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Un instante de silencio y sorpresa, y luego:

– Eres una joya, ¿lo sabes? -comentó Sam encantado-. ¿Cómo lo has hecho?

De manera que no me estaba escuchando a través del micrófono… o al menos no todo el tiempo. Me asombró, cuánto me alivió saberlo.

– El tío Simon escribía la historia de la familia. Menciona el episodio de la joven. Los detalles no encajan del todo, pero es la misma historia.

– Aguarda un instante -me atajó Sam; lo escuché buscar una hoja en blanco en su cuaderno de notas-. Listo. Dispara.

– Según Simon, William partió para el frente de la Primera Guerra Mundial en 1914 y regresó de allí un año después profundamente afectado. Rompió su compromiso con una joven guapa y conveniente, cesó todo contacto con sus antiguas amistades y empezó a relacionarse con la gente del pueblo. Leyendo entre líneas se deduce que a los habitantes de Glenskehy no les hacía demasiada gracia.

– No es de extrañar -observó Sam con cierta sequedad-. Pertenecía a la familia del terrateniente… Seguramente podía hacer lo que se le antojara.

– Entonces la joven se quedó embarazada -continué-. Aseguraba que William era el padre, aunque Simon se mostraba un tanto escéptico al respecto pero, en cualquier caso, Glenskehy al completo quedó horrorizada ante tal hecho. Los lugareños empezaron a tratarla como a una proscrita; la opinión general era que debía acabar sus días en un lavadero de las magdalenas. Antes de que alguien la enviara al convento, la muchacha se ahorcó.

Una ráfaga de viento barrió los árboles, gotitas de agua salpicaron las hojas.

– Entonces -comentó Sam al cabo de un momento-, la versión de Simon exhime de toda responsabilidad a los March y la sitúa en esos campesinos tarados del pueblo…

La llamarada de ira me sorprendió con la guardia baja; me vinieron ganas de arrancarle la cabeza de un mordisco.

– William March tampoco salió indemne -contesté, consciente de la acritud que transmitía mi voz-. Sufrió algún tipo de crisis nerviosa, aunque desconozco los detalles, y según parece acabó sus días en una especie de sanatorio mental. Y, para empezar, es posible que ni siquiera fuera hijo suyo.

Otro silencio, esta vez más largo.

– Está bien -accedió Sam-. Tienes razón. Además, esta noche no me apetece discutir. Estoy demasiado contento ante la perspectiva de volver a verte.

Juro que tardé un segundo en procesar el dato. Me había concentrado tanto en la posibilidad de ver al misterioso N que ni siquiera había caído en la cuenta de que iba a ver a Sam.

– En menos de veinticuatro horas -contesté-. Me reconocerás por parecerme a Lexie Madison y por no llevar nada salvo ropa interior de blonda blanca.

– Eh, no me hagas esto -replicó Sam-. Estamos hablando de trabajo.

Pero me pareció percibir la sonrisa en su voz cuando colgamos.

Daniel estaba sentado en uno de los sillones junto a la chimenea leyendo a T. S. Eliot; los otros tres jugaban al póquer.

– Uuuf-exclamé, al tiempo que me dejaba caer en la alfombra que había junto al fuego. La culata de la pistola se me clavó bajo las costillas; no intenté ocultar el gesto de dolor-. ¿Y tú por qué no juegas? Si a ti nunca te eliminan el primero.

– Le he dado una buena paliza -contestó Abby, al tiempo que alzaba su copa de vino.

– No te regodees encima -le recriminó Justin, cuyo tono de voz delataba que estaba perdiendo-. Es de un gusto pésimo.

– Pero es cierto -contestó Daniel-. Empieza a ser muy buena echándose faroles. ¿Te duelen otra vez los puntos?

Una pausa momentánea, en la mesa, en el tintineo de Rafe pasándose las monedas entre los dedos.

– Sólo cuando me acuerdo de ellos -comenté-. Mañana tengo que ir a que les echen un vistazo, para que los médicos puedan manosearme un poco más y me digan que estoy bien, cosa que ya sé, por otro lado. ¿Te importa acercarme al hospital?

– Claro que no -contestó Daniel, dejando el libro en su regazo-. ¿A qué hora?

– Tengo que estar en el hospital de Wicklow a las diez en punto. Luego cogeré el tren para ir a la universidad.

– Pero no puedes ir sola -apuntó Justin. Estaba retorcido en su silla, la carta semiolvidada-. Yo te acompañaré. No tengo nada que hacer mañana. Iré contigo y luego podemos ir juntos a la universidad.

Parecía realmente preocupado. Si no conseguía convencerlo, estaba en un verdadero aprieto.

– No quiero que nadie me acompañe -atajé-. Quiero ir sola.

– Pero los hospitales son sitios espantosos. Y, además, siempre obligan a esperar durante horas, como si fuéramos ganado, apretujados en esas horribles salas de espera…

Con la cabeza gacha, rebusqué el paquete de cigarrillos en el bolsillo de mi chaqueta.

– Pues me llevaré un libro. No tengo ningunas ganas de ir y lo último que me apetece es notar todo el rato el aliento de alguien en la nuca. Sólo quiero acabar de una vez por todas con esta historia y olvidarla para siempre, ¿de acuerdo? ¿Me dejáis que lo haga?

– Ella decide -sentenció Daniel-. Pero comunícanoslo si cambias de opinión, Lexie.

– Gracias -contesté-. Soy mayorcita, ¿sabéis? Soy capaz de enseñarle al médico los puntos yo sólita.

Justin se encogió de hombros y volvió a concentrar su atención en las cartas. Sabía que había herido sus sentimientos, pero no podía hacer nada para evitarlo. Encendí un pitillo; Daniel me acercó un cenicero que se balanceaba en el brazo de su sillón.

– ¿Has empezado a fumar más? -inquirió.

Pese a la impasibilidad que mostraba mi rostro, la cabeza me iba a mil por hora. En todo caso, fumaba menos de los que debería: rondaba los quince o dieciséis cigarrillos al día, a medio camino entre los diez que yo solía fumar y los veinte de Lexie, y había esperado que achacaran el recorte al hecho de encontrarme aún débil. Jamás se me había ocurrido que Frank hubiera confiado sólo en la palabra de sus amigos para establecer la cifra de veinte. Daniel no se había tragado la historia del coma; sólo Dios sabía qué más sospechaba. Habría sido demasiado fácil, aterradoramente fácil para él deslizar uno o dos datos erróneos en sus interrogatorios con Frank, sentarse tranquilamente -aquellos sosegados ojos grises observándome sin rastro de impaciencia-, y esperar a comprobar si me traicionaban.

– No lo sé -repuse desconcertada-. No lo había pensado. ¿Estoy fumando más?

– Bueno, antes no te llevabas los cigarrillos cuando salías a pasear -aclaró Daniel-. Antes del incidente. Y ahora si lo haces.

Estuve a punto de exhalar un suspiro de alivio. Debería haberme percatado (no encontramos tabaco en el cadáver), pero resultaba mucho más fácil de abordar un problema técnico de la investigación que imaginar a Daniel jugando, con rostro impasible, una baza de cartas salvajes bien ocultas contra su pecho.

– Ah, no -contesté-. El caso es que siempre se me olvidaban. Y ahora que insitís siempre en recordarme que me lleve el móvil, también me acuerdo de coger el tabaco. Pero de todos modos -me senté y miré a Daniel ofendida-, ¿por qué me regañas a mí? Rafe fuma dos paquetes al día y nunca te he oído recriminarle nada.

– No te regaño -refutó Daniel. Me sonrió por encima del libro-. Simplemente creo que los vicios son para disfrutarlos; de otro modo, ¿qué sentido tiene tenerlos? Si fumas porque estás tensa, entonces no disfrutas.

– No estoy tensa -repliqué. Me recosté sobre los codos, para demostrarlo y me coloqué el cenicero sobre la barriga-. Estoy muy bien, de verdad.

– Sería normal que estuvieras tensa después de lo ocurrido -dijo Daniel-. Es más que comprensible. Aun así, deberías encontrar otro modo de liberar estrés, en lugar de arruinar un vicio tan agradable. -De nuevo esa sonrisa insinuada-. Si sientes necesidad de hablar con alguien…