Y Lexie de eso sabía mucho más que yo; ya lo había practicado con anterioridad. No habría necesitado encontrar un Rembrandt perdido en el fondo de un armario. Lo único que necesitaba era la baratija acertada, una joya de cierto valor o un jarrón de porcelana raro (he oído subastas en las que se pagan varios cientos de libras por osos de peluche), y un comprador, además de la voluntad de vender fragmentos de aquella casa a escondidas de los demás.
Había huido en el coche de Chad, pero yo habría puesto la mano en el fuego a que esta vez todo había sido distinto: aquél había sido su hogar.
– Yo compraría estructuras para las camas -respondí-. A mí los muelles del somier se me clavan a través del colchón, como en el cuento aquel de la princesa y el guisante, y oigo a Justin cada vez que cambia de postura.
Volví a abrir la caja de música para poner fin a aquella conversación.
Abby empezó a cantar al son de la música, mientras hacía girar el caramillo entre sus manos. Rafe dio media vuelta al ratón de juguete y empezó a examinar el mecanismo interno. Justin propinó un golpe experto a una canica con otra y la primera rodó por el suelo hasta chocar con la taza de Daniel; éste alzó la vista del soldadito de plomo con el que estaba entretenido y sonrió, con el pelo cayéndole a mechones sobre la frente. Yo los observé a todos y acaricié con mis dedos la vieja seda, rogando al cielo haber dicho la verdad.
Capítulo 12
La noche siguiente, después de cenar, me fui de pesca a la obra maestra del tío Simon para recabar información acerca de una muchacha de Glenskehy muerta. Habría resultado mucho más fácil hacerlo sola, pero ello habría supuesto fingir que estaba enferma para no asistir a la universidad y no quería preocupar a los demás a menos que fuera estrictamente necesario. De manera que Rafe, Daniel y yo estábamos sentados en el suelo del cuarto trastero, con el árbol genealógico de los March extendido ante nosotros. Abby y Justin estaban abajo, jugando a las cartas.
El árbol genealógico era una inmensa lámina de papel grueso hecha jirones y redactada con un amplio surtido de caligrafías, que englobaba desde una delicada letra con tinta marrón en la parte superior: «James March (h. 1598), casado con Elizabeth Kempe, 1619», hasta los garabatos arácnidos del tío Simon en la parte inferior: «Edward Thomas Hanrahan (1975)», y el último descendiente de todos: «Daniel James March (1979)».
– Esto es lo único inteligible de toda esta habitación -opinó Daniel, arrancando una telaraña de un rincón-, quizá porque no fue Simon quien lo escribió. El resto… podemos intentar echarle un vistazo, Lexie, si tanto te interesa, pero yo apostaría a que la mayor parte de ello lo escribió cuando estaba completamente borracho.
– Mirad -dije, inclinándome para señalar-. Aquí está William, la oveja negra.
– «William Edward March -leyó Daniel, al tiempo que acariciaba el nombre suavemente con un dedo-. Nacido en 1894 y muerto en 1983.» Sí, es él. Me pregunto dónde acabaría sus días.
William era uno de los pocos que había vivido más allá de los cuarenta años. Sam tenía razón: los March morían jóvenes.
– Veamos si somos capaces de encontrarlo aquí -dije, al tiempo que acercaba una caja-. Siento curiosidad por este individuo. Quiero saber a qué se debió ese gran escándalo.
– ¡Mujeres! -se quejó Rafe con altivez-. Siempre cotilleando.
Pero alargó la mano para acercar otra caja.
Daniel estaba en lo cierto: la mayor parte de aquella saga era prácticamente ilegible; el tío Simon subrayaba muchísimo y apenas dejaba espacio de interlineado, muy al estilo Victoriano. Pero yo no necesitaba leerlo; sólo escaneaba las páginas en busca de las curvas altas de una W o una M mayúsculas. No estoy segura de qué esperaba encontrar. Nada, quizás, o algo que asestara un revés letal a la historia de Rathowen, demostrara que la joven había emigrado a Londres con su bebé y había establecido una tienda de confecciones que le había dado grandes réditos y había vivido feliz el resto de sus días.
En la planta de abajo oí a Justin decir algo y a Abby reír a carcajadas, apenas perceptibles y lejanas. Nosotros tres no hablábamos; el único sonido era el susurro suave y constante del papel. La estancia era fría y oscura, iluminada tan sólo por la luna difuminada que pendía al otro lado de la ventana, y aquellas páginas dejaban una película seca de polvo en nuestros dedos.
– Aquí hay algo -espetó Rafe de repente-.«William March fue víctima de grandes injusticias y [algo] sensacional, y ello le acabó costando tanto su salud como…» Madre mía, Daniel, tu tío debía de estar como un cencerro. Ni siquiera sé si esto está escrito en inglés.
– Déjame ver -pidió Daniel, asomando la cabeza sobre el libro-. «Tanto su salud como el lugar que por derecho le pertenecía en la sociedad», creo que pone, – le arrebató el fajo de hojas a Rafe de las manos y se ajustó las gafas-. «Los hechos -leía despacio-, rumores aparte, son los que siguen: entre 1914 y durante todo 1915, William March luchó en la Gran Guerra, donde», supongo que pone «se desenvolvió», «bien, puesto que posteriormente fue distinguido con la Cruz Militar por sus actos de valentía. Este simple hecho debería», no sé qué pone, «todos los cotilleos. En 1915, William March fue dado de baja del ejército, tras haber recibido metralla en un hombro y sufrir una grave neurosis de guerra…».
– Estrés postraumático -aclaró Rafe. Estaba apoyado contra la pared, con las manos en la nuca, para escuchar-. Pobre diablo.
– Este fragmento es ilegible -continuó Daniel-. Explica algo sobre lo que había visto… en los campos de batalla, supongo; pone «cruel». Y continúa: «Rompió su compromiso con la señorita Alice West, dejó de participar en las distracciones de su círculo social y se dedicó a mezclarse con la gente corriente de la población de Glenskehy, para gran incomodidad de todas las partes. Todos los implicados eran conscientes de que esta relación», creo que pone «innatural», «no podía tener un final feliz».
– Esnobs -atajó Rafe.
– Mira quién fue a hablar -bromeé yo, acercándome a gatas a Daniel, y apoyando mi barbilla en su hombro para intentar descifrar lo escrito.
Hasta ahora, no había sorpresas, pero yo sabía por aquel «no podía tener un final feliz» que lo habíamos encontrado.
– «En torno a aquella época -continuó leyendo Daniel, inclinando la página para que yo también pudiera leer-, una muchacha de la población se encontró en una situación desafortunada y alegó que William March era el padre de su hijo nonato. Independientemente de la verdad, las gentes de Glenskehy, que por entonces tenían más moralidad de lo acostumbrado hoy en día -moralidad estaba subrayado dos veces-, quedaron conmocionadas por la desvergüenza de la muchacha. Toda la población estaba «¿convencida?» de que la joven debía limpiar su nombre mancillado internándose en un convento de monjas magdalenas y, hasta que así fuera, la considerarían una paria.»
Nada de final feliz ni de comercio de confecciones en Londres. Algunas mujeres nunca escapaban de los lavaderos de las magdalenas. Se convertían en esclavas por quedarse embarazadas, por ser violadas, por ser huérfanas o simplemente por su exuberante belleza, hasta que sus huesos acababan en tumbas anónimas.
Daniel continuó leyendo, en un tono pausado y regular. Notaba la vibración de su voz contra mi hombro.
– «Pero la muchacha, ya fuera por el desespero de su alma o por su reticencia a aceptar la pena impuesta, se arrebató la vida. William March, bien por haber sido ciertamente su compañero en el pecado, bien por haber sido testigo de tantos derramamientos de sangre, quedó profundamente afligido por aquel hecho. Su salud se quebró y, cuando se recuperó, abandonó a su familia, a sus amistades y su hogar para empezar una nueva vida en otro lugar. Poco se sabe de su vida posterior. Estos acontecimientos constituyen una lección de los peligros de la lujuria, de mezclarse con gentes ajenas al estrato natural que uno ocupa en la sociedad o de…» -Daniel se interrumpió-. Soy incapaz de leer el resto. En cualquier caso, supongo que ésto es lo esencial; el párrafo siguiente habla de una carrera de caballos.