. ¿Hasta Navidades?

– ¿Ahora necesitas que te canten nanas? -preguntó Abby, pero con una sonrisa-. Claro que puedes.

– Me alegro de no haberla encontrado antes -observó Justin-. Debe de tener cierto valor; nos habrían obligado a venderla para pagar los impuestos.

– No creo que sea tan valiosa -objetó Rafe, arrebatándome la caja de las manos y examinándola de cerca-. Las cajas básicas como ésta valen unas cien libras, mucho menos en estas condiciones. Mi abuela tenía una colección, docenas de ellas, cubrían absolutamente todas las superficies de la casa, a la espera de caer y hacerse añicos si andabas con demasiado ímpetu, y provocarle un ataque de cólera.

– ¡Para! -lo regañó Abby, dándole una patadita en el tobillo («nada de pasados»), pero su enfado no parecía auténtico. Por algún motivo, quizá simplemente por esa alquimia misteriosa que se crea entre los amigos, toda la tensión de los últimos días parecía haberse desvanecido; volvíamos a sentirnos felices juntos: nuestros hombros se rozaban y Justin le bajó el jersey a Abby, que se le había remangado por la cintura-. Pero es posible que tarde o temprano encontremos algo de valor en medio de todo este barullo.

– ¿Qué haríais con el dinero? -preguntó Rafe al tiempo que alargaba la mano para coger otra galleta-. Con unos cuantos miles, pongamos por caso.

En aquel momento me vino a la memoria la voz de Sam, susurrándome al oído: «Esa casa está repleta de bártulos viejos. Si hubiera habido algo de valor…».

– Comprar una cocina nueva con horno de leña incorporado -contestó Abby al instante-, así tendríamos un sistema de calefacción decente y unos fogones que no se desharían en montones de óxido con sólo mirarlos. Mataríamos dos pájaros de un tiro.

– ¡Qué derrochadora! -bromeó Justin-. ¿Qué me dices de comprarte unos cuantos vestidos caros y pasar los fines de semana en Montecarlo?

– Me conformo con que no se me vuelvan a congelar los dedos de los pies.

«Quizás hubieran acordado una cita para que ella le diera algo y no se entendieron, Lexie cambió de opinión», había conjeturado yo… Caí en la cuenta de que tenía agarrada la caja de música como si temiera que alguien me la robara.

– Yo haría reconstruir el tejado, creo -explicó Daniel-. Dudo que se desintegre en los próximos años, pero no estaría de más evitar tener que esperar a que lo haga.

– ¿En serio? -preguntó Rafe, sonriéndole de medio lado mientras volvía a dar cuerda al ratón mecánico-. Yo habría apostado a que jamás venderías este trasto, fuera cual fuese su valor; que te limitarías a enmarcarlo y colgarlo de la pared. Historia familiar por encima del cochino dinero.

Daniel movió la cabeza y extendió una mano para que yo le pasara su taza de café (había estado mojando mi galleta en ella).

– Lo que importa es la casa -aclaró, le dio un sorbo al café y me devolvió la taza-. Lo demás no es más que decoración, a decir verdad; les tengo cariño, pero vendería estos cachivaches sin titubear si necesitáramos el dinero para pagar la reconstrucción del tejado o algo por el estilo. Esta casa encierra bastante historia entre sus paredes y, al fin y al cabo, lo que estamos haciendo es hacerla nuestra, día a día.

– ¿Y qué harías tú, Lex? -quiso saber Abby.

Allí estaba, por supuesto, la pregunta del millón de dólares, la que había estado repicando en mi cabeza como un martillo hidráulico. Sam y Frank no habían seguido la pista del trato con un anticuario venido a pique porque, básicamente, nada apuntaba en esa dirección. Todos los objetos de valor se habían destinado a pagar los impuestos de sucesión, no se había logrado establecer ninguna conexión entre Lexie y un anticuario o perista, y nada indicaba que necesitara dinero… hasta ahora.

Lexie tenía ochenta y ocho libras en su cuenta bancaria; apenas le llegaba para salir de Irlanda, por no hablar ya de empezar una nueva vida en otro lugar, y sólo le quedaban un par de meses antes de que empezara a notársele el embarazo, de que el padre se diera cuenta, y entonces sería demasiado tarde. La última vez había vendido su coche; en esta ocasión no tenía nada que vender.

Es asombroso la facilidad con la que uno puede tirar su vida a la cuneta y hacerse con una nueva, si se limita a vivir con poco y a aceptar cualquier trabajo que pague un sueldo. Después de la Operación Vestal, yo pasé muchas noches conectada a internet, comprobando precios de hoteles y anuncios de demanda de empleos en varios idiomas y haciendo cálculos. Hay un montón de ciudades donde se puede conseguir un piso de mala muerte por trescientas libras al mes o una cama en un hostal por diez la noche; un pasaje de avión y suficiente dinero para alimentarte durante unas cuantas semanas, mientras contestas a los anuncios para camarera, guía turística o pinche de cocina, y uno puede hacerse con una vida nueva por el precio de un coche de segunda mano. Yo tenía ahorradas dos mil libras: más que suficiente.